Nunca pensé que lo vería así. Desnudo, no de ropa, sino de alma. D’Angelo, ese hombre que todos temen, estaba frente a mí temblando como un niño perdido. Tenía los ojos enrojecidos, húmedos, como si cargara un océano entero de dolor que por fin estaba dispuesto a soltar. Me acerqué, le tomé la cara entre mis manos y sentí cómo respiraba agitadamente. Quise hablar, pero fue él quien rompió el silencio. —Alai… —su voz se quebró, como si el nombre pesara—. Yo… yo estuve a punto de matarte. Me quedé helada, pero no lo solté. —No lo hiciste, D’Angelo —le susurré, tratando de calmarlo—. Estoy aquí, ¿ves? Estoy contigo. Él negó con la cabeza, apartando mis manos como si no mereciera mi ternura. —No entiendes… cuando mi padre se mete en mi cabeza, cuando el Diablo aparece, es como si yo no t

