Visita al Hotel

1999 Words
Al llegar subimos a su departamento, dejó su cartera y me mostró toda su casa, un hermoso semipiso de dos dormitorios con un balcón a la calle, que desde el piso doce tenía una hermosa vista nocturna de la ciudad. Preparó un café y lo tomamos sentados en el sillón del estar, después volvieron los besos, los abrazos y las caricias. El contacto era cada vez más apasionado, los besos cada vez más intensos, las caricias cada vez más excitantes. En un momento se puso de pie, estiró su mano para que yo la tomara y me guio hasta su dormitorio. Parados frente a frente al costado de la cama, nos fuimos desnudando el uno al otro entre besos cada vez más calientes. Me deleité con su cuerpo desnudo, y creo que ella de igual modo, mi erección estaba en su máxima expresión y nos seguimos besando y acariciando. Nos recostamos sin dejar de abrazarnos, con ella acostada boca arriba, recorrí besando todo su cuerpo, una belleza, sus hermosas piernas, su cintura, su cuello, sus hermosas tetas, sus pequeños pezones que lamí con delicadeza y su ya mojada entrepierna, a la que no le quedó rincón sin recorrer. El momento había llegado y cuando fui a buscar el preservativo al bolsillo del pantalón, ella me pidió que no lo usara, que quería sentirme sin el látex. Apoyé mi cuerpo en el suyo y mis brazos flexionados al costado de su cuerpo, mi glande buscó entrepierna y luego de frotarlo uno momento, la empecé a penetrar lentamente, mirándola a los ojos, besándola con amor. Sus brazos rodearon mi cuerpo y su cadera acompañaba mis embestidas cada vez más profundas, más intensas, hasta que momentos después llegó su orgasmo, sus temblores hicieron que cerrara las piernas, presionándome contra su cuerpo. Aminoré las embestidas por un momento, para besarla mientras su cuerpo volvía a su cauce, pero luego volví a darle intensidad, hasta que llegó un nuevo orgasmo suyo junto con el mío. Fue algo maravilloso, sus lágrimas de emoción me llegaron al alma, su abrazo infinito y todos sus “te amo” me llenaron el corazón, nunca me había sentido así de unido a una mujer, fundidos su ser y el mío. Después de esa sublime demostración de amor, nos quedamos dormidos abrazados. No solamente me despertó el sábado cerca del mediodía con el desayuno, también lo hizo el domingo, me quedé con ella todo ese fin de semana. Ahí empezó nuestra relación, creo que nunca he estado así de enaLuzdo de una mujer, mirarnos a los ojos es suficiente, muchas veces no nos hacen falta las palabras. Durante los primeros meses, nos veíamos casi todos los días, algunos me quedaban a dormir en su casa y otros ella en la mía, hasta que decidimos vivir juntos. Fue a los casi seis meses de aquel primer fin de semana. Decidimos vivir en su departamento hasta que se terminara el contrato de alquiler, y luego buscar otro lugar que nos quedara cómodo a los dos por nuestros trabajos. Así fue que, al año siguiente, decidimos casarnos en el momento que estuviéramos ya instalados en nuestra nueva casa. De ahí en adelante, han sido los años más felices de mi vida, creo que de la nuestra, siempre nos llevamos muy bien, pocas veces hemos discutido, la mayoría de ellas por cuestiones que nada han tenido que ver con nuestro amor. Hemos sido atentos, preocupados y dedicados el uno por el otro, siempre cómplices, siempre amigos, siempre amantes, siempre haciéndole frente a las adversidades, siempre juntos, apasionadamente juntos. Pero en estos últimos tiempos, me han vuelto estos sentimientos de inseguridad, esos fantasmas de la desconfianza que he tratado de apaciguar, pero que no me han dejado dormir en paz y disfrutar tranquilamente de mi vida junto a Ayleen. * * * * * * * * * A las doce y diez, la vi salir a mi esposa y quedarse en la puerta del bar, pensé que detrás de ella saldrían sus amigas, pero ninguna de las tres salió detrás de ella. Con su teléfono en la mano, aparentemente enviaba y recibía mensajes, minutos después, un auto blanco paró en la puerta del bar, y mi esposa subió del lado del acompañante, ¿sería un Uber? Desde donde estaba, no podía ver bien lo que ocurría dentro del auto, pero un momento después el auto arrancó. Subí al auto y los comencé a seguir, el camino que tomaba el auto, no era en dirección a nuestra casa, y se me empezó a oprimir el pecho, después de más de veinte cuadras, el auto blanco se detuvo en la puerta de una casa, la vi bajar a Ayleen y del lado del conductor bajo un hombre, alto de espalda ancha, el pelo corto y bien vestido. Rodeó el auto y caminaron juntos hacia la casa, la mano del hombre en la espalda de mi esposa, ambos sonreían y hablaban animadamente, mientras una punzada me atravesaba el pecho. ¿Otra vez? ¿Otra vez tengo que volver a pasar por esto? ¿Porque la vida siempre se ensaña conmigo haciéndome sentir el mismo dolor? ¿Qué tengo que aprender? Nunca fui infiel a ninguna de mis mujeres, a pesar de haber tenido la oportunidad, ¿tengo que entender qué la fidelidad es una utopía? ¿Qué no existe el entregarse en cuerpo y alma a una sola persona? Tengo que aceptar que eso de la monogamia es un cuento chino y que yo no he logrado entenderlo Entraron los dos a la casa y la puerta se cerró, como se cerró mi garganta ante la angustia qué me invadía. ¿Qué iba a hacer ahora, quedarme ahí hasta qué mi esposa salga de esa casa? Ya nada tenía sentido, llorando como un chico, envuelto en angustia y dolor, me fui de allí sin saber qué hacer, sin saber cómo seguir. Volví al hotel, avisé que dejaba la habitación y el auto alquilado, tomé todas mis cosas y las cargué en mi auto. Minutos faltaban para la una de la mañana, cuando salí del hotel sin saber qué hacer, sin rumbo, sin un rumbo para mi vida. Creí que esta vez iba a ser diferente, que esta vez se me iba a dar, la primera mujer con la que me había casado, y con la primera que hablamos de tener hijos, mi corazón se había anclado a esa mujer, imaginando envejecer juntos, qué equivocado estaba, como un boludo siempre creyendo en el amor. Sin saber para dónde ir, decidí tomar la ruta dos para la costa, necesitaba alejarme, calmarme y pensar. La ruta estaba vacía, y mi auto iba a la máxima velocidad, ya no me importaba nada. Antes del amanecer, me fumé un cigarrillo más, adentro del auto mirando el mar. Mi cabeza era un lío, mi ser un manojo de sentimientos dispares. Amaba a esa mujer, pero estaba enojado, decepcionado, dolido, y lleno de incertidumbre. Estaba cansado, me dolía el cuerpo, pero más me dolía el alma. Arranqué el auto y di vueltas sin rumbo por calles desconocidas, no podía dejar de llorar, y en un momento, tuve que detener el auto, ni sabía dónde estaba. Apoyé mis brazos en el volante y mi cabeza en ellos, no podía parar de llorar, en el amanecer de un día, que no sabía cómo vivirlo, un hombre se acercó y amablemente, me preguntó si me sentía bien. — En verdad no, realmente no me siento nada bien Se presentó como Matt y me preguntó: — ¿Puedo ayudarte en algo? No te veo bien. — ¡No sé si hay ayuda posible para cómo me siento! — Tranquilo hombre ¡Para todo hay una salida! Pero a veces el dolor no nos deja verla. Soy el dueño de aquel hotel, y si me permitís, me gustaría que me aceptaras un café, ¡creo que te hace falta! Me dijo aquello, señalando un predio a unos cincuenta metros de donde estaba estacionado. No sabía ni lo que quería en ese momento y casi sin pensarlo, acepté ese café. Quizás contar mi dolor a un desconocido, me hiciera bien. Bajé del auto y caminamos esos metros hasta entrar en un hotel turístico con varias cabañas, atravesamos el parque hasta entrar en una especie de comedor, donde me dijo que tomara asiento. Momentos después, volvió con una bandeja con dos cafés y algunas macitas. — No se cual será la razón de tu dolor, pero en algún momento de mi vida, me sentí tan mal como creo que te sentís en este momento, pero sea cual sea la causa seguramente tiene una salida, en mi caso fue una separación por una infidelidad, me costó, me dolió, no lo entendí y lloré, claro que lloré, pero el tiempo siempre te muestra algún camino para volver a la senda. — Anoche vi con mis propios ojos como mi esposa, salía de un bar donde estaba con sus amigas, para subirse al auto de un hombre, irse con él y entrar ambos en una casa, sin saber quién es, ni de quién es esa casa, y sin haberme dicho ella nada de eso. Mi problema no es el sospechar o tener cierta certeza de que mi mujer pasó la noche con otro hombre mientras yo estaba supuestamente fuera de la ciudad por trabajo, mi dolor es que ya me han sido infiel en tres relaciones anteriores, y no entiendo por qué siempre me pasa lo mismo, no soy un tipo jodido, no soy controlador, no soy celoso, trato de ser un buen esposo, estoy pendiente, jamás me voy de joda con amigos, jamás elevo la voz y menos que menos soy violento, entiendo que cada uno tenemos nuestra vida, nuestras amistades, nuestro trabajo, nuestra independencia, y es así como trato de vivir la vida, pero parece que a los demás no les alcanza con eso. ¿Qué es lo que hago mal? ¿Qué es lo que tengo que aprender de cada situación que me ha tocado vivir? — A veces no somos nosotros los que hacemos las cosas mal, incluso tampoco nuestras parejas, a veces son las circunstancias. Que te hayan sido infiel en relaciones anteriores, no quiere decir que en todas tus relaciones te vuelva a pasar, como consejo te diría que lo hables de frente con ella, que los dos sean sinceros, el no hacerlo en su momento, a mi me hizo creer y sentir cosas que resultaron siendo diferentes de lo que imaginé, y eso me costó meses de llorar sin entender, y por supuesto el divorcio. Pero como te dije antes, cuando se cierra una puerta, muy probablemente se abra otra mi amigo. — ¡Es probable!, pero en este momento, no veo qué camino tomar, después de ver lo que vi, salí de La Plata sin rumbo con el auto y terminé aquí, y la verdad es que sigo sin saber qué hacer. — Yo también soy de La Plata, y sin embargo dejé toda una vida hecha allí, buscando mi futuro, y después de eso encontré el camino y solucionados los desencuentros, volví a creer en el amor y volví a pensar en un futuro con mi ex esposa, ahora esposa nuevamente. Todo un derrotero, pero que me trajo de vuelta a la felicidad. — Es probable que el estar tan aturdido, tan sobrepasado, no me permita ver más allá. — Si me permitís, te ofrezco uno de los departamentos para que puedas descansar, necesitás dormir un poco, para poder ver las cosas con algo más de claridad. — ¡Te agradezco tu ofrecimiento y esta charla, pero no quiero molestarte! — ¡No es molestia! Te veo y me veo a mi mismo hace tiempo atrás, abatido por el dolor. Descansá un poco y ya después verás! — ¡Gracias! Me acompañó hasta uno de los departamentos y me dejó la llave. — ¡Date un baño también! ¡Te va a venir bien!
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