Ella es mia.

776 Words
El Diablo La noche olía a pólvora antes siquiera de que disparáramos. Nos movimos en silencio.Cinco de mis hombres, todos entrenados para matar sin pestañear.La casa del miserable de Arturo Fontana estaba demasiado iluminada para alguien que se sentía seguro. Pero esa fue su última ilusión. Apenas cruzamos la verja, uno de mis hombres colocó el silenciador y disparó a los guardias. Dos tiros certeros en la cabeza.Ni gritaron. Ni supieron qué los mató. El resto fue aún más simple.La mansión no tenía más protección que el nombre. Un apellido viejo y una cama tibia que lo esperaba. Subimos las escaleras.No corrí. No necesitaba hacerlo.Cuando soy yo quien entra, el tiempo se detiene. Abrí la puerta sin golpear. Allí estaba él con una bata ridícula y una copa de coñac en la mano.Se incorporó sobresaltado. —¿Tú qué haces aquí? —soltó con voz pastosa—. ¡¿Qué es esto?! ¡Tengo relaciones con el Don! Me detuve a un metro de su cama. Saqué mi arma.No lo apunté a la cabeza. No.Apunté donde dolería más. Tres disparos.Secos. Precisos. Todos en la entrepierna. Gritó como un cerdo degollado. Se retorció, la sangre empapando las sábanas blancas.Sus manos temblaban, intentaba contener el flujo…No había forma. Me incliné junto a él, con calma, y le hablé al oído.Mi voz era baja, como un secreto sucio. —Tocaste lo que es mío.Pronunciaste su nombre con esa lengua podrida.Soñaste con violar su pureza como si fuera tu derecho. Sonrió con dolor, los ojos inyectados. —Estás loco… tú no puedes… no tienes autorización… Sonreí porque no la necesito. —El Diablo no pide permiso, Fontana. El Diablo solo cobra.Y tú… ya estabas sentenciado desde que pensaste en levantarle la falda. Se estaba desangrando, pero no iba a matarlo. Me giré hacia uno de mis hombres. Lloraba. Lloraba como un niño. Como un cobarde. Como lo que era: un desgraciado miserable que pensó que el poder le daba derecho a ensuciar la inocencia. Su cuerpo temblaba, empapado de sangre, y aún tenía la absurda esperanza de que yo me iría, de que el castigo había terminado con los disparos. —Por favor… basta… por favor… Susurraba, con la voz quebrada, como si supiera rezar, pero los rezos no sirven cuando el infierno está en la habitación. Saqué mi navaja, no era cualquiera. Era la que llevo para los trabajos personales. Acero templado. Hoja delgada, afilada como mi voluntad.El mango, tallado con un símbolo antiguo.Uno que nadie reconoce… hasta que es demasiado tarde. Me arrodillé frente a él.Le tomé la muñeca con fuerza. —No llores tanto, Fontana.A ti no te duele tanto perder la mano… como perder el poder que creías tener. Entonces, con precisión, lo hice. Corté lento y delicado como si deshojara una flor enferma. Él gritó, un alarido que probablemente despertó a los muertos.Yo no aparté la vista, tenía que verlo, tenía que recordarlo todo. La mano cayó al suelo con un golpe húmedo. Una ofrenda a mi furia. —Cada dedo que levantaste contra ella… ha muerto contigo —susurré mientras limpiaba la hoja con un pañuelo n***o. Me levanté.Me giré hacia mis hombres, implacable. —Cuelguen su cuerpo en la entrada del club. Que lo vea toda la maldita ciudad. Uno de ellos asintió.Sabían el protocolo. Salí de esa casa con las botas manchadas de sangre.La noche me recibió como si yo fuera su dueño porque lo soy y mientras el mundo sigue girando en su farsa,yo escribo las reglas.Y la primera es simple:Nadie toca a Alai, nadie. Tomé el auto y conduje hacia mi casa. Necesitaba silencio, oscuridad, control. Aún tenía restos de sangre bajo las uñas, pero no me molesté en quitarlos. Me gustaba la sensación. Me recordaba lo que acababa de hacer… por ella. La ciudad pasaba a mi lado como un animal moribundo. Las luces eran lejanas, borrosas, como si el mundo ya no importara. Porque no importa. Sólo ella importa. Alai. D’Angelo no lo entiende. Él cree que puede protegerla con palabras bonitas, con respeto, con educación. Cree que su voz suave la cuidará. Es un idiota. No ve que el mundo está lleno de dientes. No ve que ella necesita algo más. Ella necesita al Diablo. A mí. Su voz es mía. Su cuerpo es mío. Su miedo también me pertenece. Y cuando por fin me mire sin terror… entonces lo entenderá. Entenderá que la pureza no se guarda, se defiende. Y que yo mato por lo que es mío. Apreté el volante con fuerza. Las venas me ardían. Esa mujer es mía. Solo mía. Y el que se atreva a dudarlo… terminará colgado como el último.
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