La doctora corre la cortina y hace señas a mi padrino que se acerca con pasos apresurados.
—No hay fractura, solo debe cuidarse el esguince grado 2, deberá mantener el pie elevado, poner muchas compresas frías, con hielo y necesita mucho reposo. Ya está vendada.
—Gracias, doctora.
—Descuide, también le receté los medicamentos.
La doctora se va y mi padrino se acerca, me mira el pie lesionado y suspira.
—Será mejor que no vayas a la universidad por una semana al menos.
—Puedo ir con muletas.
—Es mejor que sanes bien. No queremos complicaciones luego, eres muy joven.
—¿Es decir que la diversión acabó? ¿Tendré que ir a casa aburrida de nuevo?
—Me quedaré un par de días en casa, trabajaré, pero al menos no estarás sola.
Me agrada la idea, el castillo es enorme y no hago más que vagar como un fantasma por toda la casa. Él vuelve a tomarme en sus brazos, ya no me juzgo por sentir como todo mi cuerpo se alborota por su tacto, pero me deja sobre una silla de ruedas y mi felicidad es corta.
Empuja la silla de ruedas y pienso que de verdad debo detener esos pensamientos oscuros y sensuales sobre mi padrino. Él me trata con afecto paternal y yo imaginandomelo desnudo.
—¿Has sabido algo de mi padre? —pregunto para romper el hielo, él me pide que no hablemos de eso en la calle delante de la gente, pero que está bien.
Me sube al auto y el chofer toma el camino hacia el castillo, me voy quedando dormida y para cuando despierto lo hago sobre su hombro, me separo rapidamente avergonzada y reviso si no estuve babeando, él se da cuenta de lo que hago y sonríe.
Al llegar a casa me carga solo para depositarme en la silla de ruedas y uno de sus empleados es el que empuja la silla, lo miro y él se queda conversando con otro de sus guardias.
—Mi niña, pero ¿Qué te pasó?
—Ay, Rosa, me caí como tonta de un caballo.
Iñaki abre mucho los ojos y se hace la señal de la cruz.
—Pudo ser malo, no te veo enyesada.
—Solo fue un esguince.
Me suben a mi habitación y me alcanza la computadora y mi teléfono.
—No es como que no pueda caminar —me quejo.
—Pero es mejor que lo evites —dice mi padrino, sostiene un par de muletas y se acerca con ellas a mi cama, las deja muy cerca.
Se echo a reir.
—¿Qué es tan gracioso?
—No estoy paralitica, ni nada, puedo caminar.
—Solo te estoy cuidando, de hecho tomaré la comida aquí contigo para que no tengas que bajar las escaleras.
Sonrío de medio lado incapaz de admitir que me encanta la atención.
—¿Ahora si puedes contarme sobre mi padre?
—Él está bien y sabe que estás bien, es todo lo que necesitas saber.
Me abrazo y él se levanta de la cama.
—Ven te ayudaré a lavarte las manos para que comamos, ya Rosa subirá la comida.
Siento sus brazos tomarme de los mios, me apoyo en él y en las muletas que me ha acercado, me rio y niego con la cabeza, es exagerado, pero no voy a negar que me gusta la atención. Miro el espejo, él está junto a mi esperando a que me lave las manos. Me siento nerviosa y un poco intimidada porque mira todos mis movimientos así que derramo un poco de jabón en el piso sin darme cuenta, me resbalo, él se apresura a sostenerme por la cintura, me quedo sin aliento una vez más al sentir sus manos en mi cuerpo.
—Ves, te lo dije, debes tener cuidado, puede empeorar a situación con tu esguince, la doctora recetó descanso.
—Gracias.
—Mejor no corremos riesgos —dice y me alza en sus brazos, rio histérica porque me pongo nerviosa y es lo que hago cuando me pongo así con un hombre, no es como que lo supiera antes, lo descubro con él, mi padrino comienza a reír también, nos vemos a los ojos, nuestros alientos se mezclan y mi corazón palpita desbocado.
Me deja en la silla frente a la amplia mesa redonda de mi habitación que han preparado rápidamente para que comamos, Cosimo se sienta frente a mi, destapa una botella de vino y comenzamos a comer.
—Me sorprendió oír que Aurora era casada —digo haciéndome la tonta. Me mira.
—¿Por qué?
—Creí haber escuchado ruidos en la noche en tu habitación, no quiero entrometerme...
—Entonces no lo hagas —dice muy serio. Miro hacia la ventana y me quedo callada. Fue una imprudencia, no debí mencionar nada de eso, él suspira y deja los cubiertos sobre la mesa.
—Disculpa, no quise ser rudo, pero es mejor si aprendes desde ya que es mejor no meterte en mis asuntos.
Siento un nudo en la garganta, alguna que otra lágrima se me escapa y, además de sentirme tonta, me averguenzo.
—Está bien, lo entiendo —digo cuando me limpio con disimulo la lágrima.
Se queda mirándome, suspira de nuevo.
—No llores, no me hagas sentir mal.
—Lo siento. Creo que estoy muy sensible.
—He fallado en acompañarte y cuidarte como prometí. Entiendo que por eso saliste con tus amigos esa noche.
—Solo quiero olvidar por momentos lo que le pasó a mi familia, extraño mucho a mis padres.
Se levanta se acerca a mi, con sus nudillos acaricia mi mejilla y por instinto cierro los ojos, su tacto hace que mi cuerpo se encienda y sé que no está bien, termino concluyendo de todas maneras que empiezo a sentir una atracción física por mi padrino muy fuerte. Mi cuerpo arde por ser tocado y acariciado por él de la forma como acaricia mi mejilla, abro lo ojos y lo miro.
—He sido poco comprensivo, mejorare, lo prometo.
Tomo su puño entre mis manos y beso sus nudillos, cierro los ojos, sus manos fuertes y tibias entre las mías se siente tan bien, así como los pecaminosos pensamientos que corren por mi mente, pero no puedo, no debo, ¿por qué tengo que sentir esto?
Retira su mano. Acaricia mi cabello con torpeza.
—Debo atender una llamada, nos vemos luego —dice y sale a toda prisa de la habitación, tal vez me excedí al besar su mano. Fue un gesto inocente, quizás no se vio así, o quizás no lo fue.