Nuevos Horizontes

1334 Words
Al mes de dejar el trabajo, con mi amigo Martín, decidimos embarcarnos en nuestro propio estudio, sabíamos que los primeros tiempos serían difíciles, pero con algunos ahorros que teníamos y un par de obras en curso, nos aventuramos. Los primeros meses, nos mantuvimos, y luego por suerte, Martín me pasó un trabajo de un amigo suyo, y a partir de ahí, los proyectos empezaron a llegar. Se puede decir que nuestro despegue, nuestra primera obra importante, fue un edificio de departamentos de cinco pisos, cuatro locales comerciales en la planta baja y cocheras en el subsuelo. De allí en adelante, los trabajos se sucedieron uno tras otro, tuvimos que contratar a otro arquitecto para que trabajara con nosotros. Seguí en contacto con Martín, nos veíamos al menos un par de veces al mes para cenar o tomar un café, y en esos encuentros al llegar y al irse, siempre me decía, “colega”. Luego de unos meses, cenando una noche le pregunté: — Martín, ¿cómo está Ari? ¿Sigue con Cristian? — Después de lo que pasó, no volvió a ser a misma chica de antes, el boludo de Cristian nunca pretendió tener una relación con ella, se distanció y solo hablan lo indispensable por cuestiones de trabajo. Una mañana en que estábamos solos en el estudio, hablé con ella, le dije que estaba al tanto de lo que había pasado, se largó a llorar y me dijo que fue una estúpida por haber hecho lo que hizo, que se dejó llevar por Cristian y que había destrozado a la persona que aún seguía amando y que estaba segura que nunca la perdonaría. También me dijo que estaba muy mal y que estaba analizando el volver a sus pagos, a casa de sus padres. Nunca le dije que sigo en contacto con vos. Para que mentir, a pesar de su traición, no le deseaba ningún mal, ella hizo su elección y debía afrontar las consecuencias, las mismas que me había tocado enfrentar a mí. Con Martín tomamos la decisión de contratar a un contador para que se ocupara de los temas impositivos y laborales. A través de un conocido de Martín, nos pusimos en contacto con un estudio contable y nos empezaron a manejar nuestra contabilidad. La primera vez que fui, nos atendió una chica llamada Analía, pero a partir de las siguientes, me atendía siempre Ayleen. La primera vez que la vi, me pareció la mujer más hermosa que había visto, su mirada, su sonrisa, su manera pausada de hablar y su seguridad me atraían. A Martín no le hacía gracia ir al estudio y era yo el que siempre iba, incluso llegué a dejar algún papel en el auto, para tener una excusa para volver a verla. En una de esas visitas, llegué cerca del mediodía, Ayleen me atendió y cuando me iba, me dijo que bajaba a almorzar y bajamos juntos. Y en un acto de arrojo, casi sin pensarlo, le pregunté si quería que almorzáramos juntos, y para mi sorpresa su respuesta fue, “me encantaría”. Me dijo de un lugar cercano y allí fuimos. Para qué negarlo, nunca pensé que esa mujer tan hermosa, aceptaría almorzar conmigo. El almuerzo estuvo fantástico, Ayleen se mostró de otra manera, menos formal y más suelta. La hora que tenía para almorzar, se me pasó volando, me hubiera quedado horas hablando con ella. Fuimos caminando hasta el estudio y en la puerta, nos saludamos con un beso en la mejilla. Al despedirnos, me volvió a sorprender con un “que se repita”. A partir de ese día, cada vez que tenía que ir al estudio, lo hacía en horas del mediodía, y bajábamos a almorzar juntos, incluso algunas veces que no tenía que ir, me aparecía a la hora que ella bajaba a almorzar. En cada almuerzo, nos íbamos contando cosas de nuestras vidas y de nuestros trabajos, con el correr de los días, fuimos conociéndonos cada vez más, y yo me sentía cada vez más a gusto con ella. Un par de meses después, me animé, y sin muchas expectativas, la invité a cenar. Me volvió a sorprender aceptando mi invitación y dándome la dirección de su casa para que la pasara a buscar. Cuando toqué el timbre y salió, me quedé impactado, acostumbrado a verla con su ropa formal de trabajo, me sorprendió lo hermosa que venía con un pantalón blanco, una camisa turquesa, con su pelo suelto, unas sandalias blancas de taco alto y una cartera también blanca. — Guauuu! ¡Permíteme decirte que estás hermosa! — ¡Gracias! ¡Vos también vas muy bien! Fuimos a cenar a un lindo restaurante, la cena estuvo estupenda y disfruté mucho de su conversación, era realmente una mujer fascinante. De camino a su casa, iba pensando en proponerle algo, pero no quería precipitar las cosas, esa mujer me interesaba demasiado como para arruinarlo en un arranque de testosterona. Después de esa cena vinieron más, siempre viernes o sábados y entre semana, nos mensajeábamos todo el tiempo. Un viernes después de cenar, le propuse ir a un bar donde ponen solo rock, no me van mucho los de música tropical, cumbia y bachata y esas cosas, lo mío siempre ha sido el rock, y sobre todo el rock nacional. Nos tomamos unos tragos, escuchando buena música, hasta que en un tema de Charly García, Ayleen me tomó de la mano y me llevó a bailar. No bailamos solo ese, en ese momento lo estaba pasando tan bien con ella, que hubiera bailado hasta el Himno Nacional. Volvimos a la barra por otros tragos, y ya apoyados en una de las maderas del costado de la barra, nos miramos fijamente a los ojos y cual imán, nuestras bocas se acercaron hasta juntarse. Fue un beso suave, sin apuro, sin vehemencia, pero muy dulce, al menos para mí. Algo me atravesó el cuerpo, esa sensación de electricidad que se apodera de los músculos y te deja como inmóvil, me costó varios segundos volver a la realidad, esos pocos segundos que hacen falta para dilucidar si aquello fue real o una jugarreta de mi imaginación. Pero luego de ese mínimo contacto, sus ojos se fijaron en los míos, me decían que aquello no había sido producto de mi imaginación ni de los tragos ya bebidos, bastó mi mirada en la suya para volver a perderme en el sabor de un nuevo beso, igual de tierno, igual de dulce, pero más profundo, más cómplice, más sentido, más deseado y más esperado. Le siguió otro y otro, y un abrazo, su cuerpo contra el mío, su calor y el mío, ya no me quería despegar de esa mujer, ya no. Si el mundo hubiera acabado en ese instante, hubiera muerto feliz, anclado a su mirada. Después de esa magia, no hiso falta más nada, ambos supimos en ese momento que nuestros caminos se habían cruzado. — Hacía tiempo esperaba este momento. — No te puedo mentir, lo deseaba desde que te conocí en aquel primer almuerzo, desde ese momento, me siento inconfundiblemente ligado a vos, esperando cada nuevo encuentro, cada nueva mirada tuya, cada sonrisa. — Ese día que almorzamos juntos, supe que me había enaLuzdo de vos, ¡fue así a primera vista! ¿Y ahora qué hacemos? — Yo diría que amarnos, yo estoy listo para que caminemos juntos lo que la vida nos depare, ¿vos que decís? — ¡Que si mi amor! — ¡Otra vez! Que me gustó escucharlo — ¡Que si mi amor! Vayamos juntos donde la vida nos lleve Nos volvimos a abrazar, a mirarnos a los ojos y a besar amorosamente. — ¿Sabés que me gustaría? — ¿Qué corazón? — Despertarte con el desayuno — ¡Nada me haría más feliz! ¿Tu casa o la mía? — ¡La mía está más cerca! — ¡Perfecto! Caminamos abrazados hasta el auto y de allí fuimos a su casa.
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