Hace más de una semana que no dejo de pensar en ese tipo.
Trato de enfocarme en las clases, en el piano, en el canto, en la dicción perfecta que tía Greta me repite como un mantra cada noche antes de dormir. Pero da igual. Lo veo en los espejos, en el reflejo de las ventanas cuando cae la tarde, en mis propios sueños, donde su voz se mezcla con el viento.
Greta no sospecha nada. O quizá sí, pero no dice una palabra. Desde que regresé aquella noche, con las mejillas pálidas y las manos temblando, solo me miró una vez y murmuró con su tono de siempre: “Los hombres son el principio de la ruina. No permitas que uno te robe la virtud con los ojos.”
Hoy me encuentro en una de esas fiestas ridículas de la alta sociedad italiana. Tía Greta tiene muchos amigos aquí. No somos ricas ni nada parecido, pero ella sabe moverse. Sabe qué decir, cómo sonreír, a quién besar en la mejilla y a quién ignorar con frialdad.
La fiesta es en una villa frente al mar, en lo alto de una colina. Luces doradas, copas de cristal, hombres con trajes a medida y mujeres con vestidos tan ajustados que casi les impiden respirar. Yo llevo un vestido color crema, con hombros descubiertos y una falda que cae como seda líquida. Mi cabello está peinado con ondas suaves, y tengo perlas en las orejas. No me reconozco en los espejos del salón, y eso me da tranquilidad. Porque si yo no soy yo, entonces él no podrá reconocerme… ¿verdad?
Estoy junto a una fuente, rodeada de gente que habla demasiado alto y no dice nada. Miro el agua. Intento respirar. Y entonces lo siento.
Esa sensación.
La misma que sentí en la cafetería. En el callejón. En mis sueños.
Me giro. Despacio.
Y allí está.
No con los guantes de cuero, ni la sombra envolvente de la noche. No. Ahora lleva un traje azul medianoche, impecable, con una copa en la mano y el cabello peinado hacia atrás. Se mueve con la seguridad de quien sabe que pertenece a ese mundo. Habla con un grupo de hombres mayores, y todos lo escuchan. Todos lo respetan.
Pero yo no veo a nadie más. Solo a él.
Porque aunque cambie de ropa, de postura, de expresión… esos ojos azules no se pueden disfrazar.
Siento que el alma se me cae al suelo.
Él alza la vista. Me ve. No sonríe.
Y entonces, como si el tiempo se quebrara, camina hacia mí.
Mis piernas tiemblan. No puedo moverme. No quiero moverme.
—¿Nos conocemos, señorita? —pregunta con cortesía, con una voz tan educada como firme.
Abro la boca para responder, pero me adelanta suavemente.
—Disculpe, es solo que… me resulta familiar. Mi abuela, la señora Marta Salvatore, es muy cercana a la fundadora de la Academia de Artes de Cosenza. Tal vez la he visto allí. A ella le fascinan las voces angelicales.
Sus palabras me devuelven el aire. No me reconoce. O al menos, eso dice.
—Sí… sí, debe ser por eso —murmuro—. Yo estudio allí desde niña.
—Entonces ha de ser eso —responde con una ligera inclinación de cabeza—. Su rostro es difícil de olvidar, señorita.
Sus ojos siguen siendo intensos, pero su tono es completamente diferente al de aquella noche. Es formal, casi distante, como si esta fuera la primera vez que cruzamos palabra.
—Mi nombre es D’Angelo.
—Alai Rivas—respondo con voz baja.
—Un gusto, señorita Rivas.
Antes de que pueda decir algo más, una mano enguantada se posa en mi hombro.
—Señor Santoro —dice la voz afilada de tía Greta, vestida con un conjunto escarlata y un moño impecable en el cabello—. Es un verdadero gusto ver al hijo mayor del Don de Italia en persona.
—El honor es mío, señora —responde él con una inclinación elegante—. Mi familia le guarda un profundo respeto.
—Y yo agradezco la cortesía. Pero debo recordarle, con todo el afecto, que no es correcto que un caballero comprometido converse a solas con una muchacha decente en una fiesta como esta.
—Tiene usted razón —responde él, sin inmutarse—. No fue mi intención incomodar. Solo quise saludar a alguien que creí conocer.
Greta sonríe, cortés pero firme.
—Alai, querida, ven conmigo. Hay muchas señoras interesadas en escuchar tu interpretación del sábado.
—Claro, tía.
D’Angelo da un paso atrás, con una reverencia breve, y sus ojos azules se clavan en los míos una última vez antes de girarse.
Mientras me alejo, siento que me falta el aire.
Él no recuerda nada, pero yo no puedo olvidarlo.
Los hermanos Santoro son tres. De eso estoy segura ahora. Nadie lo dice en voz alta, nadie lo escribe en los periódicos, pero lo sé… Lo siento en la piel.
D’Angelo fue amable conmigo. Correcto. Medido. Hablaba como si jamás hubiera conocido el pecado.
Pero el otro… el otro me miró como si supiera todos mis secretos antes incluso de que yo los descubriera. Ese no fue un gesto educado. Fue una marca. Un fuego. Y no puedo creer que sean el mismo hombre.
Deben ser gemelos.
Es la única explicación lógica.
Estoy segura que a quien conocí no se llama diablo debe ser un apodo.