El anhelo de escapar...

1833 Words
POV Morgan Wright Denver tenía razón, no debí salir esta noche. Y ya que estoy en un problema, no me queda más que salir de él. Literalmente, salir de este evento al que no debí venir, sin importar cuánta curiosidad tenía por ver a Rino después de tanto tiempo. Pude quedarme en casa y ver su discurso desde la gran pantalla de la sala en la Casa Grande, quizá en compañía del abuelo Enzo, quien está seguro de que los Blossom no ganarán las elecciones esta vez. Por un momento, deseo que el abuelo esté equivocado, porque no me gustaría que Rino perdiera. También creo que todos los políticos son una mierda mentirosa, pero prefiero creer que Rino no tiene el corazón podrido como los demás. Me escabullo con cuidado entre la gente que entra a la gran sala donde se dará el discurso. No puedo retirarme por la entrada principal, ya que la presencia indeseada de las dos personas de las que corrí hace media hora está ahí. «Son parte de mi pasado. Ahora soy una Wright». La presencia de esas personas me recuerda a la vida del orfanato, de mi huida, y no es algo que quiera rememorar. El corazón se me acelera al ver a Clover, por lo que mi reacción más instintiva es caminar y mezclarme entre las hermosas mujeres. Llego hasta el otro lado de la sala; por suerte, la luz es tenue, ya que todos los reflectores apuntan al escenario en el medio de la sala. Me detengo cuando piso a una mujer. Lleva unos zapatos de colección Foster limitada, y lo sé porque Valencia tiene los mismos. —Perdón, no quise lastimarte —digo en voz baja. La mujer se sostiene de mi hombro; luego, me brinda una sonrisa apenada, como si fuera ella quien hubiese cometido el error. —Oh, descuida. Yo tampoco te vi —dice, luego se endereza. La reconozco de inmediato; es cuñada de Jasper Debney y una activista que lucha por los derechos de los animales. Me encanta su trabajo, sigo todas sus publicaciones en el periódico y comparto su amor por los pitones. —Santo cielo, eres la nueva Wright, ¿verdad? En sus ojos hay una amabilidad que contrasta con el tono despectivo con el que me han hablado esta noche; por lo menos, ella no me mira para juzgar que venga en sudadera a un evento donde me ganaría el premio al look más feo. —Morgan, sí. —Qué gusto conocerte. —Mira mi sudadera y sonríe—. Moriría por estar tan cómoda. Odio estos zapatos, ¿me puedes ayudar a llegar a la salida? No debería negarme, ya que yo fui quien la pisó y malogró su pie. Sin embargo, no quiero acercarme a la salida porque sé que puedo encontrarme con gente indeseada. Le sonrío avergonzada. —Me estoy escapando de mi prometido, ¿no ayudarías a una dama en apuros? —Soy la mejor en acompañar travesuras. —Tomo su mano—. Tendremos que buscar otra salida. Para no llamar la atención, conecto mi celular al sistema de sonido, luego pongo una canción en español que distrae a todos y que esta parte de la sociedad odia por considerarla música vulgar. El DJ abre los ojos de par en par y ofrece una mirada de disculpa a los invitados, mientras su jefe lo fulmina con la mirada. No me quedo a ver si lo castiga. Con la mano de la chica en la mía, sigo las indicaciones de mi celular; tomo un pasillo largo y me detengo cuando la chica lo hace. —Espera. Son guardias de los Debney, Dios… No me pueden ver porque le dirán a mi prometido. —Yo me encargo. Ahora me conecto al servicio de electricidad, apago las luces, y una cadena de gritos histéricos resuena en todo el lugar. Mentiría si digo que no me gustan estas cosas; en realidad, me divierte hacer este tipo de travesuras de vez en cuando. Además, estoy ayudando a una mujer en apuros; puede que no la conozca, pero nunca se abandona a una dama. —Sígueme… —¿Puedes ver en la oscuridad? —Mi pantalla nos guía; esquivaremos a los guardias. —Sin soltar su mano, la guío hasta el final del pasillo. Damos unas cuantas vueltas en las que evitamos al personal que trata de arreglar el fallo eléctrico, hasta que al final salimos al lado norte del jardín, donde hay una gran muro con una puerta en el medio—. Hay una puerta por aquí. —¿Cómo sabes tanto? —No me gusta entrar a un lugar sin saber cómo está construido. —Me encojo de hombros. Ella sonríe impresionada. —Eres una auténtica Wright —asegura, lo que me llena el corazón. Desde que entré en la familia, la gente, a excepción de mis amigas, cree que soy más una intrusa que no encaja con los estándares de mi nuevo apellido; no es solo el hecho de que vista poco femenina y me pinte el cabello de morado, sino también que no soy tan recatada como se espera de mí. Suelo creer que la gente tiene razón; mis primos pueden ser tiranos, dictadores y hasta imbéciles, pero la buena presencia y el poder exudan de cada uno de sus poros. —Gracias. No sabes lo que significa —admito. —Soy yo quien debe agradecerte. No quería asistir a este evento y mi prometido me prohibió irme. —¿No se llevan bien? —La mayor parte del tiempo nos queremos matar. Por suerte, su hermano Jasper me alegra la existencia desde que me comprometí. —Sí, Jass es un amor. —Al terminar mi oración, el entendimiento brilla en sus ojos. —Conoces a Jasper por Valencia, ¿verdad? Asiento. Ambas nos quedamos en silencio mirando la puerta; ella parece dudosa en irse. Es agradable, no me gusta el silencio largo, sin embargo, se siente bien. Tampoco suelo hacer amigas por mi cuenta, y al menos esta noche hablé con otra mujer sin que nadie nos presentara. —¿Crees que tu prometido se enoje cuando sepa que te fuiste? Ella se ríe, y dos rizos se le mueven por la cara. —Por supuesto que se enojará. El mayor de los Debney no es el tipo de hombre al que se le pueda llevar la contraria. —Y sin embargo, tú lo has hecho. —Tampoco soy el tipo de mujer que cumpla sus órdenes. Por un momento me recuerda a Valencia y Denver; mi primo es un controlador, pero Val siempre le da la pelea. —No quiero ser entrometida, pero… ¿lo amas? —Es complicado. A veces el amor no es suficiente, mucho menos cuando hay cosas que te impiden estar con esa persona. Mi abuelo me dijo que de ninguna manera yo podría siquiera considerar una amistad cercana con Rino Blossom. Tengo todo en mi contra, porque Rino y yo no somos cercanos, mucho menos me ama, y nuestras familias no se llevan bien. —¿Y qué puede ser suficiente? Ella observa el anillo de su dedo. —La entrega. Si ambos se entregan y luchan por el amor, creo que así pueden lograr algo juntos… —Levanta la mirada hacia mí—. ¿Te gusta alguien, Morgan? —Ella se ríe divertida al ver mis mejillas—. El rubor te delata. Bueno, si te gusta alguien y quieres luchar por esa persona, asegúrate de que ese alguien también luche por ti. El amor es como un puente; si se sostiene de un solo extremo, tarde o temprano terminará derrumbándose. El problema es que ni siquiera puedo arriesgarme a construir la parte de mi puente. Las luces vuelven a iluminar todo el lugar; hasta nuestro lado del jardín llega un poco de claridad. —Tengo que irme ya. No quiero que me encuentre el mandón de mi prometido. —¿Quieres que te pida un taxi? —No te preocupes. Mi cuñado Jasper me estará esperando afuera. Adiós, Morgan. —Se da la vuelta, luego regresa—. Por cierto, me llamo Gianna. Ha sido un gusto. —Sí, ha sido un gusto. Ella atraviesa la puerta de emergencia. Cuando se cierra, una sonrisa se posa en mis labios. Hablé con alguien que no me juzgó. Sin embargo, la sonrisa no me dura mucho porque, al escuchar aquellas dos voces indeseadas, un escalofrío me recorre la espalda. Me escondo detrás de un arbusto. —¿Estás segura de que encontramos a la pequeña Morgan por aquí? —pregunta la voz masculina. —Por supuesto. Es una escurridiza; intentará irse por el jardín —Clover se ríe—. O quizá le dé por quemar el lugar, ya sabes cómo se pone con el fuego. La imagen del orfanato en llamas hace años viene a mi mente. —Entonces encuéntrala, quiero hablar con ella y recordarle que no puede dejar atrás a sus viejos amigos. Ambos se ríen. Yo retrocedo, cosa de la que me arrepiento, pues piso una rama que los hace venir hacia mí. Antes de que lleguen a mi lugar, corro por el lado opuesto al suyo. Ambos me notan, lo que me hace huir con más velocidad. Ingreso a la propiedad, escabulléndome en los pasillos. Mientras, saco mi pantalla y apago las luces otra vez; la oscuridad me ayudará a llegar a la salida sin problemas. Aunque la suerte no parece estar de mi lado, porque las luces regresan y el sistema me impide volverlas a apagar. —Santa Teresa. ¡Mierda! —Encuentro una puerta, la empujo, pero no abre. —¿Intentas huir? Mi cuerpo se congela, se vuelve piedra. El tono grave se derrama en mi piel y me eriza los vellos de la nuca. Me vuelvo hacia atrás, el aire de mis pulmones amenaza con escaparse y dejarme sin aliento. Unos ojos oscuros, amables y vacíos me miran de forma divertida. —Entonces, señorita Mozart. Mozart. Él sigue llamándome Mozart. Una alarma suena y Rino se vuelve hacia mí. —Supongo que tú tienes que ver con eso, ¿verdad? Casi me da vergüenza admitirlo, pero asiento. —Eso significa que alguien está en problemas. —Solo necesito salir de aquí —digo. Intento rodearlo, pero él me detiene; intenta tocarme, aunque no lo hace, retira su mano enseguida. —Puedo ayudar con eso. Pero a cambio de algo… Mi ceño se frunce. No es el tipo de hombre que ofrece su ayuda para pedir algo a cambio, así que eso me desconcierta. —¿Algo como qué? —Llévame contigo —me ofrece su mano—. Vamos juntos, señorita Mozart. Nada me hubiese preparado para el impacto que provocan sus palabras. Una sensación salvaje me recorre. Debería decir que no, que debo alejarme de él porque es lo que mi familia quiere, debería, mas no lo hago. —Bien, te llevaré conmigo, Rino Blossom.
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