El sol entraba apenas por las cortinas de la cabaña. Desde ayer D’Angelo y yo estábamos lejos, escondidos, casi como dos fugitivos que solo tenían un motivo para seguir respirando: nuestro amor y el bebé que llevaba en mi vientre. Me desperté primero, y lo observé dormir. Tenía el ceño fruncido incluso en sueños, como si la batalla interna nunca lo dejara descansar. Acerqué mis labios a los suyos y los cubrí de besos, uno tras otro, decenas, hasta que sus párpados se movieron y se abrió paso esa mirada oscura que tantas veces me había aterrado y que, al mismo tiempo, me ataba a él. Ya no me importaba si había matado, ya no me importaba si su sombra tenía las manos manchadas de sangre. Lo amaba. Amaba incluso al monstruo, porque entendí que ese monstruo había nacido del dolor, del abandono

