La noche del compromiso llegó sin avisar a mi alma.
Tía Greta me vistió como si estuviera decorando una vitrina. El vestido blanco con flores bordadas caía como seda sobre mi piel, y las esmeraldas que me colgó al cuello relucían con una elegancia que no sentía mía.Me miré en el espejo… y no supe reconocerme del todo. Parecía mayor. Más frágil. Más preciosa. Y más sola.
—Compórtate bien —dijo mi tía, mientras me alisaba el cabello—. Esta noche no hay margen para errores.
Asentí. No tenía voz.
La mansión Santoro era aún más imponente de lo que recordaba. Los candelabros centelleaban como estrellas detenidas. El mármol bajo mis pies parecía murmurar historias viejas. Todo estaba lleno de poder… y de vigilancia.
Y entre todo eso, allí estaba él.D’Angelo Santoro. De pie, junto a su padre, tan recto y contenido como siempre. El traje n***o, la mirada gélida, la presencia que acallaba murmullos.
Pero no estaba solo.
A su lado, un joven de facciones similares, aunque de expresión más suave, me observó con un dejo de curiosidad. Tenía los ojos azules también, aunque menos intensos, y el cabello oscuro algo más revuelto. Se notaba más joven que D’Angelo… quizá cinco años menos.
—Debe ser el hermano del que hablaban —pensé, inquieta por el modo en que su mirada se posaba sobre mí, aunque sin esa oscuridad que yo había sentido aquella vez en la cafetería. No era el Diablo. Lo supe en cuanto me sostuvo la mirada con gentileza.
En medio de las presentaciones, D’Angelo se acercó y me ofreció el brazo. Lo tomé con timidez.
—Quiero que conozcas a mi hermano menor —dijo con tono formal—. Él es Dimitri.
—Mucho gusto, señorita Rivas —saludó Dimitri, haciendo una leve inclinación de cabeza.
—Encantada —respondí, esforzándome por parecer tranquila.
—Mi otro hermano, Derek, no ha podido venir —añadió D’Angelo con cierta rigidez—. Está atendiendo unos negocios. Llegará para la boda. Será dentro de dos semanas.
Dos semanas.Mi estómago se encogió.
Asentí, aunque sentí que el piso se inclinaba apenas bajo mis pies.
El salón guardó silencio repentinamente. El Don avanzó hasta el centro con paso lento, majestuoso. Todos lo observaban como si fuese un rey.
—Esta noche —anunció con voz grave—, se formaliza el compromiso entre mi primogénito, D’Angelo Santoro, y la señorita Alai Rivas.
Los aplausos fueron medidos, elegantes, ensayados, pero yo solo escuchaba el eco de esas palabras.
Compromiso.
Mi tía sonreía como si hubiera ganado la guerra. Dimitri se mantenía en segundo plano, discreto.
Y D’Angelo…
D’Angelo me miraba como si yo fuera un voto que juró cumplir.Un deber.Una promesa tallada en piedra.
Pero en algún rincón del alma… yo sabía que el verdadero peligro todavía no había llegado.
Derek.El nombre se me quedó clavado como una premonición.
D’Angelo me tomó de la cintura con una firmeza que no permitía discusión. Sus dedos se posaron con precisión, ni demasiado alto ni demasiado bajo, como si supiera exactamente dónde podía tocarme sin escándalo… pero haciéndome sentir que ya me pertenecía.
Las personas aplaudían con entusiasmo contenido. Algunos sonreían, otros murmuraban cosas entre dientes. Nadie celebraba con auténtica alegría. En ese mundo, las alianzas eran estrategia, no amor.
Y entonces, la vi.
Ella.La muchacha de cabello oscuro y cuerpo escultural, con un vestido rojo que le quedaba como si lo hubiera mandado a hacer para desafiarme. Me lanzó una mirada que ardía como fuego helado.Una mirada asesina.
Tuve que apartar los ojos. Sentí que me tragaba la tierra. No hacía falta que nadie me lo confirmara: esa era la prometida que yo había reemplazado.La que sí tenía apellido.
La que sí encajaba.
D’Angelo notó mi incomodidad. Bajó un poco la cabeza hacia mí y murmuró con voz apenas audible:
—Ignórala. Está acostumbrada a salirse con la suya.
No dije nada. El corazón me golpeaba en el pecho con fuerza.
Él siguió hablando, sin apartar la vista del frente:
—Estás hermosa esta noche, Alai.
Me ruboricé sin poder evitarlo. No sabía si lo decía por cortesía o porque de verdad lo pensaba. Pero sus palabras se sintieron sinceras… y algo en su tono, demasiado serio para un cumplido superficial, me dejó inquieta.
—Gracias… —susurré.
—A partir de ahora, tendrás que acostumbrarte a este mundo —añadió, y me apretó suavemente la cintura—. Hay reglas. Hay máscaras. Y hay peligros. Pero mientras estés a mi lado, nadie te tocará. ¿Lo entiendes?
Asentí con lentitud.
Pero una parte de mí no dejaba de pensar…
¿Y si no es él el que me pone en peligro?
En medio del murmullo, sin que nadie lo notara, nos alejamos del salón. D’Angelo me guió con paso firme pero tranquilo por un pasillo lateral, hasta que salimos al jardín.
Era hermoso.
Las rosas parecían dormir bajo la luz de la luna, y las flores desprendían un perfume suave que flotaba como un susurro. La brisa movía apenas las hojas, y todo tenía ese brillo dorado de las noches importantes. Irreal.
Nos detuvimos cerca de una fuente antigua. Las gotas caían con ritmo, como si marcaran el tiempo de otro mundo. D’Angelo no soltó mi cintura ni un segundo.
—¿Te gusta? —preguntó, con voz baja, casi íntima.
—Sí… me encanta —respondí, apenas por encima de un suspiro.
Mis ojos recorrían el jardín, buscando distraerme de su cercanía. Pero era inútil. Su presencia lo ocupaba todo. Cada latido mío estaba pendiente del calor de su mano, de su respiración tan cerca de la mía.
Me giré para mirarlo, y entonces sucedió.
Él bajó la cabeza apenas unos centímetros —era mucho más alto que yo—, y sus ojos me buscaron como si esperara una señal. No dije nada. Solo cerré los ojos.
Sus labios tocaron los míos con lentitud. No fue apresurado. No fue agresivo. Fue… suave, firme y lleno de una intención que me traspasó la piel. Sentí que el tiempo se detenía, que la noche entera nos miraba.
—Vas aprendiendo… —murmuró con esa sonrisa que parecía un susurro pecaminoso—. Sabes… mentí.
—¿Mentiste? —pregunté, sintiendo cómo algo se apretaba en mi pecho.
Él no respondió al instante. En lugar de eso, su mano subió y rozó mi mejilla con la yema de los dedos, como si su tacto fuera una caricia pensada desde hace tiempo.
—Te dije que te vi por primera vez en la academia, que tal vez fue por mi abuela Marta… Pero eso no es verdad, no del todo.
—¿Entonces…?
—Iba por ti.
Sonrió, pero no con ternura. Su sonrisa era peligrosa. Como un secreto que se arrastra en la oscuridad.
—Porque me gustaba mirarte. Me gusta mirarte, Alai.
Pero ahora que te tengo cerca… —su voz bajó como un roce caliente en mi cuello— me gusta más besarte.
Y entonces lo hizo. Me besó.
No fue un beso robado. Fue una declaración.
Lento. Firme. Demasiado seguro.
Como si supiera que ningún otro tendría derecho.
Su boca buscó la mía con hambre controlada, y sus manos no se movieron de mi cintura, como si marcara su territorio sin palabras.
Cuando se separó, apenas unos centímetros, me temblaban las rodillas.
—Vamos, prometida. Aún nos queda toda una noche de felicitaciones.
Asentí, y mientras él me ofrecía el brazo para regresar, giré apenas la cabeza hacia las rosas.
Algo brillaba entre los pétalos.
Una nota. Un pequeño papel oscuro doblado con precisión.
Mi corazón se detuvo.
Esperé a que él diera la vuelta, fingiendo acomodar mi zapato, y lo tomé con los dedos temblorosos.
"Estás hermosa esta noche,pero no olvides una cosa, Alai:
Nada de esto es real.Yo sigo aquí.Te estoy mirando y el próximo en sangrar será tu dulce prometido."
—El Diablo.
Mis piernas casi no me sostuvieron.
Y aún así… seguí caminando.
Como si no supiera que mi vida acababa de volverse un juego de sombras del que tal vez ya no habría salida.