Como su madre me pidió hablar a solas, no me quedó de otra más que acompañarla mientras sentía la inseguridad envolviendo mi cuerpo. No quería estar a solas con ella, sabía que se aprovecharía y que haría todo lo posible para hacerme sentir mal. Es el rey que ha cambiado su modo de mirarme, no ella, por tanto, sólo cosas malas se aproximaban con cada paso que nos alejábamos del despacho del rey. Ella me dirigía hasta el salón, aquel sitio estaba lo suficientemente apartado como para gritarme si así lo deseaba, sin embargo, en todo momento mantuve la compostura y cuando llegamos, esperé fingiendo que no estaba aterrado. –Tú no te cansas de interferir en la vida de mi hijo, ¿verdad? –comenzó diciendo mientras se sentaba en el sofá, viéndose elegante y sofisticada, aunque bien sabía que e

