La invitación de Aldo.

1179 Words
Cuando termina la práctica, estoy agotada, pero finjo que no. Greta odia el agotamiento en público. Me arreglé el cabello, me puse brillo en los labios y salí a la terraza exterior de la academia, donde algunas alumnas toman sol como si no fueran hijas de familias mafiosas. Viridiana me esperaba allí, recostada con una copa de jugo de naranja como si estuviera en Capri. —¿Sobreviviste a la Moretti? —pregunta, alzando una ceja oscura—. Estaba segura de que hoy te desmayabas en el piano. Si lo hacías, juro que fingía llanto de película. —Una más y me convierto en tecla —le dije, dejándome caer junto a ella. Otras chicas se unieron a nosotras. Valeria, Isadora, y Carmela, que hablaban de vestidos, bodas arregladas y cuál de los herederos Santoro tenía mejor mandíbula. Yo me reí, fingí atención… y entonces escuché su nombre. —Aldo, por aquí —gritó Viridiana, alzando la mano. Un chico apareció desde el portón de entrada. Tenía el cabello castaño claro, la piel bronceada y una sonrisa fácil, de esas que los hombres heredan junto a la seguridad del apellido. Era el primo de Viri, lo había visto una vez en una entrega de premios. Lo recordaba porque me había lanzado una mirada demasiado larga. —Alai Rivas —dijo con voz melodiosa, acercándose—. Pensé que eras solo un mito, una cara en el escenario. Pero eres real. Más hermosa que un pecado. —Hola —respondí, intentando no ruborizarme. —Me encantaría invitarte a salir —continuó, ignorando el grupo que ya cuchicheaba detrás de nosotros—. Un paseo. Una cena. Un café con vista. Lo que quieras. Tragué saliva. Había aprendido a rechazar con dulzura.A ser educada incluso cuando me asustaban un poco. —Lo siento. Estoy ocupada. Mis días están... llenos. Él rió, sin molestarse. Como si supiera que el "no" de una chica como yo no siempre era definitivo. —Debes hablar con su tía, entonces —dijo Viridiana con una sonrisa juguetona—. Greta adora los buenos apellidos, ¿no? —No te atrevas —le dije bajito, entre dientes, con una mezcla de burla y súplica. Estábamos aún en la terraza cuando la vi llegar. Tía Greta. Con su andar seguro, su abrigo beige sin una sola arruga y ese peinado recogido que jamás se despeinaba ni con el viento siciliano. Caminaba como una reina vieja pero intacta, y detrás de ella venía nuestro chófer, recto como un soldado. —La Inquisición llegó —murmuró Viridiana con una sonrisa torcida, sin dejar de mirar a mi tía. Aldo también la vio. Y cometió el error de acercarse. —Signora Greta —dijo con voz educada, con ese tono que usan los jóvenes bien entrenados para hablar con las mujeres de la aristocracia—. Quisiera pedirle permiso para invitar a su sobrina a salir una tarde. Nada inapropiado. Solo una conversación y una copa en algún lugar decente. Greta no sonrió. No parpadeó. Solo lo miró como si lo hubiera descubierto manchado. —¿Y tú quién eres? —preguntó, sin molestarse en suavizar el tono. —Aldo Martelloni, señora. Primo de Viridiana. Ella ladeó ligeramente la cabeza. —Sé quién es tu familia —dijo al fin—. Y no me desagradan. Pero mi sobrina no sale con muchachos que se atreven a pedirle una cita en público como si fuera una artista de cabaret. Las muchachas decentes se valoran en silencio. Y tú acabas de gritar un precio en voz alta. Aldo bajó la mirada, avergonzado. —Disculpe, no fue mi intención ofender —respondió con dignidad. —Por supuesto que no. Pero lo has hecho igual —concluyó Greta—. Ahora, si me permites, debo llevarme a Alai. Tiene una clase privada de canto. Una voz como la suya no debe contaminarse con banalidades adolescentes. Me miró, y yo obedecí sin discutir. Mientras caminábamos hacia el coche, sentí la presión de su mano en mi espalda como una advertencia muda. Me subí detrás de ella, sin mirar atrás. Ni siquiera a Viridiana. Solo cuando el coche avanzó y vi por la ventanilla a Aldo alejarse con las manos en los bolsillos, comprendí algo. No importa cuán educado sea un muchacho. No importa si es gentil, apuesto, rico. Si no fue elegido por ella, entonces no existe. El interior del coche olía a cuero caro y perfume francés. El silencio entre nosotras era habitual, pero ese día pesaba más de lo normal. Mi tía se acomodó con la espalda recta, mirando por la ventanilla como si la calle le resultara vulgar. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en la manera en que Aldo bajó la mirada… ni en cómo Greta lo había pulverizado sin perder la compostura. No lo pensé mucho. Solo lo dije. —Tía… Ella no respondió de inmediato, pero movió ligeramente el rostro hacia mí. Su perfil era imponente incluso sin palabras. —Es mentira —confesé, en voz baja—. No tengo ninguna clase de canto esta tarde. El coche siguió avanzando, y ella respiró hondo antes de hablar. —Lo sé —respondió con calma, sin alterarse—. Pero necesitabas una salida elegante para alejarte de ese muchacho, y yo te la di. —Tía, él solo me habló con educación. No fue grosero. —No te quiero cerca de ese tipo de hombres, Alai. —Pero tiene buen apellido… Greta soltó una risa breve, seca. Como si hubiera escuchado una tontería que no merecía explicación. —También lo tenía tu abuelo, y eso no impidió que le arruinara la vida a media ciudad —replicó—. El apellido no es suficiente. Aldo Martelloni no tiene buena reputación. Y cuando un hombre joven habla demasiado, usualmente es porque no piensa cumplir nada de lo que promete. La miré de reojo. —¿Qué ha hecho? —Suele ilusionar a las muchachitas. He oído que ha dejado a dos prometidas plantadas en menos de un año. —Su voz se volvió más firme—. Una de ellas intentó quitarse la vida, ¿lo sabías? ¿Y sabes lo que hizo él? Se fue a Capri a pasar el verano. Guardé silencio. No por obediencia, sino porque… no sabía qué decir. Aldo me había parecido amable. Pero Greta no dejaba espacio para dudas. —No permitiré que nadie te toque solo porque sonríe bonito —añadió, y ahora su tono era el de siempre: el de quien firma un decreto imperial—. Tu cuerpo no es moneda de cambio, Alai. Yo he trabajado demasiado para convertirte en algo valioso como para que termines siendo la anécdota vergonzosa de algún idiota con apellido. Me quedé quieta. Apretando las manos sobre mi falda. No dije nada. Pero por dentro, una voz me susurró algo que no venía de mí.Una voz oscura, dulce… y peligrosa. > "¿Y si quiero que alguien me toque? ¿Y si deseo que lo haga alguien que no pide permiso?"
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