Eres el padre de mi bebé
Ahora estoy frente a la puerta del hombre con el que tuve sexo hace un mes y no sé qué hacer. Me costó encontrarlo, pero por suerte me había dicho su nombre, y no fue difícil localizarlo: resulta que es un multimillonario empresario. j***r, seguro pensará que soy una cazafortunas y que quiero engancharlo con el niño. Me arrepiento de haber ido a ese club esa noche y de haberlo conocido. Jamás pensé que esto sucedería. Ahora estoy embarazada. Voy a tener un bebé cuando apenas puedo con mi vida. No puedo pasar por esto sola, no cuando su padre tiene dinero y el niño tiene derecho a ese dinero. No lo digo por interés, pero para ser sincera, mi sueldo miserable no me da ni para mantenerme a mí.
Lo pensé mucho antes de venir aquí. Lo estuve pensando durante una semana entera, pero después de tantas vueltas llegué a la conclusión de que el bebé tiene que conocer a su padre... digo, si Alexander Norrison acepta al bebé. Lo más probable es que no.
Toqué el timbre del enorme portón de la mansión Norrison.
—¿Hola, quién es? —respondió una chica por algún tipo de altavoz. Me asusté, pensando de dónde provenía esa voz. Lo siento, no soy rica como para estar acostumbrada a todas estas cosas de última tecnología.
—Y-yo... Anastasia... —dije en voz baja—... Anastasia Méndez —añadí más fuerte. Tengo que tener valor para enfrentar esto, igual que tuve valor para acostarme con un desconocido...
—¿A quién buscas? ¿Vienes por el puesto de cocinera?
—No. Estoy buscando a Alexander Norrison —respondí.
—Oh... ¿tienes cita con él?
Suspiré. Llegar a un hombre tan importante no debe ser tan fácil como pensaba. En serio, esto es una locura.
—¿Sabe qué? Olvídelo —dije, decidida a irme. No puedo hacer esto. Me haré cargo sola, tendré que trabajar el doble para poder pagar los gastos. Me di la vuelta justo cuando un coche lujoso se estacionó frente a mí. Claro, estaba obstruyendo su paso.
Mi corazón latió más fuerte cuando observé al conductor.
Por Dios, es él. Alexander Norrison.
Alexander me observó detenidamente y salió del auto. ¿Acaso se acuerda de mí? No lo creo, esa vez ambos estábamos algo ebrios... pero quizás no tanto. Recordar esa noche de sexo desenfrenado me hizo sentir vergüenza y mis mejillas comenzaron a arder.
—Te conozco —dijo—. La chica del bar.
Lo miré y asentí.
—Wow... no pensé volver a verte. ¿Qué haces por aquí? —preguntó, medio serio. Parecía tener prisa o algo. No me había dado cuenta de lo guapo que estaba Alexander. Por algo todas las chicas andan detrás de él.
—Yo...
—Entiendo... ¿quieres repetir? —insinuó.
—¿Qué? ¡No! Alexander, yo... —dudé—. Me costó mucho venir aquí y me sales con eso. ¿Cómo se te ocurre? —rodé los ojos, dispuesta a irme. Me siento patética en este momento. Alexander me miró de pies a cabeza y me sentí aún más avergonzada. ¿Qué pensará de mí? Con mi vestido hasta la rodilla y mis zapatos de tela. Dios, fue un error venir aquí.
—No encuentro otra explicación —me dijo—. Mira... —parecía que no recordaba mi nombre.
—Anastasia —le dije.
—Anastasia, tengo trabajo importante que hacer y no es que te esté echando, pero necesito entrar a la casa y ponerme a trabajar. Si solo querías verme o necesitas algún trabajo, habla con mi asistente —me dijo—. O ve a la empresa —se dio vuelta para volver al coche.
—¡Estoy embarazada! —exclamé, deteniéndome y tomándolo por sorpresa.
Alexander se dio la vuelta y me miró, estupefacto.
—Ah... ¿felicidades? —dijo sin más.
—Alexander, el bebé es tuyo —dije por fin. ¿Por qué fue tan difícil? Claro, Alexander jamás creerá en una pobretona como yo, que su hijo está en mi vientre. Estoy lista para que me eche a patadas de su casa.
Alexander se quedó serio, en shock, quizás no podía creerlo. Claro que no, si alguien llega a mi puerta y me dice que tengo un hijo, pensaría que está loco, y yo llamaría a la policía.
—¿De qué estás hablando?
—La última vez que estuvimos juntos... —me retracté—... la primera y última vez fue hace como un mes, y tengo ese mismo tiempo de embarazo. Además, no he estado con nadie más, ni antes ni después de ti —admití, bajando la mirada, algo avergonzada.
—Anastasia... ¿te das cuenta de lo que me estás diciendo? —se acercó y me tomó de los brazos. Ahora lo miré, estaba muy cerca—. Cualquiera diría que solo quieres sacarme dinero.
—Lo sé, pero ¿qué puedo hacer? Es la verdad. Estoy lista para hacernos una prueba de paternidad, pero quizás sea muy pronto ahora; tal vez debamos esperar unos meses, Alex. También estoy consciente de que no quieras saber nada del niño y que prefieras que me aleje. Solo vine a decirte la verdad, es tu decisión lo que harás con ella.
Alexander me observó, como si buscara algún tipo de truco o mentira en mí.
—Claro que nos haremos esa prueba —dijo—. Y no, no soy de esos hombres que dejan hijos tirados por ahí. Lo que no entiendo es cómo pasó. Usamos protección.
Me encogí de hombros.
—Y también estábamos un poco ebrios. No recuerdo bien, pero tal vez se rompió y no nos dimos cuenta —puse mis labios en una línea recta.
—Yo sí recuerdo todo —dijo, lo cual me hizo sentir más vergüenza aún—. Eso explica por qué al final... se sintió mucho mejor.
Abrí y cerré la boca, sin saber qué decir.
—Oye, no pienses que voy por ahí acostándome con el primero que se me cruza en los clubes cada fin de semana. Esa vez yo... no sé qué me pasó.
—Tranquila. Yo... te daré mi número —sacó su celular—. Estaremos en contacto para poder hacer la prueba y resolver esto de una vez por todas. Y no, no creo que seas una cazafortunas —me dijo. Anoté su número y él anotó el mío.
—Gracias —le dije.
—Es muy difícil lo que acabas de decirme, ¿te das cuenta? —suspiró—. Un bebé... Si llega a ser mío, no sé cómo afrontaría esto.
—Dímelo a mí.
—¿Tienes en qué irte?
—Tengo que caminar para buscar el bus —le dije.
—Nada de eso. Ven, sube, te llevo a casa —dijo, abriendo la puerta de su coche.
—No... yo... no quiero ensuciarlo.
—Anastasia, no digas tonterías. Sube.
Asentí y me subí al asiento del copiloto. Alexander también subió al coche y comenzó a conducir.
—¿Por dónde vives?
Le di mi dirección y, en menos de veinte minutos, ya estábamos frente al pequeño edificio.
—¿Vives aquí? —preguntó con recelo.
—Sí.
—Bueno... al menos ya sé dónde encontrarte —dijo—. Nos vemos, Anastasia.
—Nos vemos, Alexander —bajé del coche y entré al edificio. Sentí un poco de alivio ya que Alexander actuó de forma bastante normal, no reaccionó como un completo idiota ni me echó de su casa como había imaginado mil veces.
Subí las escaleras hacia mi apartamento. No sé cómo enfrentaré esto, pero estoy segura de que el bebé es hijo de Alexander Norrison, y solo me queda esperar a ver qué sucederá cuando él también lo acepte como su hijo y nada más.