El diablo. No me cansé de tenerla. Mi hembra. Mi obsesion. La tarde entera fue mía. Cada vez que gemía, cada vez que se retorcía debajo de mí, grababa mi nombre en su piel. No se lo dije, pero la deseaba desde que la vi por primera vez con ese maldito vestido blanco. Y ahora era mía. Finalmente. Cuando llegamos a casa, apenas podía caminar. Tenía mi camisa encima porque su vestido terminó hecho trizas bajo mis manos. Estaba cubierta de mis marcas... de mi fuego. La devoré como lo que es: mía. Y verla así, con sus piernas temblando y esa mirada confusa entre placer y agotamiento, era mi forma favorita de arte. Pero la calma no duró. Mi padre nos esperaba en la sala p. —Sube, Alai. Esto es entre él y yo —ordenó con esa voz seca que usa cuando quiere dejar claro quién manda. Alai me mir

