Alai
Mi madre murió cuando yo era prácticamente una niña. A veces me pregunto si realmente la recuerdo… o si mi mente se inventó su voz para no sentirme tan sola. De mi padre no sé nada. Jamás lo conocí. Ni una foto. Ni una historia. Solo un hueco, como si nunca hubiese existido.
Me crió mi tía Greta, la hermana de mamá. Ella dice que me salvó. Que me dio un futuro. Pero a veces me pregunto si me salvó… o me vendió al mundo con la mejor de las sonrisas.
Siempre me dijeron que era bonita. “Demasiado bonita”, susurraban algunas mujeres con una mezcla de lástima y envidia. La clase de belleza que no trae suerte. La clase de belleza que atrae a las personas equivocadas, a los ojos que miran demasiado, a las manos que se alargan sin permiso, a las sonrisas que no son dulces, sino sucias.
Desde los tres años me metieron en concursos de belleza. A esa edad ya sabía posar. Sabía sonreír con los labios y no con los ojos. Sabía cuándo inclinar la cabeza, cuándo pestañear más lento. Aprendí a maquillarme antes que a escribir mi propio nombre. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo practicaba cómo caminar en tacones sin parecer cansada.
Mi tía ha hecho una fortuna conmigo. Eso lo sé. No lo dice en voz alta, pero lo veo en los vestidos nuevos, en los perfumes caros, en la forma en la que sonríe cuando los jueces me llenan de puntos o cuando algún patrocinador quiere mi imagen para su marca.
Tomo clases de piano, de canto, de dicción, de protocolo. Voy a una academia prestigiosa, donde todo huele a privilegio y a silencio forzado. A veces pienso que estoy atrapada en una jaula de oro, de la que nadie quiere rescatarme porque desde fuera todo parece perfecto.
Vivimos en una zona dominada por la mafia italiana. Aquí todo es tradición, respeto, secretos. Las mujeres se visten como santas y los hombres actúan como si fueran dioses. Hay normas. Hay nombres que no se deben pronunciar. Y hay miradas que no puedes devolver.
Yo sé que no soy como las demás niñas de mi edad.
Yo sé que alguien me observa.
A veces lo siento. Un escalofrío. Una sombra.
Como si el mismísimo diablo respirara muy cerca de mi nuca.
Pero sonrío. Siempre sonrío.
Porque si dejo de hacerlo…
Puede que alguien se dé cuenta de que tengo miedo.
Y aquí, tener miedo es lo más peligroso de todo.
Estoy sentada frente al tocador de madera pulida, con ese gran espejo rodeado de bombillas que chisporrotean como si ya estuvieran cansadas de tanto brillo. El calor del secador acaricia mi cuero cabelludo mientras la estilista alisa con cuidado mis mechones dorados.
A lo lejos, la voz melancólica de Whitney Houston suena desde el radiocasete: “Didn’t we almost have it all…”
Mi tía Greta da una última pitada a su cigarrillo, lo apaga con delicadeza en un cenicero de cristal tallado y exhala una nube de humo que se mezcla con la atmósfera densa del salón.
—Gianna, por favor, presta especial atención a ese mechón —dice con voz serena pero implacable—. Si llegara a dañarlo, temo que no volverás a contar con mis favores para ningún trabajo. ¿Lo comprendes?
La estilista traga saliva, sin atreverse a mirarla. Yo tampoco me muevo. He aprendido a no hacer ruido cuando Greta está en ese estado.
—Tía… —murmuro, con voz suave, sin apartar la mirada del espejo—, las chicas del instituto se van unos días a Sorrento, a la costa. Me invitaron a ir con ellas, van con los padres de Clara, no estaríamos solas… Solo quería saber si me dejarías.
Mi tía me observa con una sonrisa fría, casi implacable.
—¿De verdad crees que es apropiado? —pregunta con un tono que no admite réplica—. Me parece encantador que tengas esa ingenuidad, Ally, pero debes comprender que no todos los mundos están hechos para ti.
Se levanta con una gracia pausada, toma su copa de vino y se acerca con la elegancia de una pantera.
—¿Y para qué querrías tú, querida, jugar en la arena como si fueras una chica cualquiera? ¿Para que algún joven poco caballeroso te invite un helado y aproveche para mancillar tu inocencia? ¿O, peor aún, para que algún hombre sin escrúpulos ose poner sus manos sobre ti?
—No, tía, solo quería…
—Sólo querías, claro —interrumpe con una mirada penetrante que me atraviesa—. Pero no estás aquí para querer, Ally. Estás aquí para valer. Y vales mucho más de lo que alcanzas a imaginar. Eres una inversión, una joya única, una obra de arte delicada que no puede exponerse a cualquier viento.
Toma un mechón de mi cabello recién alisado y lo enrolla entre sus dedos como si fuera seda de la más fina calidad.
—La virginidad que posees no es un mero capricho ni un detalle sin importancia. Yo he entregado mi vida para criarte, para que florezcas como esa flor frágil y perfecta que ves en el espejo. No voy a permitir que te entregues a cualquiera que desee manchar tu cuerpo y tu espíritu.
—Debes conservarte íntegra. Virgen. Como debe ser. Ningún joven irresponsable ni hombre depravado tendrá derecho a tocarte. No crié una muñeca para que se rompiera a la primera caída. Estás destinada a algo mucho más grande, algo que aún no alcanzas a comprender.
Asiento en silencio, con un nudo en la garganta que pesa como el plomo.
—Tía… solo anhelaba compartir unos días con mis compañeras, contemplar el mar.
Ella se ríe, pero es una risa sin calor, vacía, despectiva.
—El mar no te necesita, Ally. Y las amigas… son apenas un espejismo en esta vida. Aprende a aceptarlo. Naciste para ser admirada, no para ser comprendida.
Se aleja con la misma elegancia con la que vino, mientras sorbe su vino con calma.
Gianna enciende de nuevo el secador. El zumbido me envuelve, me aísla. Observo mi rostro en el espejo: el delineado n***o, los labios en rojo pálido.
—Tu tía tiene razón, Ally —dice con voz baja, casi como si me estuviera revelando un secreto incómodo—. Los hombres… no son lo que parecen. Tú eres joven aún, pero ya verás. Son amables al principio, dulces como miel, pero apenas consiguen lo que quieren, se vuelven otros.
Sus palabras me toman por sorpresa. Gianna no suele hablar más de lo necesario. Pero esta vez, hay algo en su tono que me hace girar ligeramente el rostro, para mirarla directamente, sin el cristal de por medio.
—¿Tú también lo crees? —pregunto, sintiendo que mi voz tiembla, como si no quisiera oír la respuesta.
Ella asiente, con una tristeza antigua reflejada en sus ojos.
—A mí también me dijeron que era bonita cuando era niña. Y lo fui. Pero eso no te protege… todo lo contrario. Solo atrae miradas que no entienden la palabra respeto. Y cuando eres inocente, cuando no sabes, es más fácil que te arranquen cosas que no puedes recuperar después.
Aprieta los labios, como si se arrepintiera de haber dicho tanto. Luego continúa, en un susurro:
—Tú no tienes idea de cuántas chicas han sido destruidas por confiar en la sonrisa equivocada. No todas tienen a alguien como la señora Greta que las cuide… a su manera, sí, pero las cuida.
—¿Y tú crees que eso es cuidarme? —pregunto, con la amargura deslizándose sin permiso—. ¿Encerrarme? ¿Decidir por mí?
Gianna se agacha un poco para ponerme una horquilla detrás de la oreja. Lo hace con una ternura que contrasta con el filo de la conversación.
—Sé que duele. Pero también sé lo que cuesta recomponerse cuando un hombre te usa. Cuando te toca sin amor. Cuando te mira sin alma. Y tú… tú eres demasiado frágil para que te hagan eso, Ally.
—¿Frágil? —repito, molesta.
Ella me sonríe con dulzura.
—Frágil como una joya. Que no es lo mismo que ser débil. Solo… demasiado valiosa para cualquiera. Eso es lo que quieren decir, aunque a veces suene cruel.
La habitación queda en silencio unos segundos. Escucho los pasos de mi tía al otro lado de la casa, su voz por teléfono en italiano, hablando de dinero y de contratos, como si yo fuera un producto más de su vitrina.
—Gracias, Gianna —susurro—. No sé si entiendo todo… pero gracias.
—No necesitas entenderlo aún —responde ella, acariciándome el hombro—. Solo protégelo. Protégelo todo, mientras puedas.