Una vez los guardias encerraron a la madre del rey en su habitación, me dieron aviso de que su trabajo estaba hecho, incluso me aseguraron que prohibieron el paso de cualquier externo que pudiera ayudarla a salir. Por supuesto que les agradecía por sus acciones, una parte de mí se sentía menos preocupada, aunque el doctor me miraba con incomodidad, como si mis decisiones fueran las incorrectas. Para evitar discutir, opté por fingir que no me daba cuenta de sus miradas juzgadoras. A mí no me importaba lo que él pudiera pensar, estoy tan acostumbrado a ser mirado de esa forma que ni siquiera me inmutaba. –El rey debe descansar, no lo despierte– me decía mientras tomaba sus cosas– debería dejarlo descansar, el que usted esté a su lado no lo hará despertar más rápido. –Esta es mi habitació

