POV Morgan Wright
Hace solo unas horas estaba arrepentida de haber desobedecido la orden de mi primo el demonio de no salir; sin embargo, ahora, mientras la brisa que cae desde la parte de arriba del coche golpea mi rostro y levanta mi cabello, el arrepentimiento se va diluyendo.
Ya no me arrepiento de haber desobedecido, porque gracias a que lo hice estoy aquí, bajo el cielo estrellado en una fría noche londinense en compañía del único hombre que mi familia prohíbe que vea a solas. Estoy en el asiento del pasajero, mientras Rino conduce hacia otro destino. Hace media hora estuvimos en un lugar en el centro de la ciudad, ya que él pidió que lo llevara a un lugar que no conociera. Pensé que no sabría de los lugares escondidos en los barrios bajos, pero me equivoqué estrepitosamente, porque sabía del antro donde gente de toda clase se reúne a fiestas clandestinas. En realidad, yo lo conozco porque ahí encontraba buenos clientes cuando me dedicaba a falsificar identidades.
—¿Conociste el lugar por tu carrera política?
—Debería, pero no, señorita Mozart.
Mientras yo me dirijo a él de manera directa, como si fuéramos conocidos, él sigue tratándome de usted, con un respeto con el que pocos me tratan.
—¿Entonces cómo sabes de ese lugar? Ningún rico egocéntrico se asoma por aquellos rincones.
—¿Entonces soy un rico egocéntrico para usted?
—No me refería a ti... —Me vuelvo hacia él para verlo, pero ladeo la cabeza a un lado ya que el impacto de su mirada me hace sentir un repentino calor—. Pero siempre he creído que los ricos y los políticos son engreídos, y, bueno... tú eres las dos cosas...
—Eso quiere decir que no tengo remedio —lo dice con un tono bromista—. He de pensar que quizá no soy buena influencia para alguien como usted.
—¿Como yo? —Suelto una carcajada—. Puede que parezca una angelito, pero soy muy letal. Además, me rodeo de demonios y tiranos todos los días; tú no me asustas.
—¿Y quiénes son esos demonios y tiranos?
—Los îmbéciles de mis primos... —Me aclaro la garganta, apenada—. No es que sean imbéciles, no creas que suelo decir tantas malas palabras, solo que, yo...
—Solo que es parte de su personalidad, señorita Mozart.
—Oh. —Mi boca se vuelve una “O” grande—. Sí, eso. Mi personalidad. Pero, ¿crees que mi personalidad es grosera?
El coche se detiene en el semáforo; él aparta la mano del volante y se vuelve hacia mí. Siempre he creído que sus ojos son solo oscuros y vacíos, pero ahora que las luces del auto que pasa frente a nosotros iluminan su rostro, veo que son pardos, una mezcla entre marrón y verde; por un segundo ya no parecen vacíos o melancólicos.
—No. Creo que su personalidad es...
—¿Poco femenina? ¿O...?
—Perfecta —aclara, dejándome sin aliento.
¿Perfecta yo? Carajo, soy un desastre andante; mis primos todavía creen que soy una adolescente amante de las travesuras y mis amigas piensan que mi mejor don es crear los planes más descabellados que solo le ocurrirían a una chica traviesa. Sin embargo, este hombre acaba de decir que soy perfecta. Bien, no yo, sino mi personalidad; pero eso es algo.
—Suena muy lindo y eso, pero depende de lo que sea perfección para ti.
—Tiene razón. Cuando hablo de perfección no me refiero a algo sublime y sin defectos.
Por supuesto, sería algo con lo que nadie me definiría.
—La perfección es ser auténtico, incluso siendo imperfectos. Todo lo bello debe ser imperfectamente perfecto.
Sus palabras se me atascan en el pecho. Por supuesto que, aunque lo conozco por ser un hombre maduro, razonable e inteligente, no concuerda este lado de él, uno que habla de la belleza como si fuera un tema banal que le apasiona.
—En conclusión, soy imperfecta —digo, volviendo a recostarme en el respaldo de mi asiento.
Él no dice nada, tan solo deja escapar una risa en un tono casi imperceptible. Si la bocina que suena detrás de nosotros hubiese pitado un segundo antes, no habría escuchado esa diminuta risa que escala por mi piel.
El semáforo cambia, por lo que Rino vuelve a conducir el auto.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
Cuando me pidió que lo sacara del evento, no lo creí hasta que me dejó llevarlo por las cocinas y sacarlo por la parte escondida del estacionamiento. Como no llevé auto para evitar que Denver me rastreara, tuve que tomar un coche descapotable que sabía que no buscarían. Uno viejo y con un estilo poco convencional. Espero que el dueño no lo extrañe, porque cuando lo encuentre deberé echarme la culpa, ya que si Rino lo hace, su campaña se verá afectada y no me gustaría eso.
—Sé que soy muy parlanchina, pero responde mi pregunta, por favor. No me gusta llegar a un lugar sin saber cómo es o dónde queda.
—¿Por qué?
Porque saber dónde estoy me ayuda a analizar el ambiente y escapar si es necesario. Acercarme a un territorio sin haberlo estudiado es el tipo de locuras a las que no me arriesgo, por muy traviesa que pueda llegar a ser.
—Porque si me da por robar algo necesito saber cuál es la forma más rápida de llegar a la salida —respondo, y mi ingeniosa respuesta lo hace reír.
Creí que la única capaz de hacerlo reír de manera tan genuina era mi pequeña sobrina Amara. Él es su padrino, y solo cuando está con ella sonríe de verdad; incluso su mirada vacía desaparece en presencia de la pequeña tirana de Amara. Y esta noche, yo lo he hecho reír.
—Bueno, no tiene que robar nada. Yo pagaré.
—¿Entonces vamos a comprar algo?
—Sí. Sería muy descortés de mi parte salir con una chica y no llevarla ni siquiera a comer.
—Hablas como si esto fuera una cita y, no lo es, ¿verdad?
Rino estaciona el coche, luego me desabrocha el cinturón sin llegar a tocarme.
—No es una cita. Pero sí es una noche especial, ¿suena mejor?
Las mariposas revolotean en mi estómago.
—Sí, suena mejor.
Luego de bajar del coche, lo rodea para abrirme la puerta y brindarme su mano; levanto la cabeza hacia él, tiene una expresión suave, dispuesta, la cual provoca una mezcla de sensaciones dentro de mí. Tomo su mano recibiendo un ligero corrientazo que viaja por toda mi piel hasta asentarse en mi pecho como si hubiese estado buscando ese lugar, como si hubiese regresado a donde pertenece.
Cierra la puerta del feo coche, luego nos dirigimos al establecimiento. Mi sonrisa se tambalea al ver el lugar. Al letrero de enfrente, “The Biscuit”, le falta la primera “i” y la pintura de las demás letras se ha borrado; los muros parecen más de un rosa pálido que de un rojo puro. Hay musgo en la pequeña escalera, y desde aquí puedo ver que el lugar está casi vacío.
—¿No te gusta el lugar?
—Se ve horrible.
Un pequeño restaurante de carretera. Y no me decepciona el lugar, en realidad estoy asombrada. ¿Desde cuándo Rino Blossom come en un lugar como este?
Él se ríe, como si se hubiese quitado un peso de encima.
—Pero tienen las mejores hamburguesas de la ciudad. No hagas caso a lo de afuera.
—Dicen que nunca se debe juzgar un libro por su portada, pero… yo juzgaré la portada y evaluaré su contenido.
—Eso está mejor. Vamos.
La campanilla de la puerta suena cuando entramos al lugar. Una chica que hace globos con un chicle se vuelve hacia nosotros, revienta la bola de chicle y señala la carta con un dedo. Lleva las uñas pintadas de púrpura, y eso me hace sonreír.
—Una orden medium de hamburguesa —ordena Rino, luego se vuelve hacia mí—. ¿Qué te gusta?
—¿Puedo pedir lo que quiera?
—Por supuesto, todo irá por mi cuenta.
Asiento, luego me dirijo a la encargada:
—Quiero dos hamburguesas medianas, el doble de papas, una malteada de chocolate con chispas de maní y una cajita feliz. Y, por favor, dulces de calabaza. ¿Puedes agregar una ensalada dulce?
La chica se queda boquiabierta, al igual que Rino, quien parece más divertido. Él dijo que pidiera lo que quisiera, y eso es lo que quiero. Tuve que escaparme antes de la cena para poder llegar al evento, y tengo hambre.
—Bueno, señorita. Tenemos las hamburguesas.
—¿Y lo demás?
—¿Toma Coca-Cola?
Mi sonrisa se desvanece.
—Dale esa malteada que tu novio te trae todas las noches. Te daré cuatro libras —dice Rino a la chica, cuyos ojos brillan con entusiasmo.
—Que sean seis libras, ministro. —Ella escribe nuestra orden en su libreta—. La orden saldrá en 15 minutos.
Rino le entrega una tarjeta, luego me guía hasta una de las mesas junto a la ventana. El lugar es pequeño y huele a grasa, no me molesta; es un olor familiar, ya que yo ayudaba a limpiar la cocina en el orfanato.
Al fondo, hay un grupo de adolescentes, dos chicas y un chico que les cuenta algunos chistes, de los cuales ellas se ríen a carcajadas.
—Siempre vienen aquí hasta que sus padres pasan por ellos —explica Rino—. Son chicos buenos.
Me sorprende escuchar esa información de su boca.
—¿Los conoces?
—Vengo aquí cuando no tengo al guardaespaldas detrás de mí.
—¿Por qué aquí?
—Me gusta la gente de por aquí. Son personas que no tienen que fingir ser quienes no son. Además, las hamburguesas son deliciosas.
—Ya lo has repetido mucho, espero no decepcionarme. —Miro hacia afuera; la noche parece más fría y ha empezado a lloviznar—. No imaginé que vinieras a un lugar como este.
—Lo sé.
—Debes pensar que soy muy prejuiciosa.
—Todos lo somos. Así hemos sido criados. —Él también mira hacia afuera, donde un coche se estaciona y una pareja sale corriendo de la lluvia—. La primera vez que vine aquí pensé que iban a robarme, pero nadie lo hizo… Entonces me di cuenta de que los demás no vienen aquí no por miedo, sino por prejuicios.
—¿Y tú quieres ser un político diferente?
—No. —Su mirada busca la mía—. No sé si eso es lo que quiero.
—¿Te gusta tu vida de político?
—Es mi deber. Soy un Blossom.
—¿Y si no fuera tu deber, qué te gustaría hacer?
Por un momento, él parece perderse en sus propios pensamientos; aunque me está mirando, su atención está en otra parte. La sonrisa de antes se desvanece por completo y el vacío reaparece en sus ojos.
—No vale la pena. La realidad es que soy un Blossom y es mi deber. Uno que debo cumplir.
Deslizo mis manos por la superficie de la mesa, mis dedos están cerca de los suyos, sin embargo, no me atrevo a tocarlo, y él no avanza.
—A veces vale la pena soñar, no importa que no se haga realidad. Sabes, hay algo que me gustaría: poder ser una Wright libremente… —Aparto mi mirada de la suya y la bajo hasta mis dedos nerviosos—. Aunque ahora tengo una familia, unos padres que me quieren, no he podido disfrutarlo por completo. Sé que me quejo mucho de mis primos, en especial de Denver, pero él solo intenta protegerme… Él cree que, luego de que prendí fuego al orfanato, los dueños me podrían estar buscando.
—¿Y eso es cierto? —Su pregunta sale en un tono preocupado.
—No. Yo ya lo resolví —le sonrío—. Pero todos tienen miedo de perderme otra vez.
—Puedo comprenderlos. Es realmente doloroso dejarte ir…
Mi corazón se detiene por un momento, antes de empezar a acelerarse y golpear tan fuerte en mi pecho que por poco se sale de mi caja torácica. Creo que estas palabras no habrían provocado el mismo efecto eufórico si las hubiera dicho otra persona, lo cual está mal, porque por mucho que me guste esta sensación, sé que a mi familia no le gustará enterarse de que el único hombre al que no me dan ganas de patearle las bolas es un Blossom.
—Si no tuviera un deber que cumplir… —Él también desliza sus dedos hacia adelante, tocando los míos. Es un solo roce, uno lo suficientemente intenso como para hacer que la temperatura de mi cuerpo se eleve—. Si pudiera ser cualquier cosa, no sería un Blossom.
Su confesión provoca que el aire se me atasque en la garganta. Observo sus ojos y creo entender el vacío en ellos.
—¡Orden lista!
Rino y yo apartamos nuestras manos rápidamente, como si hubiésemos sido atrapados cometiendo el peor pecado del mundo, aunque no es el peor, no es propio hacerlo, ya que ambos lo tenemos prohibido.
—Disfruten sus hamburguesas, tortolitos… —dice la chica con una gran sonrisa—. No me digas que tú serás la primera dama; hace unos días me regaló ocho libras para que le ayudara a escoger un regalo para una cita.
—Hope, puedes irte —le dice Rino.
Ella le sonríe, mueve sus dedos en señal de dinero, y Rino asiente.
—Que sean otras seis libras.
—Está bien, me callo. ¡Disfruten su comida!
Luego deja la factura junto a la tarjeta, diciendo que ya se había cobrado las otras seis libras.
—Y antes de que preguntes por qué tanto dinero, también me cobré las hamburguesas de los chicos del fondo. Sabía que al final las pagarías, ministro.
Y finalmente se va, moviendo su cabello cobrizo.
—Parece agradable —comento.
—No le hables, te cobra por escucharte.
—Ese es un buen negocio.
Dejo caer una risa divertida entre nosotros; él se contagia y ríe conmigo. Es suficiente para hacerme olvidar todo lo que dijimos antes, incluso olvido lo que dijo Hope sobre Rino comprando obsequios para una cita. Después de todo, sabía que alguien como él tendría que comprometerse con alguien; sin embargo, esta noche es nuestra noche especial y me pertenece a mí.