El viaje de la Toscana a Milán fue un funeral en movimiento. Isabella observaba por la ventana cómo los campos verdes y los viñedos de su infancia eran devorados por el asfalto gris y la arquitectura imponente de la capital financiera. El chofer no pronunció una sola palabra, actuando con la misma eficiencia robótica que parecía rodear todo lo relacionado con Fabricio Cavalli.
Cuando el auto cruzó las puertas de hierro forjado de la mansión Cavalli, Isabella sintió que se le cortaba el aliento. No era una casa; era un monumento a la arrogancia y al éxito. Una estructura de cristal, mármol blanco y acero que se alzaba sobre una colina privada, rodeada de jardines diseñados con una precisión quirúrgica.
El vehículo se detuvo frente a la escalinata principal. Allí, alineados como soldados, esperaba una docena de empleados vestidos con uniformes impecables.
En el centro, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de sastre azul medianoche, estaba Fabricio. Su presencia dominaba el espacio, haciendo que incluso la enorme mansión pareciera pequeña a su lado.
—Bienvenida, Isabella —dijo él mientras un empleado le abría la puerta del auto. Su voz era tranquila, pero cargada de una autoridad que no admitía réplica.
Él le extendió la mano. Isabella la miró como si fuera una serpiente, pero al ver las miradas curiosas de los empleados, recordó el contrato. Aceptó el contacto. Sus dedos ardieron al rozar la piel de él; estaba cálido, una contradicción con su mirada de hielo.
—Atención todos —anunció Fabricio, elevando la voz para que cada empleado lo escuchara—. Ella es Isabella Valente, mi prometida. A partir de hoy, su palabra es ley en esta casa. Trátenla con el mismo respeto que me deben a mí.
Isabella forzó una sonrisa rígida, sintiéndose como un animal de exhibición.
—Lleven el equipaje de la señorita a nuestra habitación —ordenó Fabricio a dos de los mozos—. Instaladlo todo de inmediato.
La máscara se rompe
Isabella sintió que la sangre le subía al rostro en una mezcla de vergüenza y furia. ¿Nuestra habitación? ¿Acaso no había quedado claro que esto era un negocio?
Esperó a que el servicio se dispersara con sus maletas. En cuanto el último empleado desapareció por el pasillo de mármol, ella soltó la mano de Fabricio como si se hubiera quemado y lo enfrentó.
—Necesitamos hablar. En privado. Ahora mismo —siseó entre dientes.
Fabricio arqueó una ceja, divertido por el fuego en los ojos de la joven. Hizo un gesto hacia una puerta de madera de roble oscuro: su estudio privado. Una vez dentro, Isabella cerró la puerta de un golpe y se giró hacia él, que ya se estaba sirviendo un whisky sin inmutarse.
—¿Qué significa eso de "nuestra habitación", Fabricio? —le reclamó, caminando hacia él con paso firme—. En el contrato decía que viviríamos bajo el mismo techo, sí, ¡pero nunca acepté compartir la cama contigo! Mi madre dijo que esto era un acuerdo, no que me convertiría en tu juguete personal.
Fabricio dejó el vaso sobre el escritorio y la miró de arriba abajo, con una calma exasperante.
—Baja el tono, Isabella. Estás en mi casa, no en tus viñedos —dijo él, rodeando el escritorio para quedar frente a ella—. El acuerdo dice que debemos convencer al mundo de que este matrimonio es real. El fisco, los bancos y mis competidores están esperando el más mínimo error para llamarme mentiroso o llamarte a ti estafadora.
—¡Podemos fingir durante el día! —exclamó ella, gesticulando con desesperación—. Nadie tiene por qué saber qué pasa detrás de las puertas cerradas de un dormitorio.
—En esta casa nada es secreto. El personal habla, los guardias vigilan. Si quieres que tu madre se mantenga fuera de la cárcel y que tus deudas sigan pagadas, el mundo debe creer que nos amamos con una locura irracional. Y nadie cree en un amor apasionado donde los novios duermen en alas separadas de la mansión.
Isabella sintió que las paredes del estudio se cerraban sobre ella.
—Es una orden, ¿verdad? —preguntó con amargura—. No es un acuerdo, es una imposición.
Fabricio dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Se inclinó, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada.
—Todo en esta casa es una orden, Isabella. Entiéndelo de una vez: te he comprado un futuro porque tú no tenías ninguno. A cambio, tú me das la imagen que necesito. Dormirás en mi habitación porque así lo he decidido. No te tocaré si eso es lo que te aterra, no necesito forzar a ninguna mujer... pero dormirás donde yo diga, comerás lo que yo diga y sonreirás cuando yo lo ordene.
—Eres un monstruo —susurró ella, con las lágrimas quemándole los párpados.
Fabricio no se inmutó. Estiró la mano y, con el pulgar, recorrió el labio inferior de Isabella, un gesto que debería haber sido tierno pero que se sintió como una marca de propiedad.
—Soy el monstruo que pagó tus deudas, cara. Ahora, sé una buena prometida, lávate la cara y baja a cenar. No me gusta que la comida se enfríe.
Él se apartó y regresó a su escritorio, ignorándola por completo, dándole a entender que la discusión había terminado. Isabella salió del estudio con el corazón latiendo desbocado. Había entrado en la boca del lobo, y ahora se daba cuenta de que el contrato no era solo un papel... era la cadena que la mantendría atada a la cama de un hombre que no conocía la palabra piedad.