CAPÍTULO 3: El peso de las cenizas

1274 Words
El motor del auto de Fabricio Cavalli todavía resonaba en los oídos de Isabella mucho después de que la caravana de vehículos negros desapareciera por el sendero flanqueado de cipreses. El silencio que quedó en la villa Valente no era de paz, sino de sepulcro. Un silencio denso, cargado con el olor a flores marchitas de los arreglos fúnebres que aún no habían sido retirados por completo. Isabella permaneció de pie en el vestíbulo, mirando el documento que descansaba sobre la mesa de mármol. Sus dedos aún conservaban el rastro de la frialdad de la pluma estilográfica de Fabricio. Sentía que el nombre "Isabella Valente" ya no le pertenecía; lo había escrito en ese contrato y, al hacerlo, se había desvanecido. —¿Y bien? ¿Se ha ido ya? —La voz de su madre, Vittoria, descendió por las escaleras antes que su cuerpo. Vittoria apareció luciendo un conjunto de seda negra que parecía demasiado elegante para una mujer que acababa de enviudar y estaba en la ruina. Sus ojos, antes nublados por las lágrimas teatrales del día anterior, ahora brillaban con una agudeza depredadora. —Se ha ido —respondió Isabella, su voz apenas un susurro quebrado—. He firmado, mamá. He vendido mi vida para que tú puedas seguir bebiendo coñac en copas de cristal. Vittoria terminó de bajar los escalones y se acercó a su hija. No hubo un abrazo de consuelo, ni una mirada de agradecimiento. Solo una inspección minuciosa. —No seas melodramática, Isabella. Has hecho lo que cualquier hija con sentido del deber haría. Cuéntame los detalles. ¿Qué dijo sobre la casa? ¿Qué dijo sobre los cargos criminales? Necesito saber que ese hombre es de palabra. Isabella la miró, sintiendo una oleada de náuseas. —Es de palabra. Aceptó liquidar cada centavo que papá debía. El abogado recibirá la notificación mañana. No irás a prisión, y conservaremos esta casa, aunque no sé para qué, si solo quedaremos tú y los fantasmas. Pero el precio... mamá, él no quiere una esposa. Quiere un trofeo y un vientre. Quiere un heredero. Vittoria soltó un suspiro de alivio, ignorando deliberadamente el dolor en el tono de su hija. —Un heredero Cavalli... Isabella, ¿tienes idea de lo que eso significa? Serás la madre del próximo dueño de la industria farmacéutica más grande de Europa. Tu hijo tendrá más poder del que tu padre soñó jamás. Deberías estar agradecida de que tu belleza fuera suficiente para convencer a un hombre como él. —¡Agradecida! —Isabella estalló, sus gritos rebotando en los altos techos decorados con frescos—. ¡Me ha dado una semana de libertad y luego tres años de esclavitud! Mañana mismo debo mudarme a su casa en Milán. Mañana dejo de ser una persona para convertirme en la propiedad de Fabricio Cavalli. ¿Cómo puedes pedirme que sea agradecida mientras me lanzas a los leones? —Te lanzo a un palacio, no a una fosa común —replicó Vittoria con frialdad—. Ahora, sube a tu habitación. Empaca lo que necesites, pero no lleves esas baratijas de artista. Fabricio esperará que vistas como una reina, no como una bohemia de los viñedos. Mañana empieza tu nueva vida, asegúrate de estar a la altura. Sin una sola palabra de afecto, su madre dio media vuelta y se dirigió a la cocina, probablemente para pedirle al servicio —al que ya no podían pagar— que le prepararan algo de cenar. El despojo de la identidad Isabella subió las escaleras con las piernas pesadas, como si llevara grilletes invisibles. Cada peldaño era un recuerdo que dejaba atrás. Al entrar en su habitación, el aroma a jazmín y pintura al óleo la golpeó de frente. Era su refugio, el único lugar donde la sombra de las deudas de su padre no había logrado entrar... hasta hoy. Abrió su armario y sacó una maleta de cuero viejo. Al arrojarla sobre la cama, el sonido fue un golpe seco en el silencio de la tarde. Comenzó a sacar sus vestidos, pero sus manos se detuvieron en un lienzo a medio terminar que descansaba en el caballete junto a la ventana. Era un paisaje de los viñedos al atardecer, pintado con tonos naranjas y púrpuras vibrantes. —¿Por qué, papá? —susurró, y esta vez las lágrimas no fueron de tristeza, sino de una rabia ardiente—. ¿Por qué nos hiciste esto? La imagen de su padre, siempre sonriente, siempre generoso con el dinero ajeno, se distorsionó en su mente. Recordaba las fiestas, los viajes a París, las joyas que le regalaba a su madre... todo pagado con mentiras. Todo construido sobre un fango de deudas que ahora ella tenía que limpiar con su propia piel. —Nos vendiste mucho antes de morir —continuó ella, lanzando una blusa a la maleta con violencia—. Nos engañaste a todos. "No te preocupes, principessa, el mundo es tuyo", me decías. Pero el mundo no era mío, era de los bancos, era de hombres como Cavalli. Tú te llevaste la gloria y me dejaste la cuenta por pagar. Isabella caminó hacia su mesa de noche y tomó una fotografía pequeña. En ella, aparecía con Marco, ambos riendo en la última vendimia. Marco la miraba como si fuera el sol. Sintió un dolor punzante en el pecho, una presión física que le impedía respirar. Había tenido que humillarlo, que mentirle, que decirle que no valía lo suficiente para ella. Había asesinado el amor de su vida para salvar a una madre que ni siquiera le daba las gracias y a un padre que ya no estaba para rendir cuentas. —Te odio —le dijo a la memoria de su padre, apretando la foto contra su pecho—. Te odio por obligarme a convertirme en esto. Por hacerme entrar en la cama de un extraño para que el apellido Valente no termine en una ficha policial. Con una determinación amarga, Isabella comenzó a vaciar sus cajones. Metió sus pinceles, sus diarios y unas cuantas prendas que aún conservaban su esencia. Pero mientras empacaba, se dio cuenta de que nada de lo que metiera en esa maleta la protegería en Milán. Estaba yendo a la guarida de un hombre que no entendía de sentimientos, un hombre que veía el mundo en términos de activos y pasivos. El silencio del mañana La noche cayó sobre la villa, pero Isabella no encendió las luces. Se quedó sentada en el suelo, junto a su maleta terminada, observando cómo las sombras devoraban los muebles. Cada rincón de esa habitación le gritaba lo que estaba perdiendo: su autonomía, su derecho a elegir a quién amar, su derecho a soñar. Mañana, un chofer vendría a buscarla. Mañana, entraría en una casa de cristal y acero donde el calor humano era un mito. Mañana, Isabella Valente dejaría de existir para convertirse en la "Señora Cavalli", una transacción comercial de carne y hueso. —Tres años —se dijo a sí misma, abrazando sus rodillas—. Solo tengo que sobrevivir tres años. Pero en el fondo de su corazón, una voz pequeña y temerosa le advertía que un hombre como Fabricio Cavalli no dejaba ir aquello que consideraba de su propiedad tan fácilmente. Había firmado un contrato, sí; pero también había entregado las llaves de su propia celda. Isabella cerró los ojos, tratando de imaginar el rostro de Marco una última vez, pero la imagen que apareció fue la de los ojos grises y gélidos de Fabricio, observándola desde la penumbra, esperando a que el reloj marcara la hora de reclamar su pago.
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