El día siguiente, Mia y Clara decidieron salir a pasear, comer algo y distraerse de la rutina. Clara, como siempre, fue la que tuvo la iniciativa.
—Vamos, Mia, nos merecemos un respiro. No todo puede ser estudio y trabajo —dijo con una sonrisa traviesa mientras se maquillaba frente al espejo.
Mia la miró y negó con la cabeza, pero al final cedió.
—Está bien, Clara, pero nada de exagerar, ¿sí?
Clara soltó una carcajada.
—Exagerar yo… jamás
Horas después, ya instaladas en un restaurante del centro, Mia y Clara compartían entre risas un plato de pasta y una copa de vino. Desde la ventana, el movimiento de la ciudad se sentía vivo, caótico y familiar.
—Ay, Mia, mira —susurró Clara inclinándose hacia ella—. ¿Ves a ese hombre de allá?
Mia levantó la vista distraída, pero enseguida se detuvo. A pocos metros, un hombre alto, corpulento, de porte imponente y mirada firme, acababa de entrar en el lugar. Sus pasos parecían marcar territorio con naturalidad.
—Mira a ese adonis —agregó Clara, sin ocultar el entusiasmo.
Mia no respondió de inmediato; se quedó observando, impresionada por la fuerza que transmitía aquel desconocido. Un nudo extraño se formó en su estómago, como si algo invisible le advirtiera que ese encuentro no era casualidad. Sin saberlo, acababa de mirar por primera vez a su futuro esposo.
El restaurante tenía un aire sofisticado, pero sin el exceso de formalidad que solía rodear a Massimo Bellandi en sus citas de negocios. Luz cálida, manteles blancos, copas de vino brillando bajo lámparas colgantes. Era el lugar perfecto para una cena tranquila, sin tanto protocolo ni ojos encima. Massimo entró primero, impecable como siempre en un traje oscuro sin corbata, proyectando una elegancia natural que lo hacía destacar aunque no lo intentara. Detrás de él caminaba Sergio, su hombre de confianza, siempre con esa expresión seria y alerta, analizando cada detalle del lugar apenas pisaron el salón.
No habían dado más de cinco pasos cuando Massimo la vio.
Estaba allí. Sentada en una mesa cerca de la ventana, con una muchacha al frente. No sabía quién era la otra, tampoco le importó demasiado en ese momento. Su mirada se clavó directamente en Mía Smith.
Sabía cómo se veía por fotos, las había estudiado, las había tenido en sus manos, incluso había fruncido el ceño más de una vez al ver su sonrisa congelada en papel. Pero en persona… era distinta. Era más. El brillo de sus ojos, la manera en que sus labios se movían cuando hablaba, esa naturalidad juvenil que no podía capturar ninguna cámara.
Por un instante, muy breve, casi imperceptible, se sintió sorprendido. Una punzada en el pecho que no esperaba. No lo dejó ver, claro. Máximo Bellandi jamás dejaba que nadie notara lo que realmente sentía.
—Mesa reservada para dos —dijo con calma al mesero, como si nada hubiera pasado.
—Sí, señor Bellandi. Por aquí, por favor.
Sergio lo observó de reojo. Lo conocía demasiado bien y captó el mínimo cambio en la expresión de su jefe. Esa tensión en la mandíbula, ese segundo en el que la mirada de el se había detenido en una dirección concreta. No preguntó nada, simplemente lo siguió en silencio hasta la mesa.
Se acomodaron. Massimo pidió un whisky sin hielo, Sergio un agua mineral. Desde su asiento, tenía visión directa hacia Mía. Perfecto, casi como si el destino hubiera jugado a su favor.
Ella reía con la muchacha que la acompañaba, movía las manos al hablar, inclinaba la cabeza hacia un lado cuando escuchaba. Cada gesto, cada detalle, él lo absorbía sin apartar la vista demasiado tiempo. Fingía estar ocupado en su bebida, en una conversación ligera con Sergio, pero en realidad estaba midiendo cada movimiento de esa joven que, sin saberlo, le pertenecía desde hacía mucho.
—¿Problemas en el norte ya quedaron resueltos? —preguntó Sergio, bajando un poco la voz, aunque sabía que en ese tono su jefe podía escucharlo perfectamente.
—Sí. Los nuestros limpiaron todo. Nadie queda en pie —respondió Massimo, sin quitar la mirada de su vaso, aunque sus pensamientos estaban lejos de ese asunto.
Sergio lo notó. Se inclinó un poco hacia adelante, serio.
—¿La viste?
Massimo giró lentamente la cabeza hacia él, arqueando una ceja, con ese gesto de advertencia que decía: no te metas donde no debes. Sergio, sin embargo, había estado a su lado demasiado tiempo como para intimidarse con tan poco.
—Lo noté, jefe. No suelo equivocarme en esas cosas —añadió Sergio, en un murmullo apenas audible.
Massimo llevó el vaso a sus labios, probó un sorbo, y luego volvió a mirar hacia donde estaba ella. Mía. Una sonrisa se escapaba de sus labios en ese instante. Un mechón de cabello le caía sobre el rostro, y lo apartaba con un gesto despreocupado. No tenía idea de que estaba siendo observada, de que ese hombre al otro lado del restaurante analizaba hasta la forma en que acomodaba la servilleta en su regazo.
—Está más hermosa que en las fotos —murmuró Massimo, casi para sí mismo, pero lo bastante claro para que Sergio lo escuchara.
—¿Va a acercarse? —preguntó su mano derecha, con ese tono seco, práctico, de quien piensa en protocolos de seguridad antes que en emociones.
Massimo sonrió apenas, una sonrisa fría, calculada.
—No. No hoy.
Y volvió a beber, como si fuera un hombre cualquiera en una cena relajada.
Sin embargo, no apartó la mirada de Mía en todo el tiempo que estuvo allí. Notaba cómo su risa llenaba el espacio, cómo se inclinaba hacia adelante para hablar en confianza con su acompañante, cómo sus dedos jugueteaban con el borde de la copa. Cada detalle lo retenía. La estudiaba en silencio, disimulando con la perfección de alguien acostumbrado a ocultar sus emociones tras una máscara.
Sergio, mientras tanto, mantenía la vigilancia de siempre. Pero de vez en cuando lo veía: cómo el jefe fingía indiferencia, cómo apretaba un poco los dedos contra el vaso cuando Mía reía demasiado fuerte. Él sabía leer esas señales. Massimo estaba impactado, aunque jamás lo admitiría.
El tiempo pasó entre platos servidos y conversaciones irrelevantes. Massimo probó un corte de carne, habló de números, de envíos pendientes, de estrategias de expansión. Su voz era firme, clara, pero sus ojos regresaban una y otra vez hacia ella.
Mía, ajena a todo, terminó su comida, pidió un postre y siguió charlando con su amiga. Massimo observó cómo jugaba con la cuchara, cómo inclinaba la cabeza hacia atrás al reírse, y pensó —aunque no lo dijo en voz alta— que esa naturalidad era peligrosa. Porque atraía. Porque atrapaba. Y porque él no estaba acostumbrado a perder el control ni siquiera en lo más mínimo.
Cuando finalmente Mía se levantó para irse, Massimo no movió un músculo. Solo la siguió con la mirada mientras pasaba cerca de su mesa. El aroma de su perfume lo envolvió por un instante. Ella ni siquiera volteó a mirarlo; para ella era un desconocido más en ese restaurante. Pero para él… fue un impacto que prefirió esconder bajo un último trago de whisky.
Sergio lo miró, cruzando los brazos.
—¿Qué sigue?
Massimo dejó el vaso sobre la mesa con calma, se puso de pie y ajustó su chaqueta.
—Seguir con lo planeado. Ella ya está aquí. Todo lo demás es cuestión de tiempo.
Y con esa frialdad característica, salió del restaurante como si no hubiera pasado nada. Pero en el fondo, algo había cambiado: ya había visto a Mía en persona. Y eso era solo el comienzo.