Capítulo 6.

1728 Words
Francesco. Cuando uno va ser padre, tiene al menos nueve meses para prepararse mentalmente que su vida va cambiar en torno al pequeño ser al que llamarás hijo. Lo ves crecer en el interior de su madre, sus movimientos y hasta el día de su nacimiento, pero a mi me habían negado todo eso. De la noche a la mañana tenía una hija de tres meses, una niña que solo me tenía a mí y debía protegerla de todo el maldito mal que la rodea, porque si algo estoy seguro es que nadie le haría algo malo a mi principessa, ella ahora es mi más grande motivo para vivir. A penas horas que la conozco y la amo, no me he atrevido ni a sostenerla en mis brazos, por temor de lastinarla, solo la vi en los brazos de Pía o la de su niñera. Todavía no me siento preparado para cargarla sin imaginar lo peor en el proceso. Tenía que empezar a vengarme de todas esas personas que estaban detrás de ello, sin dudas la primera que conocería la furia de Francesco Salvaltore es la perra a la cual debo llamar madre, tuve muchas consideraciones con ella y esto que hizo de aliarse con la araña ponzoñosa de Josefina Cairo, fue la gota que rebasó el vaso de mi paciencia. Hoy la madaria al mismísimo infierno a esa maldita perra traidora. — La puede cargar si quiere señor, lo ayudo — me habla la niñera que esta a cargo de mi hija. Mi hija, tan raro, pero real. Brina es mi hija y mi principessa. — No estoy listo — digo observando como esos lindos ojos negros me observan con atención. Ella es una pequeña curiosa, sus ojos y su cabello son de un intenso n***o, es tan chiquita que cabe perfectamente en uno de mis brazos. Desde que estoy en la casa, observándola, ella no quiere dormir solo me mira y sonríe, me ha estirado sus bracitos para que la cargue, pero como dije no me siento preparado para hacerlo todavía. — Debemos hablar, Fran — la voz de Pía me hace mirarla. — Seguro debe haber más mentiras que contar — digo bufando. Pía me hace señas para que la siga, voy detrás suyo hasta que nos metemos a su despacho, donde ya Vanni nos estaba esperando sentado con una copa de whisky en su mano. — Gracias por cuidar de mi hija — le hablo directo a ella. — Francesco — interrumpe mi hermano. — Ahora que se de ella, me la llevaré conmigo ... — Sobre mi cadáver lo vas a hacer, Francesco — masculla Pía cabreada. — Es mi hija — digo frunciendo mi ceño. — Brina es más mi hija que tuya ... — Pía — intercede Vanni. — Tuya no es nada, Cairo. Te agradezco que la cuidarás, pero ahora me tiene a mi y sus tíos. Nosotros cuidaremos de ella de ahora en adelante — sentencio con seguridad. Brina me tenía a mí y a nuestra familia, juntos cuidaremos de la principessa de la familia. Pía se acerca a donde estoy, solo unos pasos nos separaban uno del otro. — Esa niña es mía, tengo sus papeles de adopción. Yo la salve de todos las que la buscaban. Soy su madre hace tres meses, mientras tu te follabas a todas las putas de Italia, yo era la que cuidaba de ella, no me vas a quitar a mi hija Francesco, porque esto terminaria en una guerra conmigo — declara de forma amenazante. — Tiene mi sangre .... — Hace media horas negabas la posibilidad que seas su padre, no seamos hipócritas — agrega molesta. — Francesco, Pía, por favor — murmura Vanni negando su cabeza. — Mi hija no llevará el sucio apellido Cairo — mascullo. — Los papeles dicen lo contrario — contraataca. — Voy a impugnar todo, debe llevar mi apellido. Ella es una Salvatore — sentencio cabreado. No le podíamos negar su verdadera identidad, ella es una Salvatore y eso lo dejaríamos bien claro, porque no voy a dejar que mi hija lleve el sucio apellido Cairo. Salí de esa casa, escuchando las palabras de mi hermano que me pedía que me detuviera, que pensará bien lo que iba hacer porque ahora tenía una hija a quien proteger. Matias, mi guardaespaldas, ya me esperaba con la puerta del auto abierta, debíamos ir a Apulia, tenía que acabar con un problema, hace años debí terminar con ella y por eso cobraré cada una de sus deudas. *** Luego de un largo viaje en carretera, mis hombres se estaban deteniendo en el prostíbulo que comanda mi madre. Apulia fue la ciudad donde mi padre conoció a mi mamá, no mentimos con eso que nuestras madres son unas putas, ellas lo son, las más codiciosas y es por eso que a nosotros nos llevó muchos años entendernos con mis hermanos. Si somos unidos es todo por la constante insistencia de papá, el creo un vínculo que nadie podia romper, podíamos tener problemas, pero nunca debemos olvidar que somos familia. Hoy Leoneta Morandi sabría muy bien que nadie se mete con mi familia. — Señor — me detiene uno de hombres de custodia la entrada de prostíbulo. — ¿Mi madre dónde está? — pregunto ingresando. — No está señor — responden. — La esperaré en su oficina — sentencio. Nadie me dirá algo, después de todo soy el hijo de la dueña. Aunque odie lo nefasto que es este lugar, tenía que aguantar unas horas esperando a mi madre. Su prostíbulo o su club de mujeres, como ella suele llamarlo, era extravagante. Con sólo entrar podías perder en segundos la noción del tiempo, no sabrías si es de dia o de noche, las mujeres solo tenían un propósito y es complacer a todos los hombres con su perversos fetiches, porque estoy seguro que la mayoría que visitan estos lugares, llevan anillos de casados, la hipocresía en el mundo se veía en estos club, empezando ya desde el momento en que privan a las mujeres de su libertad, sigue con eso de obligarlas a tener sexo con cualquier hombre, sin importar el daño que puede infringir en ellas y por último el tema de que iban pasadas de drogas, creo que ni ellas tenían idea de donde estaban o que hacían. — No puedo creer que estés aquí — es lo primero que dice mi madre al entrar a su oficina y verme sentado en su asiento. — Creo que me debes dinero — digo con indiferencia. — No debes cobrarle las deudas a tu madre — contesta cerrando la puerta. — ¿Quién lo dice? — — Soy tu madre, Fran, tu padre... — Mi padre está muerto, el control y el orden están en manos mías... — Dirás del hijo favorito de tu padre, después de todo Daniel cumplió su propósito porque es el líder de Camorra — me interrumpe tirando cizaña en otra de mi hermano mayor. — A lo que vamos Leoneta, nos debes mucho dinero y por lo que veo en tu lindo cuaderno, el club tiene sus buenos ingresos — acoto con media sonrisa. Podía ser mi madre, pero no la sentía como tal. Ella generaba repugnancia y odio, sumando lo que había hecho para ayudar a Josefina, mis manos tenían ese cosquilleo de ya tomar mi pistola, para meter un simple tiro en su cabeza. — No debes combrarme nada ... — Perfecto — una sonrisa macabra se extiende en mi rostro. — ¡Matias! — llamo a mi guardaespaldas. — Señor — responde. — Destrocen todo — ordenó. — ¡No! — chilla mi madre desesperada. — Paga lo que me debes — le recuerdo. Le hago señas a Matias para que haga lo que le ordené, en segundo se escuchan ruidos de cristales rompiéndose, gritos por todos lados y disparos en el recinto. Estoy seguro que mis hombres ya habrán terminado con todos los que custodian la entrada al prostíbulo. — ¿Por qué me haces esto? — pregunta desesperada. — Las deudas se pagan, Leoneta — contestó divertido. — Francesco, soy tu madre... — Lastimosamente — la interrumpo bufando. — Francesco — me llama. Cansado de escucharla, me levanto de la silla y saco mi pistola para apuntar a ella, ya bastante consideración le estaba teniendo a esta puta que no valía absolutamente nada. — De rodillas — sentencio. — No puedes matarme, hijo — dice asustada. — De rodillas — repito. Leoneta Morandi hace lo que le digo, en su mirada veo la suplica, pero a mi me vale mierda todo en ella. — Hoy iras al infierno, querida madre — comento irónicamente. — Nunca debiste jugar en el bando contrario, aliarte a Josefina para hacerme daño a mí — por la mirada que me dedica lo que digo la toma de sorpresa — ¿Pensaste que nunca sabría el sucio plan? El como entraste al hospital para terminar de matar a Pía o el hecho de querer dejar a mi hija en manos de una loca... — Fran, hijo — suplica al ver que apoyo la punta de la pistola en su frente. Sin dejar de mirarla, apretó en gatillo en su frente. Mi madre cae al piso en segundos. — Pudrete — digo sonriendo. Cada quien tiene su final y ella tuvo el suyo. — Ya esta todo señor — ingresa Matias acompañado de Fermin. — ¿Las chicas? — pregunto. — Las hemos subido a todas en diferentes camionetas — responde Fermin. — Perfecto, quemen el lugar — ordenó saliendo de esa oficina. Este lugar desaparecería, nadie recordaría de el y sobre todo de mi madre. Le estaba haciendo un bien al mundo, después de todo al terminar con Leoneta Morandi, una de las mayores proxenetas que había en Italia. Una menos en mi lista de venganza. Ahora quedaba un sola persona, todos teníamos el mismo punto en común, pero para acabar con ella, antes debía aliarme a Pía. Creo que juntos le daremos el mejor fin a la vida de la perra de Josefina. Llegó el momento de empezar a trazar el camino hacia el final tan anunciado, sin dudas no tenía idea de lo que le esperaba, tiene que pagar todas y cada una de sus traiciones. Josefina Cairo tiene los días contados.
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