Salí de esa fiesta con un solo pensamiento en la cabeza: no volvería a ser la marioneta de nadie. El aire de la noche me golpeó la cara, y por primera vez en años, sentí que podía respirar. Mi venganza se había desvanecido. ¿Para qué destruir a Eduardo o a mi padre? Eso solo les daría la satisfacción de ver mi dolor. Mi nuevo camino no era la destrucción, sino la construcción. Quería demostrarles que la mujer que entregaron como un simple bien podía convertirse en una fuerza que ellos jamás podrían controlar.
Las siguientes semanas me sumergí en el mundo financiero, mi herencia, que hasta entonces había sido solo un adorno, se convirtió en mi arma. No busqué la confrontación directa; era más inteligente que eso. Moví hilos, audité empresas y, con la ayuda de un equipo de expertos, comencé a hacer movimientos estratégicos que, sutilmente, afectaron las finanzas de mi padre y de la familia de Eduardo. Era un juego de ajedrez, y ellos no sabían que yo, su "peón", estaba moviendo las piezas.
Fue en una de esas noches de negocios, en una gala benéfica, que lo vi. Era alto, con el cabello rubio que brillaba bajo las luces y unos ojos verdes que parecían ver más allá de la superficie. A diferencia de otros hombres que se me acercaban, él no parecía intimidado por mi estatus. Se acercó con una confianza tranquila, sin la arrogancia que había conocido en el pasado.
"Disculpa, pero no pude evitar notar tu destreza en la conversación", dijo con una voz profunda. "Te llamas Emilia, ¿verdad? Soy Alexander Volkov".
Su nombre sonaba fuerte, como el hombre que era. Hablamos de negocios, de estrategias y de la vida. Con Eduardo, siempre sentí que tenía que demostrar algo; con Alexander, la conversación fluía sin esfuerzo. Él no me veía como la viuda rica, sino como una mujer inteligente y capaz. Era como si, por primera vez, alguien viera mi verdadero yo.
Al final de la noche, mientras nos despedíamos, me di cuenta de que la idea de una venganza amarga había sido reemplazada por un plan mucho más dulce: el de vivir mi vida en mis propios términos. Ya no era la mujer rota que buscaba hacerlos pagar. Era Emilia Palacios, la dueña de mi propio destino. Y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parecía una carga, sino una promesa.