Salgo del baño y me pongo algo ligero, ropa deportiva, pantalones para correr, y una franela, pienso que no me hará mal quedarme unos días en casa trabajando, y siento que si se lo debo a Camelia.
—¿Sirvo la comida, señor?
—Sí, pero en la habitación de Camelia.
—Si, ya preparamos la mesa allí.
Subo con ella, se apresura a encerder un humidicador, abre las ventanas mientras su esposo sirve la comida.
—Déjalo, yo sirvo, tranquilo.
—No se preocupe, señor.
—Puedo hacerlo.
Camelia se levanta con ayuda de Iñaqui del sofá y se sienta en la mesa frente a mi. Se acaba de bañar y veo la ropa húmeda de Rosa y entiendo que la ayudó.
—Listo, no quedará oloroso a comida —dice Rosa.
—Gracias —decimos Camelia y yo al unísimo. Me mira y se echa a reir. Es una chica preciosa, que a veces me parece demasiado inocente, pero recuerdo la forma como se estaba besando con ese chico en aquella piscina y sé que de inocente quizás no tenga nada.
—Gracias por hacer esto, padrino.
—Descuida, te lo debo.
Se acomoda el cabello y comienza a comer, poco a poco. Observo cada uno de sus movimientos, ella parece consciente y alza la cara, hacemos contacto visual.
—¿Qué, padrino? —pregunta susurrando.
Me pregunto si la forma sugestiva en la que besó mi mano más temprano fue descuido o lo hizo de forma intencional, debo tener cuidado de no darle mensajes equivocados, es muy joven y puede confundirse.
Nunca he vivido con una mujer, salvo ella y lo último que quiero son dramas o problemas relacionados a tener una en casa, de hecho ya tuve que soportar una escena de cuestionamientos sobre mi relación con Aurora.
Comemos y ella me cuenta que la terapia ha sido buena y que casi no siente dolor. La comida está deliciosa y me siento relajado en mucho tiempo.
—Siento haberte molestado más temprano con lo de esa mujer: Aurora.
Pongo los cubiertos sobre la mesa y la reto con la mirada, alza la cara, hacemos contacto visual.
—Lo siento, otra vez estoy hablando de ella.
—Quedaste obsesionada.
—Me aburro.
Tiene razón, la tengo encerrada en un castillo con pocos sirvientes, y nuestro intento de pasar un fin de semana diferente fue interrumpido por su accidente y por la presencia de Aurora, no podía dejar de pasar esa oprtunidad, la necesito controlada y a mi disposición, cuando su marido de los permisos ella se encargará de influirlo para que me de lo que pido.
—Cuando vuelvas a la universidad encontrarás con qué entretenerte.
—Sí, y mis amigos.
—Tus amigos, debes de ser prudente con ellos, te lo recuerdo.
—Necesito ir al baño ¿Me alcanzas el bastón?
—Te ayudo —digo, me levanto y la alzo en brazos, es ligera así que la llevo hasta el baño, se aferra a mis brazos, la dejo dentro y cierro la puerta. Espero afuera hasta que me llama.
La vuelvo a tomar de mis brazos, se resbala y se aprieta a mi, sus pechos se pegan del mio, trato de alejarla, pero se resabala y casi se cae, la vuelvo a subir, me mira y pasa saliva.
—Lo siento.
—Elia, no tienes que disculparte cada segundo, solo te resbalaste.
—Es que... —dice, comienza a llorar. La abrazo más a mi.
—¿Qué pasa?
—Me siento sola, temo por mis padres, me siento inútil no siquiera sé que hago aquí, de verdad a veces quisiera salir corriendo.
—Todo va a estar bien, entiendo que puede ser angistiante, te prometo que buscaré actividades para que hagas. Quizás viajar con seguridad, claro.
Sonríe, se limpia las lágrimas.
—Eso estaría bien.
—Ves, todo es cuestión de buscar soluciones.
—¿Y puedo ver a mis amigos?
Ruedo los ojos, pero termino afirmando.
—Puedes, siempre que no se quieran pasar de listos y se pasen de la raya.
La ayudo a sentarse en la silla de nuevo, mira la comida con nostalgia y vuelve a verme.
—¿Y tus cosas? ¿Contigo todo bien? No sé nada de ti, por eso te pregunté tanto por Aurora, es lo único tuyo que he visto.
—Mi vida es aburrida, en mi vida no pasa nada, Elia.
—En la mia tampoco. Los caballos de tu caballeriza tienen más vida social que yo.
Reprimo una media sonrisa.
—Exageras.
—Es verdad.
—Puedes montar.
Se echa a reir y niega con una mano.
—No, no quiero saber nada más de caballos.
—Pagaré un entrenador para ti.
Me mira y alza los hombros.
—Me gustaría eso. Si lo haces conmigo.
Ladeo la cabeza.
—Tengo mucho tiempo sin montar y poco tiempo para desperdiciar.
Deja de sonreír. Baja la mirada.
—Lo siento, no quise decir que contigo lo desperdiciaría, lo siento, soy un tonto.
Sacude la cabeza.
—Ya me quiero acostar —dice.
Me levanto mientras llamo a Rosa para que saque las cosas, yo la ayudo a salir de la silla, la llevo hasta la cama, se tiende y suspira con los ojos cerrados.
—Buenas noches, Elia.
—Buenas noches, padrino —dice y hace señas para que me acerque, me deja un beso en la mejilla, uno muy intenso cerca de la comisura del labio, eso no es un error, sé que lo hizo a propósito, ahora no hay duda.
La miro con severidad, ella aparta la vista y se cubre con la sabana. Se hace la inocente, aspiro aire y no dejo de mirarla.
—¿Pasa algo? —pregunta.
Niego, pienso que quizás es mi mente cochina que ve cosas donde no las hay, es solo una chica inocente. Beso su frente y me alejo, apago la luz y cierro la puerta.
Recorro mi casa pensando que paso poco tiempo en ella, y que es bueno que al menos Elia la disfrute, pienso en lo que me dijo y le pido a mi asesor de viajes que organice algunos viajes para ella, con seguridad, por supuesto. Pienso que es hora de arreglar mi testamento, si algo me pasara debería tenerla incluida por si a caso.
No tengo hijo, ni pienso tenelos, al no tener familia, ella sería la única heredera que tendría.
Recuerdo la calidez de sus labios sobre mi mano y el beso cerca de la comisura del labio. Espero que no lo haya hecho de forma intencional, es solo mi ahijada, es una chiquilla, y no quisiera que se ponga rebelde cuando la rechace, porque eso sería lo que haria: rechazarla.