El aire en el salón principal era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Las luces estaban bajas, creando sombras alargadas que devoraban los rincones de la estancia. Fabricio estaba sentado en su sillón de cuero, con el sobre falso de la clínica Cavalli sobre el regazo, mientras Isabella permanecía de pie junto a la chimenea, fingiendo una desolación que ya no sentía. Elena, en su papel de observadora imparcial, se mantenía en la penumbra, lista para intervenir. Cuando la puerta doble se abrió, Adriana entró con un aire de reina triunfante. No venía sola; traía al niño de la mano, usándolo como un escudo moral, y vestía un abrigo de piel que gritaba una opulencia que no le pertenecía. —Supongo que ya leíste el informe, Fabricio —dijo Adriana, sin esperar invitación para sentarse

