Solo una mercancía

1023 Words
Ha pasado un mes desde la última nota. Un mes desde la rosa negra en mi almohada. Un mes desde que sentí que alguien —algo— se deslizaba por las grietas de mi mundo de cristal. Y, sin embargo, todo ha seguido como si nada. Me levanto a las seis, practico canto, estudio, sonrío cuando debo, me callo cuando lo espera. Tía Greta dice que las muchachas valiosas son como joyas: no hablan a menos que se las saque de la vitrina. Hoy me están midiendo para un vestido nuevo. —Levanta los brazos —dice la modista, mientras sus dedos fríos corren por mis costillas—. No respires hondo, por favor. Estoy en ropa interior de seda, parada sobre una tarima de mármol, con las paredes cubiertas de telas traídas de París. Greta está sentada en una butaca, hojeando catálogos como si fueran tratados de guerra. A veces pienso que disfruta más este ritual que yo misma. —¿Para qué ocasión es el vestido? —me atrevo a preguntar. Greta no levanta la vista. —Para una cena. —¿Una cena… con quién? Silencio. La modista me da una mirada fugaz, incómoda. —Tía… ¿de dónde estás sacando dinero para todo esto? —insisto, apenas en un susurro—. Últimamente no hemos tenido ingresos grandes, y estás gastando como si estuviéramos… —Cállate, Alai. Su voz suena tersa. No alza el volumen, pero cada palabra me corta como una aguja. —No te corresponde preguntar eso. Ya está todo arreglado —añade. —¿Qué cosa está arreglada? Ahora sí me mira. Y sé que no me gustará la respuesta. —Tu futuro, Alai. Como debe ser. Te casarás. Mi corazón da un vuelco que no sé cómo ocultar. —¿Qué…? —mi voz se apaga a mitad de palabra—. ¿Con quién? Greta cierra el catálogo con elegancia. Cruza las piernas. Respira como si cada palabra fuera una oración perfectamente redactada. —Con el señor Fontana. No necesito más. El nombre cae como plomo en mi estómago. —¡Es un señor mayor! —exclamo, bajándome de la tarima sin importar la indignación de la modista—. ¡Tiene más de cincuenta años, tía! Es amigo del papá de Viridiana. ¿Cómo… cómo puedes pensar siquiera en eso? —Tiene poder. Tiene tierras. Tiene conexiones en la familia Santoro. —Su tono no se altera—. Y está dispuesto a pagar una suma importante por ti. Eso lo convierte en un caballero. —¿Pagar por mí? —mi voz tiembla, no de tristeza, sino de furia—. ¿Soy una mercancía ahora? —No seas vulgar —me espeta, poniéndose de pie—. No es una transacción. Es un acuerdo. Es lo que hacen las familias que saben sobrevivir. No te estoy vendiendo. Te estoy protegiendo. Tú no tienes idea del mundo real, Alai. —¡Tú no tienes idea de lo que yo quiero! La miro. Directo a los ojos. Por primera vez sin miedo. —No me interesa lo que quieres. Me interesa lo que mereces —responde ella, muy tranquila—. Y mereces un techo, un apellido firme, y una vida sin escándalos. Me doy la vuelta. Camino hasta el perchero. Me cubro con una bata ligera. Intenté no llorar. Lo hice de verdad. Me repetí las palabras de mi tía: que las mujeres valiosas no derraman lágrimas en público, que una dama jamás se descompone. Pero en cuanto crucé la puerta de casa, con ese vestido que odiaba y las palabras de Greta repitiéndose en mi cabeza como un veneno lento, supe que no aguantaría más. Me vestí sin ganas, sin pensar. El mismo abrigo de siempre, los zapatos justos. Salí como si la calle fuera un escape, un túnel oscuro pero propio. Caminé y caminé más. No sabía adónde iba, solo sabía que si me quedaba, me asfixiaría. Las lágrimas me ardían, pero no corrían. Me ardían como fuego detrás de los ojos. Como gritos que no se animaban a salir. Crucé la calle sin mirar y entonces, un coche se detuvo bruscamente a centímetros de mí. El chirrido de las ruedas rompió el silencio, y alguien gritó desde dentro. —¡Señorita Rivas! Parpadeé, aturdida. La puerta se abrió y de ella bajó D’Angelo Santoro. Su presencia era igual que siempre: elegante, rígida, contenida. Ni un cabello fuera de lugar, ni una emoción fuera de control. Pero esta vez, en sus ojos azules, había algo distinto. No miedo.Curiosidad. —¿Está bien? —preguntó, acercándose sin tocarme. Y entonces, sin pensar, sin medir consecuencias, hablé. —Por favor… se lo ruego… —mi voz se quebró—. Hable con su padre. Él es el Don. El Don debe aprobar las bodas… y mi tía… ella quiere casarme… D’Angelo me observó con una expresión casi clínicamente contenida. —¿Con quién? —preguntó en tono bajo, como si quisiera que no lo escuchara el mundo. —Con el señor Fontana —susurré. Y al decirlo, fue como si pronunciara una condena. Él suspiró. —Si se trata del señor Fontana, no puedo intervenir —dijo al fin, y su voz fue una sentencia helada—. Tiene negocios con mi padre desde hace años. Es uno de sus aliados más antiguos. Cualquier palabra que yo diga… podría ser malinterpretada. —¿Eso significa que está bien? —mi voz sonaba infantil, herida—. ¿Que un hombre me compre y nadie diga nada? D’Angelo bajó la mirada un instante. Luego, su postura se volvió aún más recta. —Lo siento, señorita Rivas. Pero no es mi lugar intervenir en decisiones de familia ajena. Ahí supe que no me veía. No realmente. Yo no era más que un nombre educado, una joven que saludaba en las galas, una voz bonita de academia. Nada más. Me giré. —Gracias por no atropellarme —dije, con una pequeña reverencia—. Pero no necesito que me salve de un coche, señor Santoro. Y me alejé, con el corazón rompiéndose paso a paso.
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