"Dominio absoluto"

1207 Words
El despertador sonó por tercera vez. Mia gruñó y se despertó con pesadez. Se sentó en la cama y murmuró: —Otro día de mierda… Se levantó, se duchó, se cambió y bajó las escaleras. Al llegar al comedor, saludó a su nana con un leve “buenos días”, pero ignoró por completo a sus padres, que estaban sentados en la mesa desayunando. —¿Vas a desayunar, mi niña? —preguntó su nana con amabilidad. —No, nana. Comeré algo en la universidad —respondió Mia, ajustándose la mochila en el hombro, y se fue sin esperar respuesta. Mia llegó a la universidad con la mochila colgada de un hombro, el cabello desordenado y la cabeza llena de pensamientos que no quería enfrentar. Al entrar al aula, vio a Clara esperándola, con los brazos cruzados y la mirada preocupada. —Mia, ¿me puedes decir qué carajos te pasa? —preguntó Clara—. Esta semana has estado rara, como triste… ¿siguen los problemas con tus padres? Mia suspiró y se dejó caer en la silla. —Sí… —dijo, bajando la mirada—. Es todo un desastre, Clara. Clara se acercó y apoyó una mano en su hombro. —Cuéntame, por favor. Sabes que puedes decirme todo. Mia tardó un momento, tragando saliva, como si hablar fuera un peso. —Es que… todo con mis padres está mal —empezó—. Me ignoran… bueno, no, ellos intentan acercarse, pero yo… yo no puedo. No sé cómo explicar, me siento atrapada. —¿Atrapada? —preguntó Clara, inclinándose hacia ella—. ¿Por qué? —Porque… —Mia respiró hondo—. Porque voy a casarme con Massimo Bellandi. Y ni siquiera sé si quiero eso. No quiero hacerlo solo porque me obligan, porque todo está decidido desde que nací… —su voz temblaba un poco—. Mis padres creen que es lo mejor, que es el plan perfecto, pero yo… yo no sé si estoy lista, ni siquiera si lo deseo de verdad. Clara frunció el ceño, confundida. —¿Y quién carajos es Massimo Bellandi? Mia la miró, un poco avergonzada. —No sé… no lo conozco —respondió con sinceridad—. Apenas lo voy a conocer y todo está planeado… siento que no hay espacio para mí, para decidir. —Mia… eso es… mucho para cualquiera —dijo Clara con suavidad—. Pero, al menos, sabes que no estás sola. Puedes contar conmigo, para todo. —Lo sé, y gracias —respondió Mia, esbozando una pequeña sonrisa—. Solo que a veces siento que todo se me viene encima: mis padres, la universidad, los exámenes, y ahora esto… siento que no puedo respirar. Clara suspiró y la abrazó por un momento. —Vamos a encontrar la manera, Mia. No tienes que enfrentar todo esto sola. No dejes que te coma la presión. —Lo intentaré… —murmuró Mia—. Pero no prometo nada. Se quedaron en silencio un momento, escuchando el murmullo de otros estudiantes y el ruido de los libros y mochilas. Para Mia, era un respiro; por primera vez en días, podía compartir su miedo y su frustración sin sentir que la juzgaban. —Gracias por escucharme —dijo finalmente—. Necesitaba decirlo en voz alta. —Siempre —respondió Clara—. Y no olvides que, pase lo que pase, estaré contigo. Mia asintió, sintiendo un poco de alivio. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir que alguien la entendía. --- Por otra parte, en Italia, Massimo Bellandi trabajaba concentrado en su despacho cuando Sergio “La Roca”, su jefe de seguridad y mano derecha, entró con paso firme. —Señor —dijo Sergio, con voz urgente—. Me informan que están atacando la bodega del Norte. Massimo golpeó el escritorio con fuerza. —¡Los que están haciendo esto me las van a pagar! —gruñó—. Les voy a enseñar que con Massimo Bellandi nadie se mete. Sin perder un segundo, salió del despacho a paso rápido, subiendo a su auto mientras su equipo lo seguía con precisión. Cada movimiento era calculado, cada segundo contaba. Al llegar a la bodega, Massimo descendió del auto con rapidez y determinación. Sacó de su funda una Beretta PX4 bañada en oro, reluciendo bajo el sol, y la ajustó en sus manos con familiaridad. Su mirada recorría el perímetro: enemigos ocultos, posibles rutas de escape, cada detalle bajo control. —Marco, cobertura lateral. Ricardo, pasillos interiores —ordenó con voz firme—. Nadie entra ni sale sin mi permiso. La tensión era palpable. Massimo dio un paso adelante, respirando con calma, pero con cada fibra de su cuerpo lista para la acción. Sus enemigos, una docena de matones con la mirada vacía y la mano firme en el gatillo, lo rodeaban. Ya había neutralizado a varios, sus cuerpos inertes esparcidos por el suelo polvoriento, pero sabía que la calma era solo un espejismo. De repente, un crujido metálico resonó detrás de él. Sin pensarlo dos veces, soltó una ráfaga corta y precisa de su pistola hacia el sonido. El eco retumbó en el vasto espacio, seguido por un grito ahogado y el sonido sordo de un cuerpo cayendo. Pero esa fracción de segundo de reacción le costó caro. Dos figuras emergieron de las sombras a su flanco izquierdo, sus armas apuntando directamente a su pecho. En un movimiento que desafiaba la física, Massimo se lanzó hacia adelante y hacia abajo al mismo tiempo. Su cuerpo se convirtió en un torbellino de agilidad. La pistola en su mano derecha disparó dos veces, impactando a uno de sus atacantes en el hombro, mientras con la mano izquierda libre agarró un contenedor de aceite y lo lanzó contra el segundo atacante, desequilibrándolo. Aprovechando el breve instante de caos, Massimo se puso de pie, su respiración agitada pero controlada. Sus enemigos, sorprendidos, dudaron por un instante. Ese instante era todo lo que necesitaba. Con una sonrisa apenas perceptible, volvió a levantar su arma, listo para continuar la batalla. El silencio volvió a la bodega. La adrenalina aún corría por las venas de Massimo mientras observaba los cuerpos caídos. —Señor, ya quedó todo limpio. No hay más hombres enemigos —informó Sergio, jadeando por el esfuerzo. Massimo apretó los puños, conteniendo la rabia y el cansancio, y dejó que un frío escalofrío recorriera su espalda: la guerra estaba lejos de terminar. Regresó a la mansión, cada paso firme resonando. Sergio lo acompañaba en silencio, consciente de que nada ni nadie podía interponerse en los planes de su jefe. Desde la sala, Renata, su tía, lo observaba con sorpresa y un dejo de preocupación: —¿Te vas de viaje? —preguntó, frunciendo el ceño. Él la miró con su intensidad característica y respondió con voz firme: —Sí, tía. Hay asuntos que requieren mi presencia. Nueva York nos espera. Sin más explicaciones, Massimo se dirigió a su habitación. Cerró la puerta tras de sí y dejó escapar un largo suspiro; necesitaba un baño, quitarse la tensión de la noche y despejar la mente antes del viaje. Sergio permaneció cerca, en silencio, respetuoso y atento a cada movimiento.
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