El avión privado despegó con un rugido metálico que se fue volviendo un eco constante mientras ascendía. Massimo Bellandi se acomodó en el asiento de cuero, encendió un habano y observó por la ventanilla cómo las luces de Italia quedaban atrás, deshaciéndose en la negrura del mar.
Frente a él, Sergio revisaba informes en su tableta, sin perder la concentración. Entre ambos había un silencio cómodo, la clase de silencio que solo se comparte con quien lleva años siendo más que un guardaespaldas, un testigo de cada guerra, de cada victoria y de cada caída.
—El vuelo durará ocho horas —dijo Sergio sin levantar mucho la voz—. Los escoltas aterrizarán veinte minutos después que nosotros.
Massimo soltó una leve sonrisa irónica.
—Eso está bien. Quiero pisar Nueva York primero, que sepan que llego sin necesidad de exhibir un ejército.
Sergio lo observó unos segundos, como midiendo el alcance de esas palabras.
—¿Y qué espera encontrar al llegar, señor?
Massimo giró la cabeza hacia él, con la mirada encendida de ambición.
—Lo que me pertenece. Y si alguien piensa lo contrario… pronto entenderá que el pacto no es una opción, es una condena.
El avión privado rodó por la pista hasta detenerse en el sector exclusivo de vuelos ejecutivos. La escalerilla se desplegó y, apenas se abrió la puerta, un golpe de aire frío le dio la bienvenida a Massimo Bellandi.
Descendió con paso firme, el abrigo largo abriéndose con cada movimiento. A pie de pista lo esperaba una camioneta negra, blindada, con los vidrios polarizados y el motor encendido. El chofer, un hombre contratado especialmente por Sergio, lo recibió con una leve inclinación de cabeza y le abrió la puerta trasera.
Massimo subió sin decir palabra, acomodándose en el asiento. Sergio se aseguró de que el equipaje estuviera dentro antes de ocupar su lugar a su lado. La puerta se cerró con un golpe sordo y la camioneta arrancó de inmediato, alejándose del aeropuerto bajo la vigilancia discreta de dos vehículos de tránsito que parecían comunes, pero que en realidad eran parte de un servicio contratado temporalmente.
Sergio habló mientras consultaba en su teléfono los reportes de seguridad.
—Señor, esta camioneta es blindada, nivel seis. El chofer es de confianza; lo seleccioné personalmente. Hasta que llegue nuestra gente en el segundo avión, él y el vehículo serán nuestra única cobertura.
Massimo encendió un habano y dejó escapar una nube de humo con calma absoluta.
—Me parece bien. Al menos lo básico está cubierto. No necesito un ejército para sentirme seguro, Sergio.
Las luces de Manhattan comenzaron a aparecer en el horizonte, gigantescas, desafiantes. El tráfico nocturno era un caos ordenado, como el pulso de una ciudad que nunca dormía.
Treinta minutos después, la camioneta se detuvo frente a un hotel de lujo en el corazón de la ciudad. La entrada estaba despejada y discreta, con el personal del hotel preparado para recibirlo. Una suite presidencial lo esperaba en el último piso.
Massimo bajó, ajustó el abrigo y miró alrededor con una mueca de satisfacción.
—Nueva York —susurró en italiano—. Il gioco è appena iniziato. (El juego apenas comienza).
La suite presidencial era un templo de lujo. Mármol blanco, lámparas de cristal y una vista panorámica de Manhattan que parecía extenderse hasta el infinito. Sergio recorría cada rincón, revisando ventanas, accesos y salidas de emergencia, mientras Massimo se quitaba el abrigo y se servía un whisky del minibar.
Encendió un habano y caminó hacia los ventanales. La ciudad ardía en luces y movimiento. Sonrió con frialdad: aquel tablero estaba listo para mover la primera pieza.
Sacó su teléfono, marcó un número y esperó. La línea tardó unos segundos en ser respondida.
—¿Diga? —la voz grave de Santiago Smith resonó al otro lado.
Massimo no perdió tiempo en cortesías.
—Soy yo, Bellandi. He llegado a Nueva York.
Hubo un breve silencio, como si esas palabras hubieran helado el aire en la otra línea.
—Massimo… —respondió Santiago, forzando firmeza—. No esperaba tu llamada tan pronto.
—Los pactos no esperan, Santiago —dijo Massimo, exhalando el humo del habano con calma—. Estoy en Manhattan, y quiero verte. Cara a cara.
—¿Cuándo? —preguntó el hombre, casi en un susurro.
Massimo sostuvo la copa de whisky frente a la ciudad iluminada y respondió con voz helada:
—Mañana. Prepárate, porque ha llegado la hora de cumplir lo acordado.
Colgó sin más. Guardó el teléfono, tomó un sorbo lento y volvió a mirar la ciudad, consciente de que Nueva York aún no entendía quién acababa de llegar.
Sergio lo observó en silencio, comprendiendo que esa llamada no era el inicio de una negociación, sino la antesala de algo mucho más grande.
Por otra parte, Santiago seguía con el teléfono aún en la mano, la voz de Massimo resonándole en los oídos.
—“Mi querido suegro, se acerca el momento de cumplir…”
La amenaza disfrazada de cortesía lo había dejado helado.
Camila entró al despacho sin tocar la puerta, su mirada fija en él. Sabía reconocer los silencios de su marido mejor que nadie, y aquel no era normal.
—¿Otra vez él? —preguntó en un murmullo tenso, como si temiera que las paredes escucharan.
Santiago apretó el puente de su nariz, agotado.
—Sí… Massimo.
Ella cerró la puerta despacio y avanzó hasta él. No había sorpresa en su rostro, solo ese rastro de preocupación que cargaba desde hacía años.
—Lo sabías, Camila —dijo él, como si intentara justificar lo inevitable—. Algún día iba a llamar.
—Y ese día llegó —susurró ella, hundiéndose en el sillón frente al escritorio. Sus dedos nerviosos jugueteaban con el anillo de matrimonio—. No podemos seguir escondiéndole esto a Mía.
Santiago se levantó de golpe.
—¡No! —golpeó el escritorio con el puño, con una furia que en realidad era miedo—. Aún no… No hasta que sea necesario.
Camila lo observó en silencio unos segundos, luego habló con esa calma peligrosa que solo ella sabía manejar:
—Massimo no da advertencias en vano. Si dijo que “se acerca el momento de cumplir”, entonces no nos va a dar opción.
El silencio se volvió asfixiante.
Finalmente, Santiago hundió el rostro entre sus manos, derrotado.
—Dios mío, ¿qué hemos hecho?
Camila tragó saliva. Ella lo sabía muy bien: habían condenado a su hija con un acuerdo sellado muchos años atrás.