D'Angelo Santoro
No debería haberme afectado.
En este mundo, las cosas se resuelven con acuerdos, no con emociones.
Pero la forma en que la señorita Rivas me miró hoy… con los ojos rotos y la voz temblando… me dejó un sabor amargo que no supe tragar.
“Por favor… hable con su padre… mi tía quiere casarme…”
No tenía más de dieciocho años y ya hablaba como quien ha aprendido que nadie la salvará.
Al regresar a casa, subí al despacho de mi padre sin anunciarme. No lo necesitaba. Cuando algo me molestaba, él lo sabía antes de que yo abriera la boca.
Dante Santoro estaba de pie frente a la biblioteca, hojeando unos papeles. Llevaba un traje oscuro impecable y el rostro sereno del que lo ha visto todo. Un puro descansaba apagado en el cenicero de mármol. No alzó la vista hasta que estuve a menos de un metro.
—D’Angelo —dijo con tono neutro, sin sorpresa—. Supongo que no vienes a hablar de negocios.
—No, vengo a hablar de una muchacha.
Le vi fruncir levemente el ceño. Crucé los brazos.
—Hoy vi a la sobrina de Greta Rivas. La muchacha… Alai. Estaba llorando, me pidió que hablara contigo. Su tía pretende casarla con el señor Fontana. Tiene dieciocho años, papá.
Dante me miró un instante en silencio. Luego volvió a dejar los papeles sobre el escritorio con calma.
—Fontana es un hombre útil. Tiene empresas legales, una presencia limpia y aporta dinero cuando lo necesitamos. Tengo negocios con él desde hace más de quince años. No voy a manchar esa relación por una chiquilla.
—¿Y eso justifica que se le entregue una niña? —repliqué, en un tono que no logré suavizar.
Mi padre caminó lentamente hasta su silla, se sentó con esa autoridad que no necesita levantar la voz.
—No estoy entregando a nadie, D’Angelo. Y no es asunto nuestro si Greta pretende hacerlo. Ella sabrá lo que hace… aunque sea una sinvergüenza, pero no olvides algo —alzando el índice—: yo soy el Don. Ese tipo de decisiones pasan por mi palabra y no he autorizado nada aún.
—Entonces impídelo —dije—. Basta con que digas que no lo autorizas. Que no permitirás esa clase de arreglo en tu territorio.
Dante me observó como si acabara de decir una tontería. Su mirada era gélida, serena, pesada.
—No intervengas. No ahora. Eres el mayor de mis hijos, y sí… algún día serás el Don, pero no lo eres todavía. Mientras yo respire, no actuarás sin mi permiso.
El silencio se volvió espeso.
—Y si la niña te ha tocado algún nervio —añadió con una sonrisa seca—Más razón para mantenerte lejos. No mezclamos negocios con emociones, hijo. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
No respondí.Me limité a salir del despacho, pero la puerta, al cerrarse, no apagó lo que ya había despertado en mí.
Y mientras mi padre hablaba de política y poder…Yo solo podía pensar en los ojos de Alai y en algo oscuro que ya se movía dentro de mí, dispuesto a desafiar todo.
Estaba bajando las escaleras de mármol cuando me crucé con Derek. Llevaba la camisa desabrochada y una sonrisa como si nada en el mundo pudiera tocarle, lo que, conociéndolo, era más una amenaza que un consuelo.
Yo soy el mayor. Después viene él. Y por último, Dimitri.Tres hermanos. Tres reflejos del mismo apellido.
Dicen que nos parecemos demasiado. Mismo cabello oscuro, mismo andar, misma forma de mirar en silencio antes de actuar. Pero no somos iguales.
Yo soy el frío.El que nunca pierde el control, el que aprendió a cerrar la boca antes que el puño.
Derek es la bomba de tiempo. Puede ser encantador o letal, depende del minuto. Vive con una carcajada en los labios y un cigarro mal apagado en los dedos.
Dimitri… es otra cosa. No es cruel, ni impetuoso. Es metódico. Serio. El más parecido a mamá, si alguien la recuerda.
—¿Pensando en cómo matar a alguien sin dejar rastro? —preguntó Derek con esa sonrisa suya, apoyándose en la baranda como si la casa no le pesara.
—Pensando —respondí simplemente.
—¿En la niña bonita, tal vez? —añadió con tono burlón—. ¿La sobrina de Greta? Dicen que es intocable.
Me detuve en seco.
—No te metas con eso.
Derek alzó ambas manos, fingiendo inocencia.
—Tranquilo, hermano. No me interesan las niñas rotas. Solo las que ya saben en qué mundo viven.
Quise replicar, pero no lo hice. Él ya había bajado los últimos escalones, silbando algo en italiano.
Pensé en Dimitri. El menor. El más reservado.
Nuestra madre murió al darle a luz.
Yo tenía cuatro años cuando eso pasó, y aún recuerdo el vestido n***o de la niñera, el olor a cera y flores marchitas.
Papá no volvió a hablar de ella y ahora estamos aquí.Tres hermanos. Tres hijos del Don.
Uno será el heredero, yo por herencia porque soy el primogénito aunque si me consideran débil podría cualquiera de mis hermanos tomar el papel, papá debe decidir antes de morir.
Los otros… el mundo decidirá qué hacer con ellos.