¡Joder! Di un brinco cuando el hizo un movimiento raudo y se dio la vuelta sobre el colchón. Podría quedarme todo el día, mirándolo dormir, pero eso me convertiría en una persona muy rara, así que opté por terminar de vestirme e irme de allí.
Por suerte encontré las llaves de la puerta principal y la abrí. Tomé mi bolso que se encontraba en una mesita al lado de la entrada.
Bajé las escaleras a toda prisa y cuando llegué a la planta baja me percaté que no tenía llave para abrir la puerta que daba a la calle. Pensé en subir de nuevo al apartamento de Antoine y despertarlo para que me abriera, pero la idea quedó descartada en cuanto imaginé que al verme, haría todo lo posible para que me quedara a comer con él, luego me invitaría a ver una película y terminaríamos teniendo sexo otra vez sobre el sofá. Lo seguro es que pasáramos otra noche juntos y al día siguiente, sería muy difícil separarme de él y seguir con mi vida, así que decidí esperar un rato a que alguien entrara o saliera para irme.
No podía evitar sentirme como una adolescente que acababa de estar con el chico de sus sueños, y es que en efecto, Antoine era el hombre de mis sueños… y de mis pesadillas.
¡No! No podía sentir eso, y mucho menos por Antoine. Debía mantener clara una cosa. ¡Había sido solo sexo! Nada de sentimientos tontos ni nada por el estilo. Solo fue un reencuentro de dos viejos amantes que sintieron añoranza y nostalgia por aquella época en la que eran un par de jovencitos cachondos que follaban a cada rato, a causa del alboroto hormonal típico de la adolescencia. Debía meterme en la cabeza que todas las palabras que dijo Antoine, las dijo con la mera intención de meterse entre mis piernas. Yo fui la estúpida que hizo el amor con un hombre que debía odiar; él fue el casanova que folló con una ex novia. Punto.
Sentí que el estómago se me revolvía al percatarme de lo patética que fui, acostándome con alguien que jamás me amaría, alguien con quien nunca sería feliz, alguien en quien de ningún modo confiaría, alguien que se burló de mi amor, que me humilló y me hirió de una forma tan transcendental, que hizo que me cerrara ante la posibilidad de amar de nuevo a alguien más.
—¿Va a salir? —la voz de una mujer le puso punto final a mis pensamientos.
—Sí —musité.
La mujer abrió y salí. Tomé el primer taxi que pasó y le pedí que me llevara al night-club donde estuve la noche anterior.
Recogí mi auto y me fui a casa.
Al llegar encontré a mi hermanita pequeña en la sala, ensayando para su próximo recital de ballet. Acababa de cumplir catorce años y era toda una prima ballerina, con varios premios, medallas y reconocimientos por su talento en la danza lírica. Ella me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
—¿Qué tal la noche? Espero que hayas bailado bastante —dijo—. ¿Te quedaste en casa de Gabrielle? —preguntó a la vez que daba un giro sobre su pierna derecha.
—Sí. Me quedé con ella. Salimos tarde de la discoteca y su casa estaba más cerca —mentí. Odiaba mentirle a Sigrid.
—¿A dónde fueron?
—Al sitio nuevo. Ese del que todo el mundo habla.
—¿Y qué tal es? —se puso de puntillas.
—Ruidoso —contesté.
Ella sonrió. Sabía que no me gustaban los sitios en los que hay que gritar para poder charlar.
—¿Harvey fue con ustedes? —inquirió.
¡Joder! Me acordé del pobre cristiano. No pensaba en él desde que le conté a Antoine que nuestra relación se terminó, debido a que lo pillé besando a una morena de enorme trasero. Negué con la cabeza.
—Harvey y yo terminamos —no suavicé la noticia.
—¿Qué? —Sigrid trastabilló y casi se cae. Me acerqué lo más rápido a ella, pero ella me guiñó el ojo para darme a entender que estaba bien—. Qué lástima. Él me caía muy bien.
—Lo sé, pero nada es para siempre —musité, clavando la mirada en las escaleras, por donde venía descendiendo mi papá.
—Espero que tengas suerte con el próximo —comentó con una sonrisa alentadora.
—Yo espero lo mismo —concordé.
—¡Oh! Llegaste —dijo mi padre al verme.
—Buenos días, papá.
Él se acercó y me dio un besito en la frente.
—Querrás decir buenas tardes —se burló mi hermanita.
Miré el reloj en mi muñeca. ¡Rayos! Eran las tres de la tarde.
—Iré a comer algo —farfullé.
—Bon appétit! —expresó mi hermana mientras continuaba haciendo piruetas.
¡Joder! ¿Tenía que hablar en francés? ¿Justo en ese jodido idioma? Antoine se volvió a adueñar de mis pensamientos. Era increíble la facilidad con la que lograba meterse dentro de mí. Hasta la mínima cosa me hacía pensar en él.
Entré a la cocina y abrí la nevera. Saqué un trozo de sandía. Fue lo único que logró captar mi atención. No tenía ánimos de preparar algo complicado. ¡Tenía mucha hambre!
Subí las escaleras y me dirigí hacia la que una vez fue mi habitación. Saludé a Valerie en el camino. Ella estaba sentada sobre su cama, leyendo un libro. Mi cuarto era el que quedaba al final del pasillo.
¡Un momento! No era una solterona a punto de llegar a los treinta, que acababa de tener sexo con un ex novio y que vivía aun con sus padres. La razón por la que estaba quedándome en casa de mi papá, era porque estaban fumigando el edificio donde se encontraba mi piso. Con suerte estaría de vuelta a mi lindo departamento en un par de días.
Entré a mi cuarto, puse el plato con la fruta sobre mi mesita de noche y me apresuré a quitarme la ropa para darme una ducha caliente. Sentía que cada musculo de mi cuerpo me dolía. ¿Por qué sería?
Sentí un cosquilleo en mi vientre al recordar ciertas cosas…
…el aliento de Antoine sobre mi rostro, sus gemidos roncos en mi oído, sus manos recorriendo mi cuerpo…
¡Dioses! Sentí que mi entrepierna se humedecía. Tenía que dejar de pensar en eso, pues había sido un jodido error.
¡Debía sacármelo de la cabeza!
Me metí bajo el chorro y dejé que el agua caliente borrara las huellas que Antoine dejó sobre mi piel. Solo esas, porque las marcas que llevaba en mi corazón, no se podrían borrar ni con magia. Lagrimas salieron de mis ojos. Me sentí estúpida, otra vez.
¿Qué fue lo que hice?
¡Puto alcohol! Es el culpable de tantos errores de la humanidad.
Terminé de ducharme y salí del baño, dispuesta a ponerme el pijama más feo que tuviera, solo para sentir que en el mundo había algo que estaba en peores condiciones que yo. Me senté en mi cama para comerme el pedazo de sandía, pero en cuanto lo hice tuve que salir corriendo al baño para vomitar. Fue una falsa alarma. No devolví lo que acababa de comer, pero si sentía un malestar terrible. Me metí en mi cama y traté de dormir un poco, sin embargo, no pude.
Sé que te debes estar preguntando, ¿de qué va esta mujer? Anda por la vida, creyendo que todos los hombres son despreciables. ¿Qué mal tan grande le hicieron para que esté tan traumada? ¡Bien! Para que puedas entender, te lo contaré todo…
Te contaré la historia Antoine.
Con él comenzó todo.
Mi error más dulce y al mismo tiempo, el más amargo.