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SANGRE Y DIAMANTES Un pacto mortal

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Blurb

Desde que nacieron, Mia Smith y Massimo Belandi fueron condenados a pertenecerse.

Un pacto familiar selló sus destinos mucho antes de que aprendieran a amar o a odiar.

Años después, el compromiso impuesto se convierte en una batalla entre orgullo, deseo y venganza.

Ella busca libertad.

Él, control.

Y entre ambos, una pasión que podría destruirlos.

De Nueva York a Milán, entre diamantes, traiciones y secretos bañados en sangre, se libra una guerra silenciosa por el poder del corazón.

Pero hay alguien que no está dispuesta a perder: Bárbara, la mujer que ha hecho de Massimo su obsesión, y que está dispuesta a hundirlos si no puede tenerlo.

En un mundo donde el lujo es una máscara y el amor, una condena, solo uno podrá romper el pacto mortal que los une.

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El destino oculto
Nueva York tenía un ritmo que devoraba a cualquiera, pero Mía Smith caminaba entre la multitud como si la ciudad estuviera hecha para ella. Sus tacones resonaban sobre el pavimento húmedo mientras sostenía un café caliente, cuyo aroma a vainilla y canela parecía complementar su porte elegante y seguro. Era hija de una de las familias más acomodadas de la ciudad, acostumbrada a lo mejor desde que nació. Sin embargo, Mía no era solo otra niña rica: tenía carácter, rebeldía y una sonrisa capaz de suavizar hasta los corazones más endurecidos. A sus veinte años, se consideraba dueña de su vida. La universidad, los proyectos, sus amigas y los pequeños caprichos que se permitía eran solo piezas de su mundo. Pero había algo que el dinero no podía comprar: autenticidad. Mía era amable con quienes lo merecían, cariñosa con los que confiaban en ella y valiente cuando algo le parecía injusto. Podía romper reglas sin perder la elegancia que parecía correrle por la sangre. Mientras cruzaba el campus, esquivando estudiantes que corrían de clase en clase, Mía se permitió observar a su alrededor y absorber la energía de la ciudad. Nueva York podía ser implacable, pero ella había aprendido a caminar por sus calles como si fueran su patio, a enfrentar los desafíos y a proteger lo que amaba. Cada gesto suyo reflejaba una mezcla de sofisticación y fuerza, de ternura y rebeldía, de riqueza y humanidad. —Vas tarde otra vez —resopló Clara, su amiga inseparable, apareciendo a su lado con un cuaderno lleno de garabatos. Mía le lanzó una sonrisa ligera, como quien no se toma nada demasiado en serio. —Los profesores deberían agradecer que al menos aparezco. —Eres incorregible —rió Clara, dándole un empujón amistoso. Mientras caminaban por los pasillos de la universidad, esquivando estudiantes y conversaciones, Clara la miró con una mezcla de incredulidad y curiosidad. —No entiendo cómo eres la mejor de la clase si apenas estudias —dijo, frunciendo el ceño y golpeando suavemente su bolso. Mía ladeó la cabeza con aire travieso, apartando un mechón de cabello de su rostro. —Porque soy inteligente, amiga. —Estiró la palabra con teatralidad—. Es un talento natural que no se desgasta ni aunque me dé flojera levantar un dedo. Clara soltó una risa, negando con la cabeza. —¡Eres imposible! Yo me mato estudiando y tú… ¡simplemente lo haces parecer fácil! —Exacto —contestó Mía, guiñándole un ojo mientras esquivaba a un grupo de estudiantes—. Alguien tiene que mantener el nivel alto sin despeinarse. Clara volvió a reír, y juntas continuaron caminando entre el bullicio del campus, disfrutando de la complicidad que siempre compartían. Pero, aunque la conversación fluía entre risas, Mía apenas escuchaba. Desde hacía semanas notaba a sus padres extraños, como si hablaran de ella a escondidas. No sabía qué era, pero en el fondo sentía que algo se avecinaba. Y cuando Mía sospechaba, casi nunca se equivocaba. Un rato después, en el aula, se quedó perdida en sus pensamientos. —¡Hey, Mía! —la llamó Clara, con un tono mezcla de reproche y preocupación—. Te estoy hablando. Mía levantó la mirada del cuaderno y sonrió débilmente. —Perdón… estoy distraída. Clara frunció el ceño. —Se nota. ¿Qué te pasa? Mía suspiró, jugueteando con la punta de su bolígrafo. —Llevo semanas notando a mis padres extraños. No sé qué ocurre, pero es como si escondieran algo de mí. Clara posó una mano sobre su hombro en un gesto de apoyo. —Tranquila. Seguro hay una explicación. Quizá no quieren preocuparte. —Eso espero… —murmuró Mía, mordiéndose el labio mientras miraba hacia la ventana—. Pero no puedo evitar sentir que algo se avecina… algo importante. Clara la observó con ternura. —Sea lo que sea, no estás sola. Yo siempre voy a estar aquí. La sonrisa de Mía esta vez fue más genuina, y la compañía de su amiga logró, al menos por un instante, calmar la inquietud que le crecía en el pecho. --- Esa noche, la mansión de los Smith en Long Island brillaba como si aguardara visitas importantes. Las lámparas encendidas en cada rincón creaban un ambiente cálido que contrastaba con el aire frío que se filtraba desde el jardín. Mía entró dejando el bolso en la mesa de la entrada y se dirigía a su habitación cuando las voces de sus padres la detuvieron. Su corazón se aceleró. Se ocultó tras la baranda de la escalera, conteniendo la respiración. —Camila, no podemos retrasarlo más —la voz grave de Santiago, su padre, sonó con firmeza—. Massimo ya cumplió treinta, y Mía veinte. El pacto debe cumplirse. El estómago de Mía se encogió. —Lo sé —respondió su madre con un suspiro cargado de angustia—, pero ¿cómo se lo diremos? Ella no tiene idea de lo que se decidió hace tantos años. —No hay opción —replicó Santiago, cortante—. Ese acuerdo salvó a nuestra familia. Ahora, debe cumplir con su parte. Mía retrocedió, las manos heladas, y subió corriendo las escaleras hasta su habitación. Cerró la puerta con prisa y apoyó la espalda contra ella, respirando entrecortado. Se dejó caer en la cama, los ojos abiertos de par en par. —¿Qué demonios está pasando? —susurró. Se levantó de golpe y caminó de un lado a otro, intentando ordenar el torbellino de pensamientos. Massimo… un nombre que jamás había escuchado. Se detuvo frente al espejo, buscando respuestas en su reflejo. Lo único que vio fue a una joven que siempre había creído tener el control, y ahora estaba al borde de perderlo todo. Se abrazó las rodillas, con el corazón golpeándole el pecho. —¿Quién demonios eres, Massimo? —dijo entre dientes, con rabia contenida. --- Al otro lado del océano, Milán brillaba bajo una llovizna ligera. Entre luces de neón y calles adoquinadas, un Audi RS7 n***o avanzaba con potencia, obligando a los demás conductores a apartarse con el rugido de su motor. El interior del auto era un santuario de lujo: cuero n***o, detalles metálicos, el aroma a tabaco caro impregnando el ambiente. Massimo Bellandi conducía con una mano en el volante y la otra jugueteando con un encendedor de plata. Sus ojos verdes, intensos y calculadores, permanecían fijos en la carretera, aunque su mente vagaba lejos. Se detuvo frente a un club privado. Dos hombres lo esperaban bajo la lluvia e inclinaron la cabeza con respeto. Uno de ellos le entregó un sobre. Massimo entró en la sala más exclusiva, cerró la puerta y se sirvió un whisky. Encendió un habano y abrió el sobre. De entre los documentos cayó una fotografía sobre la mesa. La tomó con los dedos. Una joven de ojos grises lo miraba desde la imagen con descaro involuntario. Sus labios se torcieron en una mueca de fastidio, como si quisiera restarle importancia. Y sin embargo, algo lo estremeció. El control férreo que lo definía tambaleó por un instante. La belleza de la muchacha lo golpeaba con una fuerza inesperada. —Una ragazzina viziata —murmuró en italiano, dejando la foto sobre la mesa—. Una niña malcriada. Bebió un trago largo de whisky, apretando la mandíbula. —Se accetterà il patto, dovrà imparare a vivere secondo le mie regole —“si acepta el pacto, tendrá que aprender a vivir bajo mis reglas”. Apagó el habano en el cenicero y tomó el teléfono. Sus dedos marcaron con calma el número de Santiago. —¿Hola? —contestó el hombre al otro lado. —Mi querido suegro —dijo Massimo, con esa voz profunda, suave y dominadora—. Se acerca el momento de cumplir. Santiago tembló al escucharlo. Una mezcla de respeto y miedo le recorrió el cuerpo. —¿Q-qué quiere decir, Massimo? —Lo sabe perfectamente —replicó él, implacable—. Mía tiene un destino, y pronto llegará el momento de cumplirlo. Todo debe estar listo. No habrá retrasos. El silencio pesó en la línea. Santiago apenas podía respirar. No era una advertencia, era una orden. —S-sí… lo entiendo —murmuró al fin, con voz quebrada. —Bien. Confío en usted, Santiago. —Massimo colgó con calma. Mientras la noche avanzaba en Nueva York, Mía permanecía despierta, perdida entre preguntas sin respuestas. Y en Milán, Massimo trazaba mentalmente los límites que ella tendría que aceptar. Dos mundos estaban a punto de colisionar.

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