Hace un mes que lucho con D’Angelo… y con el Diablo. Cada vez cuesta más. Cada vez aparece más seguido. D’Angelo me jura que cambiará, que buscará ayuda, que hará lo que sea para no perderme. Pero yo lo sé. Sigue matando. Lo noto en su mirada cuando regresa por las noches con la camisa arrugada y ese brillo oscuro en los ojos. Y no pregunta si lo sé… porque los dos fingimos que no. La abuela no me deja hacer nada. Es igual a mi tía. Misma voz, mismas frases. “Una esposa debe ser obediente”, “una mujer no tiene por qué salir sola”, “las Santoro se cuidan como joyas”. Me reprime. Me viste como si tuviera cuarenta años, me dice qué decir, cómo sentarme, hasta cómo debo mirar. Y los demás...El padre de D’Angelo apenas me dirige la palabra. Me observa de lejos, como si evaluara si soy digna

