Capítulo 4: La jaula de cristal 🌺 Nadira peper 🌺

1321 Words
Una semana había pasado desde la última vez que Nadira y el doctor Méndez intercambiaron palabras a través de la pantalla de un celular. Él no volvió a publicar nada, y ella no se atrevió a buscarlo. Había algo extraño en ese silencio: le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Quizá porque, por un momento, Méndez había representado una ventana hacia un mundo distinto, uno donde las cicatrices que llevaba no la definían. Ahora, de regreso en su mundo, Nadira salía del hospital con una pierna inhabilitada y unas gafas oscuras que ocultaban el ojo morado que Renzo le había dejado como marca. La máscara perfecta para alguien que tenía que esconder sus verdades. El chofer la esperaba como siempre, en silencio, con la mirada fija en la carretera mientras ella subía al auto. La ciudad pasaba frente a sus ojos como un sueño gris, mientras los adoquines, los árboles, y las luces de los escaparates le devolvían fragmentos de memorias que preferiría olvidar. Su cabeza descansó contra el vidrio frío, y entonces llegaron los recuerdos como un torrente imposible de detener. Había sido hace dos semanas. Renzo llegó a casa pasada la medianoche, tambaleándose, con el olor a alcohol invadiendo la habitación antes incluso de que abriera la puerta. No estaba solo. A su lado, una mujer apenas vestida se reía con una carcajada estridente, ajena a todo lo que no fuera su propia diversión. —¡Nadira! —Renzo gritó su nombre con una voz arrastrada y amenazante—. ¡Quiero jugar contigo! Nadira se despertó sobresaltada. La oscuridad era densa, y tardó unos segundos en entender lo que estaba pasando. —¡Rene, despierta! —Renzo insistió, tambaleándose hacia ella—. Ponte algo lindo para tu esposo, quiero que bailes. —Renzo, ¿qué estás haciendo? —Nadira intentó sonar firme, pero su voz salió quebrada. Él la ignoró, acercándose más mientras tropezaba con la lámpara de la mesita de noche. Nadira se inclinó para recogerla, pero el ruido pareció disparar algo en la mente enferma de Renzo. —¿Con quién estás? —gritó, fuera de sí—. ¿Qué haces en mi cama con otro hombre? Antes de que pudiera responder, sintió el primer golpe, seco y contundente, que la lanzó hacia atrás. El segundo llegó antes de que pudiera protegerse. En la oscuridad, Renzo era un monstruo guiado por sus delirios. Nadira intentó escapar, pero él saltó sobre la cama, gritando incoherencias mientras descargaba toda su furia. Entonces, lo sintió. Un crujido en su pierna, como si fuera una rama seca bajo el peso de un árbol. El dolor fue tan agudo que apenas pudo gritar. En algún momento, perdió la consciencia. Cuando despertó horas después, estaba en el hospital. Y como siempre, Renzo había manejado todo con una precisión escalofriante. El médico creyó la historia del accidente, el personal no hizo preguntas, y Nadira se quedó sola con sus cicatrices, tanto físicas como emocionales. Ahora, de vuelta al presente, el auto entró por los grandes portones de la mansión, esa jaula de cristal que Nadira llamaba hogar. Cada rincón de la casa parecía diseñado para impresionar, para gritar al mundo que Renzo Larza lo tenía todo: éxito, poder, belleza. Pero, para ella, era un recordatorio constante de lo que nunca tendría: paz. Mientras el chofer la ayudaba a bajar del auto, Nadira miró hacia la enorme puerta principal y suspiró. ¿Qué habría sido de su vida si hubiera tomado otra decisión? Se imaginó a sí misma en una cabaña humilde, junto a un esposo que trabajara la tierra o cortara leña. Imaginó días simples pero felices, sin gritos, sin miedo, sin el constante peso de la máscara que debía llevar. Quizá no tendría todos estos lujos, pero tendría algo mucho más valioso: la libertad de reír, de amar, de ser ella misma. —Señora Nadira, ¿necesita algo más? —preguntó el chofer, sacándola de sus pensamientos. —No, gracias, Phillipe —respondió con voz suave, volviendo a colocar la máscara de cortesía. Al entrar en la mansión, las luces frías del vestíbulo la recibieron. Nadira se sentó en el sofá, ignorando el dolor que aún palpitaba en su pierna. Desde su bolso, sacó su celular y miró la conversación con Méndez. Su dedo se deslizó por el teclado, escribiendo un mensaje que nunca envió: "¿Por qué dejaste de hablarme?" Cerró los ojos, apretando el teléfono contra su pecho. Tenía que encontrar una salida. Y aunque no sabía cómo ni cuándo, había decidido algo: no iba a dejar que esa casa siguiera tragándose su vida. Nadira se levantó del sofá con la pesadez de quien lleva una armadura invisible. Subió las escaleras lentamente, con cada paso sintiendo el eco de sus pensamientos. Al llegar a su habitación, el escenario era el mismo de siempre: un desfile de flores frescas, cajas envueltas en papel brillante, y notas escritas con las mismas palabras vacías de siempre. "Te amo. Perdóname. No volverá a pasar." Los regalos ocupaban cada rincón de la habitación, como si fueran trofeos de una guerra en la que ella nunca aceptó participar. Nadira los revisó uno por uno, sin emoción, buscando en ellos algo que nunca encontraría. Hasta que un escalofrío recorrió su espalda. Renzo estaba detrás de ella. Él la rodeó con sus brazos, abrazándola por la cintura. Su aliento cálido rozó el cuello de Nadira mientras le susurraba: —Te amo, Nadira. Perdóname por actuar como una bestia. Los celos me matan. Eres mía. Nadie toca a mi esposa. Nadira alzó la mirada hacia el espejo del tocador frente a ella. Sus ojos azules se encontraron con los de Renzo, oscuros y cargados de una intensidad que más que amor, parecía una amenaza disfrazada. —Tu manera de amar, Renzo, va a terminar matándome —respondió, su voz baja, pero firme. Él sonrió, una sonrisa torcida que no alcanzó a iluminar su rostro. Luego, inclinándose, besó suavemente su cuello, un gesto que habría sido romántico si no estuviera cargado de un control inquietante. —Si un día llegara a pasar eso —murmuró contra su piel—, me iría contigo. ¿Sabes por qué? Porque no hay nadie más, Nadira. Ninguna mujer es importante para mí. Solo tú. Mi esposa. La que yo escogí... para no decir que compré. Nadira sintió cómo la sangre se helaba en sus venas. Su cuerpo permaneció inmóvil, pero su mente gritaba, luchando por escapar de esa prisión disfrazada de matrimonio. —Eres indispensable para mí, Nadira. No habrá divorcio. Lo prometo. Seremos felices, lo quieras o no. Renzo dio un suave golpe en su trasero antes de apartarse, un gesto que pretendía ser juguetón, pero que no hacía más que recordarle el poder que él tenía sobre ella. Nadira bajó la mirada, apretando los labios para no decir algo que pudiera desatar otra tormenta. Se quedó de pie frente al espejo, observándose. Su rostro, hermoso y perfectamente enmarcado por su cabello oscuro, mostraba una mujer aparentemente segura y fuerte. Pero sus ojos, esos ojos azulados que tantas veces habían admirado, escondían una verdad que solo ella conocía. Cuando Renzo salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de perfume y amenazas veladas, Nadira se dejó caer en la silla frente al tocador. Una lágrima silenciosa corrió por su mejilla, y se preguntó, como tantas veces antes, cuánto más podría soportar. —Esto no es amor —susurró, más para sí misma que para nadie más. Su reflejo le devolvió una mirada dura, decidida. Podría estar atrapada, pero no sería para siempre. Tenía un plan. Y aunque cada día parecía más difícil, se aferraría a esa chispa de esperanza. Nadira sabía que Renzo subestimaba su fuerza, y esa sería su mayor ventaja. No sería un adorno más en su colección. Encontraría una forma de liberarse, incluso si eso significaba destruir todo a su paso.
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