"Destino impuesto"

1878 Words
Mía se levantó temprano, se arregló con cuidado para ir a la universidad y bajó a desayunar. Sus padres ya estaban sentados, comiendo en silencio, como si aquel momento cotidiano estuviera cargado de algo que no se decía. Se sentó frente a ellos y, con la curiosidad asomando en su voz, preguntó: —Papá, ¿quién es Massimo? Al instante, su padre se puso nervioso, dejando de cortar el pan por un segundo, mientras su madre, a su lado, jugueteaba con la servilleta, desviando la mirada. Intentaron alargar la respuesta, girando la conversación hacia temas triviales, pero Mía insistió con la mirada. —¿De dónde escuchaste ese nombre? —preguntó finalmente su madre, tratando de recuperar la calma, pero sin poder ocultar la preocupación que les hervía bajo la piel. Mía se quedó callada unos segundos, analizando cada gesto, cada titubeo. Sabía que había tocado un tema delicado, y la tensión en la cocina se sentía casi tangible, como si algo oculto estuviera a punto de salir a la luz. —No sé… lo escuché por ahí, en simple curiosidad —respondió Mía, encogiéndose de hombros. Su padre suspiró y la miró con cierta rigidez. —No es nadie —dijo, intentando que la frase sonara definitiva y que cerrara el tema. Mía lo sintió: había algo que no le contaban, pero decidió no insistir. Se levantó, tomó su bolso y salió de la casa rumbo a la universidad. Al llegar, se sentó en un banco apartado, dejando que el bullicio y la brisa la envolvieran mientras pensaba en lo que acababa de suceder. Repasó mentalmente cada gesto de sus padres, preguntándose qué misterio ocultaba aquel nombre: Massimo. De repente, una voz familiar la sacó de sus pensamientos. —¡Amiga! —dijo Clara, sentándose a su lado con una sonrisa radiante—. Esta noche hay una fiesta, vamos. Ahí va a estar tu enamorado eterno, Andrés. Mía la miró y sonrió con suavidad, aunque su corazón no estaba en la fiesta. —Ay, Clara… no estoy para fiestas —respondió, con un gesto de resignación. Clara la tomó del brazo con insistencia. —Vamos, amiga, por favor. Solo un rato. Necesitas distraerte un poco. Mía dudó un instante, pero la energía de Clara era contagiosa. Al final, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. —Está bien… un rato. Clara saltó emocionada, chocando sus manos con Mía. —¡Sí! ¡Eres la mejor! —celebró, dando un pequeño salto—. Esta noche será genial, te lo prometo. Mía rió suavemente, dejándose llevar por la emoción de su amiga, aunque en su mente aún rondaba aquel nombre que sus padres habían querido ocultar: Massimo. Mía llegó a casa después de un largo día en la universidad. La casa estaba en silencio, pero al entrar, percibió algo distinto: sus padres estaban esperándola en la sala, sentados uno frente al otro, con las manos entrelazadas y miradas serias. —Mía, necesitamos hablar contigo —dijo su padre, con voz grave pero controlada. Se sentó junto a ellos, notando que algo en el ambiente le hacía presagiar que no sería una conversación cualquiera. Su madre la tomó suavemente del brazo, como buscando transmitir calma. —Mía… —empezó con cuidado—, tenemos algo que decirte. Es muy importante. Por favor, tómalo con calma. El corazón de Mía comenzó a latir más rápido. Se inclinó hacia adelante, nerviosa, intentando leer sus expresiones, que eran tensas pero llenas de cariño y paciencia. Cada gesto, cada mirada, parecía pesar toneladas sobre la joven. Ella se quedó en silencio, respirando hondo, mientras sus padres intercambiaban una mirada antes de continuar. La tensión en la sala era casi tangible, como si cada palabra que pronunciaran pudiera cambiarlo todo. Mía sabía que lo que venía no sería fácil de digerir, y sin poder evitarlo, su mente comenzó a dar vueltas, imaginando posibilidades, preguntándose qué secreto habían guardado todo este tiempo. —Mía… —volvió a decir su madre, con suavidad—. Es sobre alguien… alguien que es parte importante de tu vida, aunque tal vez aún no lo sepas del todo. Mía tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en su garganta. Sus ojos no se apartaban de ellos, buscando pistas, cualquier gesto que le ayudara a entender. Pero todo estaba cuidadosamente contenido: paciencia, calma, tensión… y misterio. El padre se paró frente a la ventana, apoyando las manos en el marco mientras contemplaba el jardín. Respiró profundo, como si necesitara valor para decir lo que llevaba años guardando. Se giró lentamente hacia Mía y habló con voz suave, cargada de preocupación y ternura. —Mía… hija, esto que te voy a decir no es fácil… —comenzó, con pausas que pesaban más que cualquier palabra—. Es algo que hemos querido protegerte desde que naciste, pero ya no podemos callarlo más. Mía lo miró, con el corazón latiendo rápido, intuyendo que aquello cambiaría todo. —Cuando naciste… hicimos un pacto —continuó, ahora con un hilo de voz que temblaba apenas—. Un pacto que decía que, al cumplir veinte años, te casarías con Massimo Bellandi. Los ojos de Mía se abrieron como platos. Su mente se detuvo por un instante mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Luego, su voz se quebró en un grito: —¡¿Qué?! ¡¿Cómo que me voy a casar?! ¡Mamá, explícame! ¡Mamá, eso es cierto?! Su madre bajó la cabeza, con lágrimas brillando en sus ojos. Su voz era apenas un susurro: —Sí, hija… lo que dice tu padre es cierto. Estás comprometida desde que eras un bebé. Mía los miró, sin entender, con horror y desesperación. —¡Pero… por qué?! ¿Por qué nadie me dijo nada antes? El padre se acercó, suavizando su mirada, intentando transmitir todo el amor y cuidado que había detrás de su decisión. —No podemos explicarte todo… —dijo con voz cálida, con un suspiro cargado de culpa y pesar—. Solo sabemos que debemos cumplir el pacto… y que muy pronto te tocará casarte. El enojo y la impotencia se apoderaron de Mía. —¡Yo no voy a casarme con nadie! ¡Y menos por una promesa que hicieron ustedes! ¡No, yo no! —gritó, girando sobre sí misma y corriendo hacia su cuarto. Desde la sala, su padre llamó suavemente: —Mía… Mía… Su madre lo detuvo con un toque en el brazo, con una voz llena de ternura: —Déjala, cariño… no es fácil para ella. La puerta del cuarto se cerró con un golpe sordo. El silencio se apoderó de la casa, pesado y lleno de emociones que ninguno podía ignorar, mientras ambos padres se miraban con tristeza y preocupación por la tormenta que acababan de desatar. Mía llegó a su cuarto y, sin poder contenerse más, se lanzó sobre la cama. El colchón la recibió con un golpe suave, pero no podía amortiguar la tormenta que sentía en el corazón. Lloró, con sin control sus lágrimas caían como lluvia sin fin, mientras su mente no dejaba de dar vueltas a las palabras de sus padres. ¿Por qué me hicieron esto? pensaba entre sollozos. ¿Por qué no me dijeron nada antes? Se abrazó a la almohada con fuerza, sintiendo un vacío que no podía llenar. Yo no quiero casarme con alguien que no conozco… murmuró entre sus lágrimas, con la rabia y la frustración ardiendo en su pecho. Su cuarto parecía pequeño, silencioso, pero cada rincón estaba lleno de la sensación de traición y confusión. El futuro que había imaginado se desmoronaba frente a sus ojos, y Mía no sabía cómo enfrentar aquella realidad que la había alcanzado sin aviso. Mía estaba acostada en su cama, mirando al techo, con los pensamientos aún revoloteando por su cabeza, cuando su teléfono sonó. Era Clara. —¡Mía! ¿Ya saliste para la fiesta? —preguntó Clara con entusiasmo. —No, amiga… la verdad no voy. Me duele la cabeza —respondió Mía, con voz apagada. —¡Ay, no! ¡No me hagas eso! —insistió Clara, sorprendida—. ¿Tú dijiste que ibas? —Clara… de verdad, no me siento bien —dijo Mía, firme pero cansada—. Hablamos mañana. Y sin esperar respuesta, presionó el botón para colgar. Se recostó, dejando que el silencio de su cuarto la envolviera, mientras su mente seguía dando vueltas en torno al pacto que acababa de descubrir. Al otro lado del océano, en una bodega oscura de Italia, Massimo Bellandi observaba sentado cómo La Roca interrogaba a un hombre que lo había traicionado. —¡Habla, maldito bastardo! ¿Quién te envió? —gruñó La Roca, mientras le daba un golpe en la cara al hombre. —¡No te diré nada! —gruñó el traidor, con la nariz sangrando. La Roca sonrió, levantó un cable, tiró un poco de agua sobre el hombre y luego le aplicó fuertes descargas eléctricas en el pecho. —¡Aaahhh! —gritaba el hombre, convulsionando—. ¡Vas a hablar o no! El hombre negó con la cabeza, resistiéndose, y en ese momento, Massimo se levantó con paso firme. Su mirada fría se posó sobre la escena. —Déjalo, Roca —dijo, con voz firme pero controlada—. Más tarde volvemos. Y si no habla… le cortamos los dedos a ver si así colabora. La Roca asintió, comprendiendo que la paciencia y la estrategia de su jefe siempre eran absolutas. El traidor temblaba, y Massimo regresó a su asiento, observando todo con esa calma que intimidaba incluso a los más fuertes. Bellandi salió de la bodega con pasos firmes, sin prisa, pero con la autoridad que imponía su sola presencia. La noche italiana caía sobre él, y las luces tenues del lugar apenas iluminaban su silueta. Se dirigió a su coche: un espectacular deportivo n***o, brillante, con un rugido potente que parecía anunciar su llegada antes de que siquiera arrancara. Se acomodó en el asiento de cuero, ajustó el volante y encendió el motor. El sonido profundo del motor resonó en la bodega vacía, y luego la ciudad quedó atrás, mientras Massimo aceleraba, sintiendo el control absoluto de la carretera. Las calles italianas pasaban a toda velocidad bajo sus llantas. Cada curva, cada cambio de luz, era ejecutado con precisión milimétrica. No era solo un viaje; era un ritual, una transición de la violencia fría de la bodega al lujo y la calma de su mansión. Al llegar a la enorme residencia familiar, con jardines impecables y luces que resaltaban su imponencia, Máximo descendió del auto con elegancia. Entró por la puerta principal y caminó hacia su oficina privada. Se sentó en su sillón de cuero, inclinándose mientras cerraba los ojos un instante. Su mente, como siempre, no descansaba. Pensó en Mía, en el pacto, en los planes que debía ejecutar. Una mezcla de estrategia y deseo recorría su interior; sabía que cada movimiento estaba calculado, y que ella sería la pieza central de todo lo que estaba por venir. Massimo Bellandi no era solo un hombre de poder; era alguien que controlaba su destino y el de los demás, y en ese momento, su objetivo estaba claro: Mía.
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