La villa de los Cavalli en las afueras de la ciudad no era una casa, era una declaración de guerra arquitectónica. Columnas de mármol, estatuas que parecían juzgar a los visitantes y un silencio sepulcral que solo se rompía por el crujir de la grava bajo los neumáticos del auto de Fabricio. Él apagó el motor y se quedó un momento con las manos en el volante. La tensión en el habitáculo era tan espesa que casi se podía cortar. —Última oportunidad, Isabella —dijo Fabricio, mirándola de reojo—. Si entras ahí con esa actitud de "ojo por ojo", mi madre no te va a dar tregua. Ella no discute, ella ejecuta. Isabella se retocó el labial rojo frente al espejo, guardó el estuche en su bolso con un golpe seco y lo miró con una sonrisa desafiante que a Fabricio le heló la sangre y, al mismo tiempo,

