Habían pasado un par de meses desde que comencé a tener citas de manera más activa con Mario, no éramos novios, a como yo lo veía solo éramos amigos que salían, pero eso comenzaba a hacerme cierto ruido, era algo incomodo porque sabía que él quería iniciar algo más conmigo, pero no lo decía y ese tipo de indecisión era lo que me hacía dudar.
Raquel y Luisa habían dejado de preguntarme por Agustín, a decir verdad, hasta yo misma había dejado de preguntarme por él, es que ya ni siquiera lo podría considerar un amigo como en un principio, ahora parecía tan lejano que se me dificultaba pensar que alguna vez estuve interesada en él.
Y no es como si ahora lo hubiese olvidado totalmente, la verdad era que cuando por un momento nuestras miradas se cruzaban me sentía tan extraña, pero últimamente quería pensar que se debía a que sentía que me odiaba, él había dicho que ese no era el caso y en ese momento me tranquilizó, pero ahora no parecía una idea tan errónea. Obviamente toda mi incomodidad era válida, nadie podía estar bien con alguien que te odia. ¿Pero por qué pensaba de este modo? No quería problemas con él, y era obvio que él tampoco ¿era muy tarde para preguntar lo que estaba pasando? ¿Realmente el que saliera con Mario era la razón por la que Agustín no me hablaba más?
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Después de terminar las clases de aquel viernes, nos dirigimos a un bar cercano para relajarnos, no fue ninguna coincidencia el encontrar ahí a Mario y compañía, el corazón me dio un vuelco cuando vi entre ellos a Agustín.
Mario se acercó con rapidez a saludarme, le noté las mejillas rojas por el alcohol, aunque no parecía estar ebrio sí estaba un poco eufórico. Se me antojaba darle un abrazo, pero me quedé quieta a lado de mis amigas.
— Hola chicas — nos saludó Jaime, hacia un tiempo había notado como ponía especial atención en Luisa, parecía estar muy interesado en ella… pero mi amiga seguía soñando despierta con aquel profesor suplente, así que no se daba cuenta.
— Hola Jaime — contestó Raquel, adelantándose y poniéndose entre el chico y Luisa, noté que arrugaba la nariz en muestra de desagrado. Sabía porque estaba molesta, no quería que él se le acercara a nuestra amiga, simplemente no le agradaba el tipo de persona que “no decían lo que querían”.
— ¿Quieren sentarse con nosotros? — ahora fue Mario quién nos preguntó.
— En realidad, solo tomaremos un par de cervezas y nos vamos.
— Podemos acompañarlas un rato, nosotros ya nos íbamos. Las esperamos y nos vamos todos juntos ¿Les parece? — preguntó Jaime.
Raquel no estaba muy convencida, pero Luisa aceptó gustosa, dijo que de todas maneras ya no había mesas vacías. Así que nos sentamos los seis en los sillones mullidos de aquel escandaloso bar, la conversación fluyó sobre la universidad, noté que pocas veces hablaba Agustín y cuando abría la boca solo decía monosílabos, no parecía estar cómodo… yo tampoco lo estaba, después de todo él me había rechazado.
Mario detenía toda su atención en mí, no sabía si era culpa del alcohol, pero parecía más valiente que anteriores ocasiones, se acercaba mucho y sentía que en cualquier momento me besaría… yo trataba de relajarme, mi cabeza no dejaba de preocuparse por lo que Agustín pensaría de mí. Sé que no debería, pero es que simplemente me era imposible no hacerlo.
Después de un par de cervezas coincidimos en irnos todos juntos, habían dejado los coches en el estacionamiento de la universidad, así que solo debíamos caminar un par de cuadras totalmente desiertas. Mis amigas iban adelante hablando con Agustín y riéndose, bueno solo Luisa hablaba con él y era la única que reía, la mayoría del tiempo él mandaba una mirada nerviosa por encima del hombro y nos observaba, en cambio yo estaba con Mario y Jaime, ambos contaban de una película que habían visto todos juntos un día antes, cuando contaban con detalles las partes sangrientas a mí me daba asco. En un momento se quedaron en silencio, noté que Jaime desapareció para irse a caminar a lado de Luisa, ella le sonrió, pero Raquel volvió a fruncir el ceño, aunque esta vez no se interpuso entre ellos. Escuché que Mario soltó una risita por lo bajo y yo me volteé a verlo.
— Así que tu fanatismo, ¿son las películas de terror? — pregunté, enarcando una ceja.
— Pues no me encierro en ese género, me gusta de todo — me sonrió un poco nervioso, y yo le miré de forma extraña, seguimos caminando en silencio.
— Necesito preguntarte algo… — comentó súbitamente, me sobresalte por el tono de su voz, parecía que quería decirme algo importante.
— ¿Pasa algo malo? – me detuve y él me miró, se colocó enfrente de mí pausando mi andar, trató de sonreí, pero estaba demasiado nervioso por lo que solo formuló una mueca horrible.
— No, nada malo. — dijo y después agarró mis manos, las observó por largo rato como si tuvieran algo extraño, sentí como un hueco enorme se hacía en mi estómago, este era el momento.
Él comenzó a hablar del tiempo que había transcurrido desde el momento de conocernos hasta el día de hoy, de todos sus sentimientos, me describió con palabras que en mi vida las personas más queridas me habían dicho, hablo de temas alrededor de los dos, de la amistad, del cariño y al final de todo eso, la pregunta, la tan esperada pregunta.
— ¿Quieres ser mi novia, Camila? — en ese momento él levanto su mirada, y yo me quede muda, ¿Cuántas veces había practicado lo que le diría? Pero ahora, me quedaba muda, tiesa, ausente, ¿Por qué me costaba tanto rechazarlo?
— ¿De qué hablas? Estás ebrio — le dije a manera de broma queriendo ganar un poco más de tiempo.
— Puede ser, pero creo que es la única manera en que podría tener el valor de pedírtelo… así que por favor créeme cuando te digo que quiero estar contigo. ¿Quieres ser mi novia, Camila? — volvió a repetir la pregunta.
— Yo… — mis palabras debían de ser “espera un poco más, aun no estoy lista” algo que pudiera disminuir el rechazo que consideraba darle, eso azotaba mi mente, mis pensamientos se destrozaban porque no era capaz de decir lo que realmente quería.
— ¿Camila? — su voz parecía una súplica, me destrozaba el corazón ver sus ojos confusos, él no se merecía esto, mi rechazo o esta espera y yo ¿me merecía el esperar?
— Sí, Mario… sí quiero.
Mi respuesta fue la sonrisa en sus labios, se abalanzó sobre mí y sentí su abrazo fuerte, caluroso y después viéndome a los ojos me tomó por las mejillas, me acercó hacia él y me besó con ternura sobre los labios.
— Así que ya sucedió, ¿eh? — la voz de Jaime nos hizo separarnos.
Y ahí, de uno en uno, lentamente fui viendo a mis amigos, Luisa tenía una hermosa sonrisa en los labios y casi podía jurar que sus ojos estaban cristalinos, le seguía Raquel, que un poco confundida con el celular en una mano sonreía abiertamente, el siguiente era Jaime que se acercaba a nosotros riendo y dando aplausos. Y al final estaba Agustín, muy quieto, nos miraba con rareza, como si no pudiera creer lo que ante sus ojos ocurría, así daba la impresión de tristeza y entonces la pregunta surgió en mi ¿Qué había hecho?