Aspiro el olor de mi cuerpo, aún puedo sentir el aroma dulce e intenso de su perfume, paso la lengua por mis labios mientras cierro los ojos y recuerdo la sensación de mis pechos contra el suyo, que es duro, parece una roca. Sus brazos también son fuertes, así como su mandíbula marcada.
Mi padrino es un hombre muy atractivo, y sexi. Me comienzo a obsesionar en como salen los sonidos de su boca carnosa, su voz es grave y profunda, como su mirada.
Deslizo una mano dentro de mi ropa interior, relamo mis labios, los entreabro cuando los dedos alcanzan mi centro, jadeo ligeramente, cierro los ojos con fuerza e imagino su cara, su cuello, sus hombros, sus labios. Recuerdo cuando me cargó en sus brazos.
Me muerdo los labios a medida que la sensación de placer va creciendo, hago movimientos más bruscos, recordando lo que hacía Luis conmigo, como sus dedos me rozaban íntimamente con tanta delicadeza, intento imitar la forma en la que él me tocaba, me sacudo y gimo con descaro sobre las sabanas de la enorme cama.
Con la mano libre me acaricio uno de los pechos, lo amaso y sigo estimulándome mientras me retuerzo enloquecida por el calor y el delirio del placer que recorre mi cuerpo.
Olvido el dolor, la incomodidad de mi lesión, olvido todo y me entrego a más fantasías de mi padrino, ahora lo imagino a él tocándome así.
Ya no quiero juzgarme, está buenísimo, y mis hormonas están alborotadas por él, por su olor, su tacto, termino con la sesión de autocomplacencia, quedo jadeando con la respiración agitada, relamo de nuevo mis labios y me mantengo con los ojos cerrados.
Así me quedo un rato, imaginando que él me desea, imaginando que puedo seducirlo. Soy más hermosa que Aurora, más joven, quizás menos experimentada, eso es todo.
Suena mi teléfono.
Sacudo la cabeza fastidiada por la interrupción, lo tomo, es Alejandro. Sonrío y suspiro.
—Preciosa, por fin respondes.
—Eres demasiado adulador.
—Solo digo la verdad, eres preciosa.
— Se supone que solo somos amigos, eres muy confianzudo al llamarme así.
Lo oigo reírse, suspira.
—¿Cómo quieres que te llame?
—Elia, es mi nombre —digo, y agradezco mentalmente que mi padrino haya elegido ese nombre, es prácticamente un diminutivo del mío.
—Está bien, Elia, ¿Cómo estás?, no he sabido de ti, y ya te extraño mucho.
Suspiro de forma pesada. Me gusta Alejandro, me gustan sus manos grandes, y la forma en la que recorrieron mi trasero de forma elegante y atrevida a la vez, me gustaron sus besos, es un chico muy candente, pero si hay algo que no soporto es la zalamería.
—No quiero saber que me extrañas, o me quieres, es raro, Alejandro, somos amigos.
—Vuelves a repetir lo mismo, es obvio que quiero ser más que tu amigo.
—Solo quieres acostarte conmigo —digo, para tentarlo.
—No me atrevería a pretender eso con una princesa como tú.
—Más zalamería, no me gusta.
Se echa a reír.
Pienso que no me molestaría si solo quisiera eso, si solo buscara acostarse conmigo, después de todo, no sé si estoy lista para tener una relación con alguien, en medio de mi drama familiar y las mentiras que sostienen mi vida, una relación formal me traería más estrés que paz.
Sonrío al pensar que, además, eso a mi padrino no le gustaría para nada.
Quizás deba salir con Alejandro, y hacer que me venga a visitar a casa.
Me quedo en silencio un rato mientras él me cuenta que ser tan cariñoso es parte de su cultura y que deberé perdonarlo y darle la oportunidad de no ser tan expresivo.
Cierro los ojos y recuerdo su mandíbula contra mi cuello, su olor, su presencia; definitivamente no la pasaría mal.
—Está bien, Alejandro, me queda claro que las mujeres no pueden ser amigas de los hombros, sin que haya un interés por medio, ahora sé que por eso te acercaste a mí, te gustaba, era todo.
—Le gustas a todos, eres preciosa. Perdón, es que sí, eres bella.
Sonrío al teléfono.
—Acepto que quieras cortejarme, podemos salir y ver que pasa —digo.
Suelta un grito que me hace apartarme el teléfono de la oreja. Me echo a reír.
Este es un Alejandro que no conocía, más atrevido y alegre, creo que es lo que me hace falta para que mis días tristes y largos en este castillo sean un poco más coloridos y felices.
—¿Quieres salir conmigo?, ¿Puedo sacarte esta noche a una cita?
—Mi pierna, me caí, ¿lo recuerdas?
—Cierto, es verdad ¿Cómo sigues?
—Mejor, pero podrías venir y visitarme —sugiero, me muerdo los labios pensando en lo que mi padrino podría pensar.
—Acepto, a la hora que me digas, dónde me digas.
—Te enviaré la dirección, te confirmaré la hora después de que hable con mi primo, está es su casa y no quiero abusar, necesito decirle que invitaré un chico a casa.
—Espero que acepte, me portaré bien, vestiré clásico, estaré muy presentable.
Me echo a reír, él también.
Alejandro es lindo, además de estar bueno, es lindo y agradable y muy sexi.
—Lo convenceré.
Suspira hondo, paso saliva al escuchar su respiración tan cerca a través de la línea, me regaño por calenturienta, estoy de a toque.
—No dejo de pensar en tu boca, Elia.
Me muerdo el labio inferior, chasqueo la lengua. Me siento atrevida, me recuesto por completo sobre la cama, me pongo una almohada entre las piernas.
Suspiro de forma intensa sobre el teléfono.
—¿Qué más? —pregunto susurrando.
Jadea.
—Lo delgado de tu cuerpo pequeño entre mis brazos, nos veíamos bien juntos.
—¿Te parece?
—Tu cuello fue mi parte favorita.
—Abusador, escucha nada más como me hablas, como si fuera una cualquiera.
—No, no te cofundas, sé bien quién eres —dice, me tenso, porque yo sí tengo una identidad oculta, paso saliva, me incorporo en la cama —. Una princesa, eso eres, hasta vives en un castillo, podré tener pensamientos impuros, pero sé que no eres cualquier chica.
Respiro aliviada, paso saliva de nuevo.
—Más te vale que no lo olvides, Alejandro.
—Nos vemos esta noche, Elia. Cada vez que diga tu nombre, querré decir: preciosa, princesa, hermosa. Te lo digo para que lo tengas en cuenta.
Me echo a reír sobre la línea, él también, nos despedimos y cuelgo.
Me voy a divertir, pienso, en especial retando a mi padrino al traer a un chico a casa.