Me desperté antes de que el sol saliera del todo. A pesar del abrazo de D’Angelo y del calor suave de su cuerpo a mi lado, no podía dejar de pensar en los análisis. En la sangre. En el desmayo. En la posibilidad de que algo dentro de mí estuviera cambiando sin que yo pudiera detenerlo. D’Angelo me llevó en silencio a la clínica. No me soltó la mano en ningún momento, aunque su rostro estaba tan hermético como siempre. Solo me miró una vez, mientras esperábamos sentados en la sala blanca, impersonal, estéril. Me apretó los dedos y no dijo nada. Pero ese gesto bastó para que mi pecho se llenara de miedo y ternura al mismo tiempo. Cuando el doctor entró, yo ya me había preparado para cualquier cosa. O eso creía. —Señorita Alai —dijo con su tono profesional—, sus análisis han llegado. Está

