El amanecer se filtró por las pesadas cortinas de la habitación, bañando la cama en un tono grisáceo y frío que contrastaba con el calor de sus cuerpos aún entrelazados. Isabella fue la primera en abrir los ojos, encontrando el rostro de Fabricio a pocos centímetros del suyo. En el sueño, las facciones del hombre se relajaban, perdiendo esa dureza implacable que lo caracterizaba ante el mundo. Por un instante, Isabella se permitió creer que la batalla ya había sido ganada, que el amor que compartían era un escudo impenetrable. Sin embargo, el peso de la realidad no tardó en aterrizar. Hoy era el día de la prueba. Fabricio despertó poco después, y no necesitó palabras para entender lo que ella estaba pensando. Le recorrió la mejilla con el pulgar, trazando una línea de consuelo. —Hoy ter

