Las palabras de su madre quedaron flotando en el aire como partículas de veneno. Isabella sintió un pitido agudo en los oídos; el mundo se ladeó.
—¡¿Qué hiciste qué?! —el grito de Isabella nació desde lo más profundo de su pecho—. ¡No soy un objeto, mamá! ¡No soy una moneda de cambio que puedes lanzar a los pies de un hombre para salvar tu pellejo!
Su madre, que acababa de vender el destino de su hija por una copa de coñac, se puso en pie con una calma que erizaba la piel.
—Baja la voz, Isabella. He salvado tu nombre. He evitado que duermas en una litera de cemento rodeada de criminales.
—¡Prefiero la cárcel mil veces antes que venderme a un desconocido! —replicó Isabella, con los ojos encendidos en furia—. No lo amo, ni siquiera lo conozco. ¡Es un monstruo de hielo! ¡Estás loca si crees que voy a pasar por ese altar!
Entonces, el teatro comenzó.
Su madre se llevó una mano al pecho, su respiración se volvió errática y su rostro palideció en un instante. Se desplomó pesadamente sobre el sillón, soltando un gemido de dolor.
—Mi corazón... —susurró con voz quebrada—. Isabella, si tú no aceptas, yo no sobreviviré ni una noche tras las rejas. Mi salud está pendiendo de un hilo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Ver a tu madre morir en una celda por tu egoísmo?
Isabella se congeló. Sabía que su madre era manipuladora, pero verla así, tan frágil y desesperada, activó su instinto de protección. El peso de la culpa, una cadena más pesada que cualquier deuda, se instaló sobre sus hombros.
—No es egoísmo... es mi vida —murmuró Isabella, aunque su voz ya no tenía la misma fuerza.
—Hazlo por la familia. Por la memoria de tu padre. Prométeme que lo harás.
Tras un silencio eterno, las lágrimas de Isabella mojaron el suelo del despacho.
—Está bien —susurró, sintiendo cómo su alma se marchitaba—. Acepto.
La última mentira
Esa misma tarde, Isabella citó a Marco en el mirador donde él le había pedido que fueran novios. El viento soplaba con fuerza, despeinando el cabello de Marco, quien la recibió con una sonrisa llena de esperanza.
—Isabella, mi amor, he estado pensando... Si la situación es tan grave, mi familia puede ayudarlas. No tienes que preocuparte más.
Ver su rostro iluminado fue como recibir una puñalada. Isabella sabía que Fabricio Cavalli era un hombre despiadado; si Marco intentaba interferir, Fabricio lo destruiría no solo financieramente, sino legalmente. Para salvar a Marco, tenía que romperle el corazón.
—Marco... tenemos que hablar —dijo ella, con una frialdad que no sentía.
—¿Qué pasa? Estás muy pálida.
—Esto se terminó —soltó de golpe.
Marco se rió, una risa nerviosa y confundida.
—¿De qué hablas? Es el estrés del funeral, Isabella. Estás confundida.
—No estoy confundida. Estoy abriendo los ojos —ella se obligó a mirarlo con desdén—. Mi padre murió en la ruina, Marco. Y me he dado cuenta de que tú... tú no puedes darme el nivel de vida al que estoy acostumbrada. No quiero pasar el resto de mis días contando centavos.
—Tú no eres así —dijo él, dando un paso atrás como si no la conociera—. Me amas. Lo sé.
—El amor no paga las cuentas, Marco. He encontrado a alguien que puede devolverme todo lo que perdí. Alguien con poder de verdad.
—¿Quién? —preguntó él con la voz rota.
—Fabricio Cavalli. Me voy a casar con él. No me busques, Marco. He decidido que mi futuro vale más que nuestro pasado.
Sin esperar respuesta, Isabella se dio la vuelta y caminó hacia su auto. Cada paso que daba sentía que su corazón se rompía en mil pedazos de cristal. Escuchó a Marco gritar su nombre, pero no regresó. No podía. Si lo miraba una vez más, la mentira se caería y Fabricio los destruiría a ambos.
Subió al auto y, solo cuando estuvo lejos, rompió a llorar de una forma tan violenta que tuvo que detenerse a un lado del camino. Había salvado a su madre y protegido a Marco, pero se había condenado a sí misma.
Ahora, solo quedaba esperar a que el dueño de su nueva vida viniera a reclamarla.
Isabella no recordaba cómo había llegado a su habitación. El resto del día fue una neblina de dolor y el eco de los gritos de Marco rompiéndose contra el viento. Se encerró bajo llave, ignorando los llamados de su madre. No comió, no durmió; solo observó cómo la luna cruzaba el cielo, sintiéndose como una condenada a muerte esperando el amanecer.
A la mañana siguiente, el servicio de la casa entró con un vestido de seda color perla que ella no había comprado.
—Órdenes del señor Cavalli, señorita —dijo la empleada con la cabeza baja—. La espera en el salón principal en diez minutos.
Isabella se miró al espejo. Sus ojos estaban hinchados y su piel pálida, pero había algo nuevo en su mirada: una chispa de rebeldía. Si iba a vender su alma al diablo, se aseguraría de que al diablo le saliera caro.
Un trato con el diablo
Cuando Isabella bajó las escaleras, el ambiente en el salón era gélido. Fabricio Cavalli estaba de pie junto a la ventana, revisando unos documentos en su tableta. Al escuchar sus pasos, se giró lentamente. Por primera vez, Isabella lo vio de cerca, sin el velo del funeral. Era insultantemente apuesto, con una belleza dura, tallada en piedra y carente de piedad.
—Llegas tarde, Isabella —dijo él. Su voz era barítono, profunda, y vibró en el pecho de ella como un trueno lejano.
—No sabía que los compradores llegaban antes de la hora —respondió ella, cruzando los brazos y sosteniéndole la mirada.
Una chispa de curiosidad brilló en los ojos oscuros de Fabricio. Dejó la tableta sobre la mesa y se acercó a ella. Cada uno de sus pasos era depredador. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para verlo.
—No eres una compra, eres una inversión —corrigió él, con una frialdad absoluta—. Tu padre me debía millones. Tu madre me debe su libertad. Y tú... tú vas a darme la legitimidad que necesito en ciertos círculos sociales y, eventualmente, un heredero.
Isabella sintió que la sangre se le congelaba.
—¿Un heredero? Ni siquiera te conozco.
—Lo harás. El contrato es simple —él señaló un documento sobre la mesa—. Tres años de matrimonio. Durante ese tiempo, vivirás bajo mi techo, asistirás a cada evento a mi lado y actuarás como la esposa devota que el mundo espera. A cambio, todas las deudas de los Valente quedan saldadas hoy mismo y tu madre nunca pisará una cárcel.
—¿Y después de tres años? —preguntó ella con la voz temblorosa.
—Serás libre. Con una pensión vitalicia que te permitirá pintar todos los cuadros que quieras en el lugar del mundo que elijas.
Isabella miró el papel. Era su sentencia y su salvación al mismo tiempo.
—¿Y si me niego ahora mismo? —desafió ella, aunque sabía la respuesta.
Fabricio se inclinó hacia su oído, y ella pudo oler su perfume: maderas, tabaco caro y algo metálico, como el peligro.
—Si sales por esa puerta sin firmar, tu madre será arrestada antes del mediodía. Y yo me encargaré personalmente de que la celda que le den sea la más oscura de toda Italia.
Isabella apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. Con la mano temblando, tomó la pluma estilográfica que él le ofrecía. El oro de la pluma se sentía pesado. Firmó su nombre en trazos rápidos, sintiendo que cada letra era un clavo en el ataúd de su felicidad con Marco.
Fabricio tomó el documento, lo revisó con una sonrisa casi imperceptible y se lo entregó a su asistente.
—Bienvenida a la familia Cavalli, Isabella. Prepárate. Mañana te mudas a mi residencia en Milán. Y una regla más... —él se detuvo en la puerta y la miró por encima del hombro—. En mi casa, no se llora por amores pasados. Ahora me perteneces a mí.
Cuando la puerta se cerró, Isabella se desplomó en una silla. Había salvado a su familia, pero acababa de entrar en una jaula de oro donde el carcelero era el hombre más peligroso que había conocido jamás.