Mentí.
Le dije a tía Greta que mi profesora de piano me había citado una hora antes por un cambio de horario. Ella apenas levantó la vista del teléfono, murmuró un "bien, pero que no se te ocurra desafinar", y siguió hablando con uno de sus contactos italianos.
Yo aproveché. Me puse el vestido blanco con flores diminutas que me hace sentir como si aún tuviera diez años. No lo uso casi nunca porque Greta dice que me hace ver “demasiado ingenua”, como si eso fuera un crimen. Me dejé el cabello suelto, con la esperanza de que el viento lo moviera un poco, aunque fuera entre los pasillos de mármol de la academia.
La cafetería está en la parte trasera del edificio. Huele a café viejo, a pan tostado, y a perfume barato de las profesoras. Y aunque no es hermosa, tiene algo que el resto del mundo no: respiro.
Me siento en una de las mesas del rincón, donde casi nadie se fija en mí. Estoy desdoblando con cuidado la servilleta cuando aparece Viridiana, como siempre, sin pedir permiso y con esa sonrisa que parece que está a punto de contar un pecado.
—Sabía que te ibas a escapar —dice bajando la voz, sentándose frente a mí sin dejar de mirar alrededor—. Me lo imaginé en cuanto te vi con ese vestidito de flores. Demasiado limpio para tocar un piano.
—Solo quería un rato de aire —murmuro, con media sonrisa—. Un ratito nada más.
—¿Aire? Lo que tú necesitas es mar, niña —responde, soltando una risita—. Deberías venir con nosotras el fin de semana. Mi prima alquiló una casa frente a la playa, y adivina qué… —hace una pausa dramática y se inclina—. Mi primo Alessandro no deja de hablar de ti desde el último concurso. Dice que pareces de porcelana.
—Viridiana…
—Lo juro. Se quedó bobo. Dice que te vio cantando y no pudo dormir esa noche.
—No puedo ir —respondo con suavidad, bajando la mirada a la taza de té que aún no pedí—. Tía Greta jamás lo permitiría. Dice que el cuerpo es un tesoro, y que uno no lo exhibe en cualquier vitrina.
Viridiana rueda los ojos con elegancia.
—Tu tía habla como si fueras una pintura del Vaticano. A veces me da miedo que un día te enmarque.
Sonrío. No debería, pero lo hago.
—No te gires —dice de pronto, con los ojos brillando—. No voltees, Ally. Pero hay un guapo que no deja de verte desde que entraste. Está en la mesa del fondo… cabello oscuro, traje n***o, mirada de “sé que el mundo es mío”. No voltees.
—Viridiana, por favor…
—Te juro que da miedo de lo lindo. Miedo del bueno.
No puedo evitarlo. Giro apenas el rostro. Solo un poco.
Y entonces lo veo.
Sentado solo, con una taza en la mano y una mirada que no parpadea. Sus ojos son azules, pero no cualquier azul: son como el hielo antiguo, el de los glaciares que han visto siglos pasar. Fríos, hondos, y con un brillo glacial que eriza la piel. No hay calidez en ellos. Nada que invite. Y sin embargo, no puedes apartarte. Como si vieras fuego azul detrás de un vidrio que jamás vas a poder romper.
Su cabello oscuro cae hacia atrás con descuido elegante, y tiene esa clase de presencia que obliga a los demás a callar. No sonríe. Ni un músculo se le mueve. Pero sé, sin que nadie me lo diga, que me está mirando. Que ha estado haciéndolo desde el primer segundo.
Siento un escalofrío bajo el vestido.
—Es uno de los hijos del Don… —susurro, y el corazón se me encoge un poco—. No podemos mirar a los ojos a los señores.
Viridiana se ríe fuerte. Tan fuerte que varias mesas giran a verla.
—¡Dios mío, Ally! —dice con una risa contagiosa—. Hablas como si vivieras en un convento siciliano. ¿Qué va a pasar? ¿Te va a castigar Zeus por mirar a un guapo?
—No entiendes, Viridiana… esas familias no son como las nuestras. No viven como nosotras. Los hombres como él no miran porque les gustas. Miran porque piensan que les perteneces he escuchado cosas horribles de ellos.
Viridiana me observa en silencio unos segundos. Luego suspira.
—A veces pienso que vives en una jaula de oro. Pero no es una jaula si nunca te animas a salir.
No respondo. Solo bajo la mirada, y cuando vuelvo a alzarla… él ya no está.
Ni en la mesa, ni en la sala.
Solo su taza vacía, y una sensación extraña, como si aún me tuviera entre los ojos.
La noche había llegado y yo tenía que regresar a casa. Caminaba entre la oscuridad.
Pedaleé hasta el callejón viejo, el atajo que siempre uso y entonces, los pasos.
Dos sombras detrás de mí. Rápidas. Se acercaban.
Una mano me agarró del brazo.
—¿Adónde va esta princesita? —dijo una voz gruesa, asquerosa.
Intenté soltarme, pero me sujetó con fuerza. El otro apareció por detrás, riendo bajo.
—¿Qué apuro tienes, muñeca? No sabés lo linda que eres de cerca.
—¡Suéltenme! —grité, pero mi voz se ahogó en el miedo.
—No llores —dijo uno, acariciándome el rostro—. Solo queremos jugar…
No llegaron a más.
Un estruendo seco. Un movimiento invisible.
Los dos cayeron.
El primero con la nariz rota, el segundo gimiendo con las costillas aplastadas.
Y entonces lo vi.
De pie frente a mí, surgido de la oscuridad como una sombra hecha carne. El hombre de la cafetería.
Todo en él era n***o. Incluso los guantes. Incluso la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó, con una voz profunda y serena. Pero algo en su tono me hizo temblar.
Asentí, sin saber cómo.
—Una niña como tú no debería andar sola por las calles. Y menos vestida así —añadió con lentitud.
Me abracé el abrigo con fuerza.
—¿Quién eres? —susurré.
—Una advertencia —respondió. Y su mirada me recorrió sin pudor—. O una promesa. Depende de ti. Llámame Diablo, ángel.
—¿Por qué me sigues?
—Porque brillás —dijo sin dudarlo—. Y cuando algo brilla demasiado, atrae a las bestias. Yo solo evito que te arranquen la piel.
Mi corazón latía como si fuera a salírseme del pecho.
—No vuelvas a pasar por aquí sola. No esta semana. No con esa cara.
Y sin decir más, giró sobre sus pasos y se perdió entre las sombras como si nunca hubiera estado allí.