La promesa del Diablo.

988 Words
Estaba furiosa.Ni siquiera podía respirar bien del enojo. Cada vez que la estilista me rozaba el rostro con la brocha del maquillaje, tenía que contener el impulso de apartarla de un manotazo. —No frunzas el ceño, querida —dijo mi tía Greta con suavidad fingida mientras inspeccionaba mi vestido—. No se puede lucir hermosa si tienes cara de disgusto. Las emociones se reflejan, Alai, incluso las más pequeñas. Aprende a disimular. Cerré los ojos un instante.La estilista seguía cepillando mi cabello con delicadeza, alisando mis rizos con paciencia.El vestido era entallado, color vino oscuro, con encaje en el escote y espalda semidescubierta. Me hacía ver mayor. Mucho mayor.Como si alguien me hubiera disfrazado de mujer para una obra en la que no pedí actuar. —¿Y si no quiero bajar? —pregunté sin mirarla. Greta dejó escapar una risa breve, seca. —No seas ridícula. ¿Sabes cuántas niñas darían lo que fuera por tener esta oportunidad? El señor Fontana es influyente, elegante, generoso… y se ha fijado en ti. Eso no ocurre todos los días. No respondí.No podía.La rabia me subía por la garganta como una espina. Minutos después, estaba bajando las escaleras con pasos lentos, sintiendo el corsé del vestido cortarme el aliento. La casa tenía ese silencio tenso que solo ocurre cuando hay alguien importante en el salón. Y ahí estaba el señor Fontana. Hombre corpulento, de cabello gris y un bigote cuidadosamente recortado. Traje oscuro de tres piezas, reloj de oro grueso en la muñeca. Su piel olía a colonia cara, pero detrás de eso… había algo más. Algo rancio. Algo que no se podía disimular. Su mirada se deslizó por mí como un cuchillo caliente.Lenta. Invasiva. Lasciva. —Dios mío, Greta… —murmuró, sin disimular su sonrisa—. Está preciosa. Parece una muñeca de porcelana. Una muñeca hecha para quedarse sentada en una vitrina. Intacta. Sentí un escalofrío que me recorrió la nuca. Mi tía soltó una risita falsa. —Siempre tan encantador, Arturo. Le he enseñado a comportarse como una señorita, como corresponde a su edad. La academia ha sido estricta, y yo también. Puede confiar en que nadie ha… interferido en su educación. Él se giró lentamente hacia ella, con un brillo viscoso en los ojos. —¿Estás segura, Greta? —preguntó con una voz que me hizo querer desaparecer—. ¿Ningún crío insolente ha intentado probar algo antes que yo? Tuve que apretar los puños para no llorar. Mi tía, sin perder la sonrisa, respondió: —La he cuidado como a un diamante. Usted será el primero en todo. Nos sentamos en la mesa del comedor, rodeados de candelabros encendidos, copas alineadas, y una vajilla que mi tía sólo sacaba para impresionar. Yo me sentía como una figura decorativa. Un adorno más en medio de esa escena teatral. Fontana comía con lentitud, como si cada bocado fuera parte de un ritual. Me hablaba de lugares que no me importaban, negocios que no entendía y cenas a las que —según él— “me acostumbraría pronto”. Yo apenas probé la sopa. Me dolía el estómago. Me dolía el alma. —El Don ya ha dado su aprobación —dijo de pronto, limpiándose la boca con la servilleta bordada—. La boda será en un mes. Justo después de que vuelva de Milán. Mi mano tembló ligeramente sobre la cuchara. No miré a nadie. No dije nada. Mi tía sonrió satisfecha, como si acabara de cerrar un trato brillante en el mercado. —Perfecto —respondió ella—. Justo como lo habíamos hablado. Alai estará lista. Entonces su móvil sonó. Era raro. Nunca lo llevaba a la mesa. Se disculpó con una inclinación leve y salió de la sala. Fue solo un minuto. Un minuto que bastó para que todo cambiara. Fontana me miró fijamente. Su rostro se suavizó, pero no en el buen sentido. Su mirada se volvió más pesada, más íntima, más sucia. Me sentí atrapada. —Sabes, Alai… —dijo, inclinándose hacia mí—. Vas a ser una esposa hermosa. Lo eres ya. Una joya, como dice tu tía. Quise alejarme, pero mis piernas no respondían. —Tienes una piel… perfecta —susurró. Su mano se deslizó por debajo del mantel, acercándose a mi pierna—. Dime, ¿te han dicho lo bien que te queda ese vestido? Su mano rozó la tela cerca de mi rodilla. Yo me congelé. El corazón me golpeaba en las costillas como si quisiera salirse. Y entonces… lo hizo. Intentó subirme la falda. —A veces cuesta creer que aún seas tan… inocente —susurró—. Pero no te preocupes, yo sabré cuidarte. Te enseñaré con paciencia. Como un hombre enseña a su mujer. Lo empujé. No con violencia. No con fuerza. Pero lo hice. Él se detuvo. Me miró con una sonrisa torcida. —No tengas miedo, tesoro. Dentro de poco ya no tendrás que resistirte. Serás mía. Mi respiración era corta, entrecortada. Mis ojos ardían. Quise correr, pero mis piernas estaban clavadas al suelo. —Disculpe —dije con la voz más firme que encontré dentro de mí—. Necesito ir al baño. No esperé su respuesta. Me levanté y caminé rápido, sin mirar atrás. Corrí por el pasillo, subí los escalones de mármol sin pensar, hasta encerrarme en mi habitación. Cerré con llave. Me apoyé contra la puerta. No lloré. Aún no. Aún no. Sobre el tocador, descansaba una nueva rosa negra. Y al lado, una nota escrita en tinta oscura: > “No permitiré que te toquen. Nadie toca lo que es mío. Tu voz me pertenece, Alai. Y pronto, también tu cuerpo. – El Diablo.” Esta vez, sí lloré, pero no de miedo. Lloré porque por primera vez, alguien decía que no permitiríay aunque esa promesa viniera del infierno…Sonaba más sincera que todo lo que había escuchado en mi vida.
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