Sin límites.

1660 Words
Pasé todo el día encerrada en la mansión. La abuela de D’Angelo me había hecho traer decenas de bolsas con ropa. Vestidos largos, telas pesadas, colores apagados. Ropa de señora, como si no supiera —o no le importara— que apenas tengo dieciocho años. —Debes aprender a atender a tu esposo —me repetía con una sonrisa tiesa—. Y si Dios quiere, pronto nos darás nietos. Tragué saliva. Asentí. Fingí que no me temblaban las manos. D’Angelo se había ido temprano con su hermano menor y su padre a la oficina. No me dijo a qué, solo que estaría fuera todo el día. Y Derek… Derek estaba en el jardín, lanzando piedras a una fuente vacía como si no tuviera nada mejor que hacer. Me acerqué. Él me vio venir y sonrió con ironía. —Ya lo sabes, ¿verdad? —preguntó sin rodeos. —¿Tú lo sabes? —repliqué, cruzándome de brazos. Él soltó una carcajada, de esas que no suenan alegres, sino peligrosamente divertidas. —Es un secreto familiar, cariño. Uno que todos fingimos no ver… hasta que lo tenemos de frente y ya es tarde. Lo miré a los ojos. Había algo turbio, algo profundamente roto en Derek. —Tal vez… con terapia. ¿Nunca intentaron ayudarlo? Podría hacerlo yo. Podría convencerlo. No sé, si es un trauma, si viene desde que era niño… —¿Terapia? —me interrumpió con burla—. El Diablo no necesita terapia, Alai. Necesita sangre. Es un asesino despiadado. Mucho peor que los Santoro o cualquier otro bastardo con pistolas. Se inclinó hacia mí con una sonrisa torcida. —El Diablo… es el arma secreta de nuestro padre. Es su legado. Su creación. ¿De verdad crees que quieren curarlo? Me quedé helada. No supe qué responder y entonces entendí.D’Angelo no estaba solo luchando contra algo interno.Estaba atrapado en algo más grande.En algo que tal vez… no quería ser detenido. —¿De verdad crees que quieren curarlo? —repitió Derek con esa media sonrisa torcida, como si disfrutara ver mi reacción. —No puede ser… —murmuré—. ¿Tú también estás de acuerdo con eso? ¿Con dejar que viva con esa sombra dentro? —¿De acuerdo? —se rió sin humor—. Nadie está de acuerdo, Alai. Solo aprendimos a vivir con ello. Es como vivir con una tormenta… no la controlas, solo esperas que no te parta el alma cuando caiga. —¿Y tú? ¿Le tienes miedo? —pregunté. —No —respondió con rapidez, pero luego bajó la mirada—. A veces sí. Pero más miedo me da lo que hará el día que te quite de en medio. Porque va a pasar. No ahora… pero va a pasar. Lo miré, incrédula. —¿Por qué dices eso? —Porque el Diablo no ama. Posee. Destruye. Y tú… —hizo una pausa, estudiándome— tú le gustas demasiado. —Yo no soy una posesión —dije, levantando el mentón. —No para ti. Pero para él sí. Lo vi en sus ojos, Alai. Te mira como si fueras suya desde que naciste. Y cuando el Diablo cree que algo le pertenece… no lo suelta nunca. Aunque eso implique matarlo todo a su alrededor. —Yo puedo ayudarlo —insistí, más para convencerme a mí misma que a él. —Tal vez. Pero ten en cuenta algo, cariño —dijo con una voz más baja, más amarga—: incluso si lo salvas… ¿quién te salva a ti? Las horas pasaron lentamente. Cada minuto se sentía como un latido más cerca del desastre. Sabía lo que vendría con la noche. Lo presentía en los huesos, como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo que mi mente aún no quería aceptar: el Diablo volvería. Estaba en mi habitación, arreglándome para bajar a cenar. Había elegido un vestido sencillo, el menos opresivo entre toda la ropa que me había comprado la abuela. Me recogí el cabello con dedos temblorosos, tratando de mantener la calma, de fingir que todo estaba bien, que yo podía con esto. Entonces escuché la puerta. Firme. Seca. Y después los pasos... fuertes, pesados, distintos. Me giré apenas y lo vi avanzar por el pasillo. Supe al instante que no era D’Angelo. Había algo en su mirada, en la forma de moverse, en su aura entera. Y luego lo noté: sus manos estaban manchadas de sangre. Seca en los nudillos. Aún húmeda en los dedos. Llevaba el saco colgando en una mano, la camisa desabrochada, su respiración agitada. —¿Qué pasó? —pregunté, sin poder ocultar el miedo en mi voz. Él me lanzó una mirada rápida, como si le costara regresar de donde sea que venía. —Unos hijos de puta creían que podían joder a mi padre —dijo con voz baja, cruda—. Así que los hice entender. Pasó de largo como si yo no estuviera ahí, directo al baño. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y pronto el sonido del agua llenó el silencio del pasillo. Me quedé inmóvil, mirando esa puerta cerrada, sintiendo el nudo en mi estómago apretarse aún más. No me había explicado nada. No me dijo si estaba herido. Ni siquiera si alguien más estaba muerto. Pero lo supe. Lo sentí en la piel, en el ambiente. Esa noche, el Diablo había regresado. Y esta vez, no solo traía sangre. Esta vez... venía por mí. Bajé a cenar con el estómago apretado y el corazón golpeando fuerte en el pecho. Ya todos estaban reunidos en el gran comedor: su padre en la cabecera, imponente como siempre; la abuela al costado, recta, con sus joyas brillando bajo la luz del candelabro; y los hermanos, cada uno con su propio aire oscuro. Derek fue el primero en notar mi expresión. —Ya apareció el Diablo, ¿verdad? —dijo con una sonrisa ladeada, burlándose. —No llames a tu hermano así —le pidió su abuela con tono cortante, pero sin autoridad real. Nadie en esa casa podía negar la verdad de lo que era. Y entonces lo vi. Bajaba por la escalera como si nada. Limpio, bañado, el cabello húmedo y el rostro sereno… pero yo ya sabía que esa calma era una mentira. D’Angelo —o lo que quedaba de él— caminó hasta mí y, sin pedir permiso ni importar quién mirara, me agarró de atrás. Una mano firme en mi cintura, su cuerpo pegado al mío. —Buenas noches, ángel —susurró junto a mi oído, con esa voz baja que me erizaba la piel—. ¿Me extrañaste? Me quedé helada. Sentía todas las miradas sobre nosotros, pero nadie dijo nada. Nadie se atrevió a interrumpirlo. Su padre seguía comiendo como si todo fuese normal, su abuela bebía vino con fingida indiferencia, y Derek simplemente se carcajeaba por lo bajo. El Diablo me giró apenas, hizo que lo mirara. —Estás hermosa. Aunque te noto un poco tensa… ¿no estarás asustada? —Estoy bien —dije, intentando mantenerme firme, aunque por dentro temblaba. Me besó la mejilla lentamente, demasiado cerca de los labios, como si lo hiciera solo para marcar territorio frente a todos. —Entonces siéntate a mi lado, cariño. Esta noche quiero tenerte muy cerca. Me senté a su lado, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, intentando no mostrar lo alterada que estaba. Él seguía pegado a mí, su brazo tras el respaldo de mi silla, sus dedos acariciando de vez en cuando mi nuca o bajando por mi espalda como si fuéramos una pareja enamorada... pero yo sabía que no era cariño lo que ardía en sus gestos. Era posesión. Los platos fueron servidos. El ambiente era denso, como si cada palabra pudiese encender un incendio. Derek cuchicheaba algo con el hermano menor, mientras la abuela mantenía una sonrisa tensa. Fue ella quien rompió el silencio. —Alai, querida… ya que estás aquí, deberías empezar a pensar en darme bisnietos. Esta casa necesita niños. Y tú eres joven, fértil. Es tu deber. Casi se me cae el tenedor. Abrí la boca, pero no llegué a responder. Él —El Diablo— habló primero, con una carcajada ronca que me recorrió la columna como un latigazo. —Descuida, abuela —dijo, mirando directo a Derek—. Ya me estoy ocupando de follarla como se debe. —D’Angelo… —intentó corregir la abuela con voz apagada. Él giró la cabeza con lentitud, helando el ambiente. —No me llames así. —dijo en voz baja, pero con una firmeza que dolía. Miró a Derek, casi retándolo—. Llámame como se debe. Derek alzó una ceja. —El Diablo, entonces. El favorito de papá. El Diablo sonrió, ladeando el rostro. —¿Y a ti te molesta? —preguntó con diversión cruel—. ¿Te jode que yo sea el que mata, el que resuelve, el que limpia la mierda que tú solo sabes mirar? Derek dejó la copa en la mesa. —A mí no me jode nada. Pero un día… vas a cruzar la línea, hermano. Y nadie va a poder recogerte del otro lado. Ni siquiera yo. El Diablo rio despacio. —Hermano, tú nunca has cruzado una línea en tu vida. Solo te gusta mirar cómo las cruzo yo, ¿no es cierto? Como papá. Como todos en esta jodida mesa. —No todos estamos tan enfermos —dijo Derek, pero sin convicción. El Diablo se inclinó hacia mí, ignorando a los demás. —¿Y tú, ángel? —susurró, su mano en mi muslo, su aliento en mi oído—. ¿Crees que estoy enfermo? Yo no dije nada. No pude.Él sonrió. —Perfecto. Así es como me gusta tenerte. Y supe entonces que nada, ni siquiera la familia, lo detendría porque en esa casa… el Diablo no tenía límites.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD