Emmett
No me doy cuenta de que me he quedado dormido en mi escritorio hasta que alguien me da un fuerte golpe en el hombro. Me incorporo de golpe, con una página de algo pegada a la mejilla, y me doy la vuelta para encontrar a Mario, el secretario de la abuela, de pie junto a mí, tan erguido como un soldado en posición de firmes.
—A la señora Sterling le gustaría verte en su oficina— dice Mario. El hombre siempre habla con total indiferencia, pero podría jurar en que esta vez veo una leve sonrisa divertida en las comisuras de su boca antes de hacer una reverencia y agacharse.
Gimiendo, me giro para ordenar todo el papeleo de mi escritorio. Montones y montones de proyecciones y declaraciones que estaba revisando, principalmente para darme una tardea aburrida que me distrajera del completo desastre en el que se ha convertido mi vida personal.
Me doy cuenta de que estoy siendo una cobarde, escondiéndome aquí en la oficina. Pero después de que Libby me dejara furiosa en el gimnasio, con un “Fue divertido mientras duró”. No he podido enfrentarme a ella.
No soporto la idea de volver a ver esa burla en su rostro. O peor aún, ¿Qué pasa si le digo como me he estado sintiendo y ella me compadece?
Después de todo, teníamos claros los límites de esta situación. Y si, vale, redibujamos un poco esos límites cuando decidimos hacer físico nuestro falso matrimonio. Pero incluso entonces, establecimos reglas claras sobre cuanto duraría. Solo hasta que nos repitiéramos. Simplemente no esperaba que eso sucediera tan rápido.
No esperaba que nada de esto sucediera tan rápido. Hace poco más de cuatro meses, estaba soltero, ajeno al hecho de que Libby Taylor existía, y era perfectamente feliz en todos los sentidos.
¿pero lo eras?>> pregunta una parte de mi cerebro a la que normalmente no reconozco.
La vida era más sencilla, tal vez. No había ningún gato dejando mechones de pelo por todo mi sofá, ni ninguna mujer dejando montones de material de estudio por todas partes. Podía enrollarme con quien quisiera. Pero si soy honesto, ninguno de mis encuentros sexuales se compara con el sexo que tengo con Libby. Y por muy frustrante que pueda ser a veces su desorden, hace que mi apartamento se sienta menos como un museo y más como un hogar. Demonios, incluso he empezado a llevarme bien con el maldito gato.
Me paso las manos por el pelo e intento arreglarme lo mejor que puedo para lo que quiera mi abuela. Termino de recoger el papeleo en el cajón superior de mi escritorio y me quedo congelado.
Allí, al final de la pila de archivos de impuestos de este trimestre, se encuentra una carpeta demasiado familiar. El archivo que me dió mi abogado, mi copia del contrato que Libby y yo redactamos. Un recuerdo vago y borroso vuelve a mí. Anoche, con el cerebro hecho papilla por tres días sin apenas dormir, saqué este contrato para releerlo, como si pudiera contener la respuesta a cómo puedo salir de este apuro. Y entonces…
Lo guardé de nuevo, ¿no? ¿Lo volví a guardar en el cajón donde lo he mantenido a salvo de miradas indiscretas?
No me acuerdo.
—Mierda— siseo.
Dejo caer la carpeta en mi cajón y cierro todo el escritorio. Nadie la vió. Estaba enterrada entre otros papeles. ¿verdad? Agarro mi taza de café y la vacío, haciendo una mueca de dolor por lo rancio y frío que está. Luego me incorporo y me aliso la chaqueta arrugada del traje. De cualquier manera, no puedo dejar a mi abuela esperando demasiado tiempo. No le gusta eso.
Con una respiración profunda y una oración a cualquier santo que pueda estar escuchando, cruzo el piso hacia la oficina de mi abuela. La puerta esta entreabierta, pero llamo de todos modos.
—Entra— dice, y con esa sola palabra, puedo decir que estoy en serios problemas.
Entro en su oficina y cierro la puerta con cuidado. La abuela Sofia no se levanta para saludarme. Me mira fijamente con una mirada que ha atormentado mis pesadillas desde la infancia, señalando el asiento libre frente a ella.
Me hundo en él, consciente de lo mucho más pequeña que es la silla de su escritorio. A pesar de lo muchos, muchos centímetros que le llevo, en esta silla, me veo obligado a levantar la vista al ver su expresión ceñuda. Juro que preparo su oficina así a propósito.
—¿Necesitas algo? — pregunto, cuando el silencio entre nosotros se hace más tenso.
Frunce los labios. —Si. Necesito que mi nieto sea honesto conmigo—
Resisto la tentación de retorcerme. —Siempre soy honesto contigo, abuela—.
—¿Lo eres? — Arquea una ceja. —Porque acabo de regresar de tu apartamento, donde tuve una conversación extremadamente esclarecedora con tu esposa. ¿O debería llamarla tu empleada? —
Mierda. mierda, mierda. —No es lo que piensas—
—¿Quieres decir que no contrataste a una virtual desconocida para que se hiciera pasar por tu esposa y me hicieras creer que eras lo suficientemente maduro como para como para ocupar mi puesto en la junta directiva de esta empresa? — Cruza las manos sobre el escritorio y sonríe. Esa sonrisa no es reconfortante. Grita peligro.
—Bueno, tal vez sea un poco lo que piensas, pero…—
—¿Crees que soy estúpida, Emmett? —
Parpadeo, sorprendido. —Por supuesto que no. Eres la persona más inteligente que conozco—
Pone los ojos en blanco. —Los halagos no te salvaran—
—Lo digo en serio, abuela. Te admiro. Siempre lo he hecho; lo sabes—
—Y, sin embargo, te esforzaste por llevar a cabo toda esta farsa. ¿Por qué? ¿Estás tan ansioso por deshacerte de mí? ¿Por sentenciarme a la oscuridad de la jubilación? ¿O quieres avanzar en tu propia carrera tanto que no te importa dejar en ridículo a tu familia para salir adelante? —
—¡No! No es nada de eso — Exhalo con fuerza por la nariz. —Es… mira, abuela, construiste esta empresa desde la nada. Todavía te sientes apegada, y lo entiendo completamente. Pero, últimamente…algunos de los acuerdos que hemos estado haciendo no han sido exactamente con visión de futuro. No hemos estado actuando en el mejor interés de la empresa—
—¿Con nosotros te refieres a mí? — Entrecierra los ojos.
Cuadro los hombros. —Si. Y no soy el único m*****o de la junta que se siente así— Levanto una mano para evitar más preguntas. —No quiero hacerte daño, lo juro. Y si solo se tratara de mi carrera, no me importaría. Pero sé cuánto te importa esta empresa, y no quiero ver tus sueños dañados porque…—
—Porque una anciana no sabe cuándo soltar— termina la abuela Sofia, cuando las palabras me fallan. Se reclina en su asiento por primera vez desde que entre en su oficina y se queda mirando sus manos juntas. —Podrías haberme dicho esto simplemente, ¿te das cuenta? —
—Estoy bastante seguro de que lo hice—
—Estoy bastante segura de que diste vueltas al tema en lugar de entablar una conversación directa, aunque incómoda—
—¿Puedes culparme?
—Puedo culparte de elegir una artimaña elaborada en su lugar— Levanta ambas cejas esta vez.
Me froto la nuca. —Sabía lo importante que era para ti que sentara cabeza. Pensé que tal vez aliviaría el dolor—
—¿Y cómo te funcionó toda esa mentira, nieto? — Baja la mirada significativamente, y sigo su mirada, fijándome en las arrugas de las mangas de mi camisa donde me quedé dormido con la cabeza apoyada en los brazos.
Mi suspiro se convierte en un gemido. —No es genial. resulta que si lo finges con suficiente fuerza, puede volverse real—
Sofia parpadea. Por primera vez desde que, entré aquí, parece sorprendida. —¿Estás diciendo…? —
Inclino la cabeza hacia atrás para mirar el techo. Cualquier cosa para evitar su aterrador contacto visual. —Creo que estoy enamorado de mi esposa—
—Que terrible anticuado de tu parte— dice arrastrando las palabras. Cuando la miro de nuevo, está sonriendo de verdad.
—¿Estás disfrutando esto? — me quejo
—Un poco. Parece un poco kármico— ella agita la mano. —De acuerdo, entonces la amas. ¿Qué vas a hacer al respecto? —
—Acordamos que esto sería solo algo profesional, así que…supongo que tengo que rescindir nuestro contrato— Me estremezco solo de pensarlo.
Se acabó Libby esperándome en la puerta en lencería. Se acabó Libby mostrando sus tarjetas con alguna nueva pregunta garabateada, esperando a que le diera mi respuesta o adivinara la suya. Se acabó Libby acurrucada a mi lado en la cama, viendo como el amanecer tiñe nuestras cortinas de luz.
—Ah, sí, porque esa es la única solución posible para amar a alguien. Dejarla— Ahora es el turno de mi abuela de poner los ojos en blanco. Definitivamente heredé mis habilidades de ella.
—Bueno, cuando lo pones así— digo, con sarcasmo en mi tono.
Pero tiene razón. Al menos debería decirle a Libby lo que realmente siento. Incluso si eso la hace salir corriendo aún más rápido de lo que ya debe querer. Se merece saberlo.
Al otro lado del escritorio, la mirada de mi abuela se suaviza. —Cualquiera puede ponerle un anillo, Emmett. Por como ya has aprendido, cualquier cantidad de razones absurdas. ¿Pero sabes que hace que un matrimonio real? Honestidad. Tanto con tu pareja como contigo mismo—
Honestidad. Curiosamente, a pesar de los orígenes falsos de nuestro matrimonio, he sido honesto con Libby sobre muchas cosas. Todas esas tarjetas me vienen a la mente ahora. Las historias personales que hemos compartido. No recuerdo la última vez que compartí tanto con alguien con quién Sali. Tal vez nunca lo he hecho.
Y solo eso me hace darme cuenta de lo que tengo que hacer.
Me levanto de golpe. —Tengo que irme—
La abuela Sofía apenas contiene una sonrisa burlona. —Lo suponía—
Pero en el umbral de su oficina, la miro frunciendo el ceño.
—En realidad, antes de hacerlo, ¿tienes algunas tarjetas didácticas de sobra? —