El Diablo. Estaba frente a los cuerpos aún calientes del matrimonio Fontana. La sangre goteaba lentamente desde el filo de mi cuchillo, cayendo al suelo como una lluvia espesa y oscura. El silencio en la habitación era denso, cortante. Solo se escuchaba la respiración entrecortada del niño. El maldito Fontana pensó que podía traicionar a mi padre. Intentó rebelarse, quiso armar su propio juego, vender información a nuestros enemigos. Un imbécil. Un traidor. Merecía morir. Y ella también. Se arrodilló frente a mí, rogó por su hijo, me pidió que no lo hiciera. Me suplicó como lo hacen todos cuando sienten el frío de la muerte en la nuca. Pero ya era tarde. El momento de la compasión había pasado hacía años, cuando aún creía que tenía un alma. No les grité. No los torturé. Solo hice lo

