Las paredes blancas del Hospital central de San Raffaele nunca le habían parecido tan estrechas a Fabricio Cavalli. El olor a antiséptico, que normalmente asociaba con orden y eficiencia, ahora se le metía en los pulmones como un gas corrosivo. Se sentía asfixiado. Sus manos, aquellas que firmaban acuerdos millonarios y sostenían el destino de miles de empleados, temblaban imperceptiblemente sobre sus rodillas. Isabella estaba allí dentro. Sola. Luchando contra una oscuridad que él mismo había ayudado a tejer. La Anatomía de un Remordimiento Fabricio cerró los ojos y la imagen volvió a golpearlo con la fuerza de un mazo: el cuerpo menudo de Isabella rodando por la imponente escalera de mármol de la villa de su madre. El sonido seco del impacto. El silencio que siguió. Allegra gritando d

