Cuando volvimos a casa, la noche había caído sobre Sicilia con ese aire denso, casi pegajoso, que solo trae problemas. Pero en el coche, tía Greta no podía ocultar su euforia. Sonreía con los ojos brillando como si le hubieran anunciado que heredaba un trono.
—Mi sobrina —decía, levantando la voz como si alguien más pudiera o debiera oírla—. ¡La esposa del futuro Don! La mujer más importante de Italia. Nada menos que Alai Rivas.
Entró al salón como una diva entrando en un teatro. Yo, en cambio, arrastré los pies detrás de ella.Me sentía vacía. Hueca.
Me quité los zapatos antes de subir las escaleras, pero su voz me detuvo.
—Alai —dijo con tono dulce, demasiado dulce—. ¿No vas a decir nada? ¿No estás feliz?
Me giré lentamente.
—Tía… ¿de verdad no ves lo que está pasando?
Ella alzó una ceja, divertida.
—Lo que está pasando, cariño, es que la suerte nos ha sonreído. Por fin. ¡Y con qué estilo!
Me armé de valor, lo poco que me quedaba.
—Ese hombre… el que me miró en la cafetería, el que me dejó la nota… el que mató al señor Fontana. No era D’Angelo. No puede serlo.
Greta me observó con fastidio, como si acabara de arruinarle una melodía.
—¿Y qué importa si lo era o no?
—No lo entiendes —insistí—. Creo que uno de los hermanos de D’Angelo es ese hombre. El Diablo. Tiene su rostro, sus ojos azules, su rostro… pero no es él. No habla igual. No camina igual. Su forma de mirarme… no es la de D'Angelo.
Tía Greta soltó una carcajada. Una carcajada ruidosa, molesta, como si me tomara por tonta.
—Aunque sea uno de los hermanos, cariño, qué más da. D’Angelo, Derek, Dimitri… todos son herederos del Don. ¡Cualquiera de ellos vale oro!
—¿Y si ese hombre está enfermo? —pregunté, temblando—. ¿Y si lastima a D’Angelo? ¿Y si me lastima a mí?
Greta se me acercó con paso firme y me tomó la cara entre sus manos como cuando era pequeña, pero esta vez no fue con ternura, sino con firmeza.
—Escúchame bien, Alai. Ese hombre ha matado por ti. ¿Lo entiendes? Matar. Si eso no es amor o deseo, no sé qué es. ¿Tú crees que alguien así va a dejarte libre? No, mi vida. Te va a querer cerca. Casarte con uno de los Santoro te asegura protección. Te asegura sobrevivir.
—¿Sobrevivir? —repetí en un susurro.
—Sí porque si él te quiere para él… mejor que lleves su apellido que el de un muerto.
Me aparté con un estremecimiento.
—Pero… D’Angelo ya estaba comprometido. ¿Por qué yo? No tengo un apellido importante. No soy nadie… Porque el Don me quiere para su hijo.
—¡Eres hermosa! —me cortó—. Eres joven, educada, valiosa. ¿Y sabes qué más? Eres deseada. Y en este mundo, cariño… eso lo vale todo.
Me quedé quieta. Tiritando por dentro.
No sabía si iba a casarme con D’Angelo…
o con el Diablo que vive bajo su mismo rostro.
Y lo más aterrador era pensar…que quizá ya no había forma de distinguirlos.
Los últimos días han sido una niebla espesa entre rutina y paranoia.Voy a la academia. Practico piano, canto, sonrío, respondo, camino derecha y sin embargo, siento los ojos sobre mí todo el tiempo.
Las profesoras susurran a mi paso. Las alumnas me miran de reojo. Soy prácticamente la viuda de Fontana.
Greta, por supuesto, está en el cielo. Cada noche me mide un vestido distinto. Me pone perlas. Me peina. Me dice que soy la futura reina de Sicilia. Que esto, esto es solo el comienzo y hoy es el día.
Hoy será el anuncio formal del compromiso.
Conoceré oficialmente a los tres hermanos Santoro y descubriré si ese otro rostro —el del hombre de la cafetería, el de la nota, el de la amenaza—es uno de ellos.
Me escapé un rato al jardín.Llevaba un vestido suave, color marfil, y me quité los zapatos para pisar la hierba húmeda.Necesitaba un momento de aire antes de entrar en esa mansión donde todos sonríen y todos ocultan algo.
Entonces escuché el motor del coche.
Un carro n***o se detuvo en la entrada principal.Bajaron dos escoltas, corpulentos, oscuros. Y entre ellos… él.
D’Angelo Santoro.
Tan impecable como siempre: traje gris, corbata sobria, cabello perfectamente peinado hacia atrás.Tenía los mismos ojos fríos de su padre. El mismo porte, pero había algo más esa vez. Una ligera tensión en la mandíbula. Como si también estuviera harto de fingir.
Cruzó el jardín hasta donde yo estaba.
—¿Puedo hablar a solas con mi prometida? —preguntó, sin mirar a Greta, que apareció detrás de mí como una sombra.
Mi tía, por supuesto, sonrió encantada y asintió.
—Por supuesto, señor Santoro. Todo el jardín es suyo.
Los escoltas se quedaron a una prudente distancia. D’Angelo se acercó hasta mí y clavó los ojos en los míos. Tan recto. Tan controlado.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí con un leve gesto.
—Estos días han sido… raros —murmuré—. Siento que no soy yo.
—No eres tú —respondió con naturalidad—. Eres la futura esposa del heredero Santoro. Todo el mundo tendrá una opinión. Y eso, Alai, nunca va a cambiar.
Tragué saliva. No me atrevía a preguntarle lo que en realidad me quemaba en la garganta.
¿Eres tú el Diablo ? ¿El de la nota? ¿El que mató a Fontana?
—No entiendo, D’Angelo… —dije con la voz temblorosa, sintiendo el peso de todo lo que no se decía—. Tú ibas a casarte con otra señorita. Una de apellido noble, alguien de su mundo. Yo… yo no tengo un nombre importante. No tengo nada que justifique esto.
Él se detuvo, girando apenas el rostro hacia mí. Sus ojos azules, siempre tan fríos, ahora parecían observarme con algo cercano al conflicto… o a la culpa.
—Son órdenes de mi padre —respondió al fin—. Él jamás da explicaciones, y yo… yo no estoy en posición de desobedecerlo.
Tragué saliva. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
—¿Te desagrado, Alai?
Me sorprendió su pregunta. Me dejó sin habla.
—No… no es eso.
Él frunció apenas el ceño, como si no estuviera satisfecho con mi respuesta.
—¿Estás enamorada de otro?
Negué con la cabeza de inmediato, casi por instinto.
—No. No lo estoy.
Entonces, como si leyera mis pensamientos, D’Angelo metió la mano en el bolsillo interno de su saco y sacó una pequeña caja de terciopelo.La abrió con calma.Dentro había una joya hermosa: una esmeralda verde intensa, tan profunda que parecía contener un bosque entero. Estaba montada en oro blanco, con detalles finos y antiguos. Tenía un aire casi sagrado.
—Quiero que la luzcas esta noche —dijo en voz baja—. Le perteneció a mi madre y ahora es tuya.
Sentí un nudo en la garganta. La delicadeza con la que me la entregaba…Me asustaba más que cualquier amenaza.
—Lamento que hayas tenido que dejar a tu prometida por mí… —murmuré, con la mirada baja—. Seguro la amabas.
Él negó con la cabeza, muy despacio.
—No, Alai. Nunca la amé. Fue un acuerdo entre familias. Como lo nuestro, en parte… —hizo una pausa, y su tono se volvió más íntimo—. Pero hay algo en ti que me cambia el rumbo. Y sé que soy mayor. Sé que todo esto es mucho, pero si me das la oportunidad… voy a cuidarte. No permitiré que nadie te haga daño.Ni siquiera yo.
Alcé la vista hacia él. Me temblaban los dedos.
Y entonces, su voz bajó aún más.
—¿Puedo besarte?
Sentí que el tiempo se detenía.
Asentí, apenas, con un movimiento sutil de la cabeza.
D’Angelo se acercó con una calma que me desarmó.Su mano subió despacio hasta mi mejilla, y la acarició con la yema de los dedos.
Su roce era cálido. Tranquilo. Humano.
Y entonces, me besó.
Fue un beso lento.Tan lento como si el mundo se hubiera apagado alrededor.No hubo fuego ni urgencia. Solo una suavidad nueva para mí.
Me aparté apenas, confundida, y susurré:
—No sé besar…
Él sonrió, con ternura.
—Entonces déjame enseñarte.
Volvió a juntar su boca con la mía. Esta vez, con más intención.Movimientos pausados. Guiados. Como una danza delicada.Su mano seguía en mi mejilla, acariciando, como si quisiera decirme con su piel todo lo que su voz aún no podía.
Y mientras lo dejaba hacer, mientras mi cuerpo aprendía algo que no estaba en los concursos ni en las canciones…