El diablo Entré a la mansión con la cajita de regalo para mi hembra guardada en el bolsillo del saco. Era pequeña, delicada, pero no por eso menos significativa. Algo simbólico… para marcar territorio. Mis pasos resonaban con firmeza sobre el mármol. El personal me esquivaba la mirada, como siempre. Saben cuándo soy yo, y no D’Angelo. Lo sienten. El aire cambia. Estaba por subir las escaleras, ansioso por verla. Por hundir mis dedos en su cabello y oler su piel. Sentir que me pertenece, aunque a veces aún intente negar lo que es. Entonces escuché su voz. —¿Dónde vas tan rápido? —dijo Derek, apoyado con descaro en la baranda, con una copa de vino en la mano y su sonrisa de idiota impune. Giré apenas el rostro, sin detener mis pasos. —A ver a mi mujer. ¿Algún problema? —¿Tu mujer? —

