Comprometida con un Santoro.

1206 Words
Estaba doblando un vestido dentro del bolso de tela. Llevaba la cabeza baja, los dedos temblorosos. Intentaba mantener la calma, aunque por dentro me sentía como una mariposa encerrada en una caja de vidrio. Mi tía me había dicho que esa misma tarde me llevaría a la casa de la señora Ornella. Otro escondite. Otra jaula distinta. Pero al menos allí no tendría que dormir pensando en manos cortadas ni hombres colgados frente a bares. O eso me repetía a mí misma para no llorar. Escuché sus tacones en el pasillo. Estaba hablándole por teléfono a alguien, usando ese tono distante que usaba cuando quería parecer más rica de lo que éramos. Fue entonces cuando se escucharon los pasos. Pesados. Firmes. Varios. —¿Quién es? —gritó mi tía desde el pasillo. La puerta principal se abrió con fuerza. Greta salió al recibidor con gesto furioso, pero se quedó paralizada cuando los vio. Tres hombres vestidos de n***o, con el emblema dorado de la familia Santoro prendido en las solapas del saco. El símbolo de la serpiente cruzada por una daga. Uno de ellos habló con voz neutra, como si dijera algo tan normal como que había llegado el correo. —El Don los espera. —¿Ahora? —preguntó mi tía, tensa—. ¿Qué clase de cita es esta? —No es una cita —respondió el mayor—. Es una orden. Me asomé desde la puerta del cuarto, con el bolso aún entre las manos. Los ojos del hombre se posaron en mí. —La señorita Rivas debe venir. Ya llegó el momento. Greta frunció el ceño. Quiso protestar, pero otro de los hombres ya se había adelantado y me había hecho una seña para que lo siguiera. —Suban. Ahora. No preguntaron. No dieron detalles. Simplemente nos empujaron con la urgencia de quien no tolera demoras. Greta tomó mi brazo, murmurando algo entre dientes, y caminamos hacia el exterior. Afuera había un coche n***o, idéntico a los que había visto en las puertas de los clubes del Don. La puerta trasera estaba abierta. Nos subieron sin decir una palabra. El silencio dentro del coche era tan denso como la niebla del amanecer. La puerta se cerró con un sonido hueco. El coche arrancó. Greta se acomodó con rigidez junto a mí. No me miró. Solo habló en voz baja, sin mover los labios demasiado. —Escúchame bien, Alai. No vas a decir ni una sola palabra cuando lleguemos. Ni una. ¿Me oyes? —¿Qué está pasando? —susurré, sintiendo que el corazón me golpeaba en la garganta. —No lo sé —dijo, aunque el temblor en su voz la traicionó—. Pero Fontana apareció muerto, Alai. Y nosotras… nosotras fuimos las últimas en verlo con vida. Y tú… —me miró de reojo, apretando los dientes—. Tú estuviste a solas con él. Si esto es una represalia, si creen que tenemos algo que ver… —¡Pero yo no hice nada! —Y eso no importa. En este mundo, no hace falta hacer algo. Basta con estar en el lugar equivocado. Me quedé en silencio, apretando las manos contra las rodillas.El coche giró una esquina, y luego otra.No reconocía las calles. No tardamos en llegar. La mansión Santoro se alzaba como un castillo maldito, con sus muros de piedra blanca, sus columnas imponentes y faroles encendidos aunque aún quedara luz del día. Era la casa más grande de toda Sicilia, lo sabía desde niña. Nadie osaba hablar de los Santoro en voz alta, y menos de lo que ocurría dentro de esas paredes. Los escoltas nos hicieron bajar sin demasiadas palabras. Solo gestos firmes. Entramos por una puerta lateral que daba directamente a un pasillo de mármol. Todo allí olía a cuero, tabaco y poder. El aire se sentía más denso, como si hasta la gravedad obedeciera al Don. Al fondo, en un salón adornado con cortinas pesadas y retratos de generaciones que nos miraban como jueces muertos, él estaba esperándonos. El Don.Dante Santoro. Alto, de espalda recta, cabello oscuro salpicado de canas perfectamente peinadas hacia atrás. Sus ojos eran azules, helados, exactamente como los de D’Angelo, que se encontraba de pie a su lado, con un traje impecable y esa expresión que nunca se quebraba. Ni una emoción. Ni una fisura. Mi tía se aclaró la garganta con nerviosismo y me dio un leve empujón en la espalda. Tragué saliva y di un paso al frente. —Buenas tardes —dijo Greta con una sonrisa educada, que no alcanzaba a tocar sus ojos—. Es un honor estar aquí, Don Santoro. —Señora Rivas —respondió el Don, sin moverse ni un centímetro—. Tomen asiento. Yo no saludé. No sabía si debía inclinar la cabeza, hacer una reverencia, hablar o quedarme muda. Solo me mantuve detrás de mi tía como si aún tuviera cinco años. —Saluda, Alai —susurró Greta entre dientes, empujándome un poco más. —Buenas tardes… señor Santoro —logré decir, clavando los ojos en el suelo. —Buenas tardes, señorita Rivas —respondió el Don, con tono neutral—. Acompáñenme. Esto no será una conversación larga. Nos sentamos en un diván de terciopelo frente a su gran escritorio. D’Angelo permanecía de pie, detrás de su padre, sin decir una sola palabra. Yo podía sentir su mirada sobre mí, fría y recta. Como si me estudiara. Como si no olvidara… y sin embargo, nunca hubiera recordado. El Don cruzó los dedos sobre la madera oscura del escritorio. —He tomado una decisión —dijo—. Dado lo ocurrido con el señor Fontana, y considerando las circunstancias… el compromiso con la señorita Rivas debe reorganizarse. —¿Reorganizarse? —preguntó Greta con el ceño fruncido—. ¿No se refiere a cancelarlo? —No —dijo Dante—. Me refiero a sustituir al prometido. Greta se tensó. Yo me quedé sin aliento. El Don se giró levemente hacia su hijo. —D’Angelo asumirá el compromiso. Mi estómago se hundió como si me hubieran lanzado al mar con piedras atadas a los tobillos. —¿Qué? —alcancé a murmurar. D’Angelo, inmutable, simplemente asintió con la cabeza. —Acataré su decisión, padre —dijo con su voz perfecta. Formal. Lejana. Como si habláramos de una firma de contrato, no de un matrimonio. Greta reaccionó antes que yo. —Por supuesto, Don Santoro. Mi sobrina es una joven educada y pura. Será una excelente esposa para su hijo mayor. Yo no podía creer lo que estaba escuchando.¿Así? ¿Tan simple? ¿Una vida reorganizada con un gesto? Quise hablar, gritar, pero la mirada del Don me cortó el impulso. —El compromiso se anunciará oficialmente en el aniversario de la familia, dentro de una semana. Esperamos discreción hasta entonces. Me aferré a los brazos del sillón como si fueran a salvarme de caer. D’Angelo no me miró ni una sola vez más. Y aun así, sentí que ya no tenía escapatoria. Me estaban entregando al hielo, pero en las sombras, sé que el fuego estaba esperando. Porque si el Don me había elegido para su hijo… el Diablo no tardaría en reaccionar.
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