Lo contendre.

1099 Words
Cuando desperté, estaba completamente confundida. El calor de su cuerpo seguía envolviéndome, sus brazos me rodeaban con una fuerza protectora que, en ese instante, me hizo dudar de todo. Estaba enredada en las sábanas, con el cuerpo dolorido y la mente hecha un nudo. Sentía la presión de su pecho en mi espalda, el ritmo tranquilo de su respiración… y, sin embargo, nada lo estaba. Me removí un poco. Él también comenzó a despertarse. Se estiró, murmurando algo en voz baja, y entonces sus pestañas temblaron antes de abrir los ojos. —Diablo... —susurré, casi sin pensarlo. Se quedó mirándome. Frunció el ceño. —¿Diablo...? —repitió, perplejo. Sus ojos recorrieron mi rostro, luego mi cuerpo, y algo en su expresión cambió. Lo vi endurecerse. Frustración, rabia, desconcierto. Todo a la vez. —Maldita sea... —murmuró. Me incorporé, cubriéndome con las sábanas. Me temblaban las manos. —No entiendo nada —dije, con un nudo en la garganta—. No entiendo qué está pasando. Él se sentó a mi lado, pasó una mano por su rostro, claramente irritado consigo mismo… y conmigo también. —Tuviste sexo con él... —soltó, directo, como si la frase le costara decirla—. Con el Diablo. —Contigo —repliqué en voz baja—. Con D’Angelo… Son la misma persona. Él me miró como si acabara de decir la peor blasfemia. —No... no lo entiendes. No somos la misma persona —dijo, con una seriedad que me congeló. Se levantó de la cama, dio un par de pasos por la habitación y luego volvió a mirarme. Parecía más joven de golpe. Más vulnerable. Roto. —El Diablo apareció por primera vez cuando era un niño… —confesó, sin mirarme directamente—. Desde entonces, hay momentos… situaciones específicas… en las que él toma el control. Yo no puedo evitarlo. No sé cómo, ni por qué. Solo sé que me domina. —¿Y tú no recuerdas nada? —pregunté, aún incrédula. Negó con la cabeza, lento, como si cada palabra le doliera. —Es como despertar después de un apagón. Todo arde, todo está confundido. Sé lo que ha pasado, a veces, por lo que veo… por cómo estoy. Pero los detalles… lo que dice, lo que hace… eso es suyo. —Pero está en ti —susurré. Él me miró, y esta vez ya no había enojo. Solo miedo. —Sí. Él vive en mí y no sé cómo detenerlo. Me acerqué a él sin pensar. Sus hombros estaban tensos, como si cargara el peso del mundo. Lo abracé por detrás, con suavidad, dejando que mi cuerpo lo envolviera con todo el calor que no podía decir en palabras. Apoyé los labios en su mejilla y dejé un beso largo, silencioso. Uno que hablaba de todo lo que no entendía pero aún así sentía. Él cerró los ojos. Respiró hondo. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —murmuré contra su piel. —No lo sé, Alai... —respondió en voz baja—. Es tan extraño... tan jodidamente confuso. No quería espantarte. Él... él mató a Fontana y no me arrepiento. Yo también quería hacerlo. Desde la primera vez que te vi... juro por Dios que he tenido pensamientos contigo, oscuros, intensos, irresistibles jamás quise hacerte daño. Se giró lentamente para mirarme, y en sus ojos había algo roto, algo humano. —¿Crees que soy un monstruo? —preguntó. Su voz ya no tenía fuerza, solo vulnerabilidad. Lo miré en silencio. Tenía todas las razones para huir. Para correr de ese hombre dividido, marcado por un pasado que lo había destrozado desde niño. Un hombre con un lado oscuro capaz de matar, de poseer, de destruir. Y sin embargo… —No lo sé —susurré con sinceridad, acariciando su rostro—. Pero si lo eres… no me asustas. Él parpadeó, confundido. —¿No? Negué con la cabeza. —¿Te lastimó, Alai? —su voz se quebró un poco—. ¿Te lastimé yo…? Lo miré a los ojos. Vi culpa, miedo, una necesidad desesperada de que le dijera que no y era verdad. Me dolía el cuerpo, sí, no había parte de mi cuerpo que él no hubiese tocado con algo más que violencia. Había algo suyo en mí… algo que no podía explicar. Negué con la cabeza, suave. —No —susurré—. No me lastimaste. D’Angelo me miró unos segundos más, como si aún no pudiera creérselo. Luego me envolvió con los brazos, atrayéndome hacia su pecho. Me dejó caer con él, abrazados, y yo apoyé mi cabeza sobre su cuerpo. Escuché su corazón, fuerte, errático… humano. Nos quedamos así, en silencio. Yo sintiendo cómo él temblaba un poco. Él sintiendo cómo yo dejaba caer todo el miedo dentro de ese abrazo. —Lo resolveremos… —le dije en un susurro, sin dudarlo, sintiendo cómo mis palabras se volvían juramento. Él se quedó inmóvil por un instante. Como si no entendiera lo que acababa de oír. Como si nadie, jamás, le hubiera dicho algo así. Me incorporé levemente y lo miré a los ojos. —Jamás me iré, D’Angelo. Y fue entonces cuando me besó. Sus labios rozaron los míos con una delicadeza que no le conocía. Nada de dominio, nada de fuego salvaje. Solo un beso… suave, lento, casi tembloroso. Como si me estuviera agradeciendo. Como si necesitara probar que yo seguía allí, con él. Sus dedos acariciaron mi mejilla, su respiración se mezcló con la mía. —Cariño… —susurró él, pegando su frente a la mía—. Te juro que lo contendre. Él jamás te lastimara. Su voz temblaba apenas. No era una promesa vacía, era un ruego. Una súplica disfrazada de certeza. Como si él mismo no estuviera seguro de poder hacerlo… pero igual quisiera intentarlo, por mí. Mis dedos acariciaron su nuca mientras lo miraba. —No tienes que jurármelo —le dije con suavidad—. Ya estás luchando y eso me basta. Él cerró los ojos, respiró hondo y me abrazó con más fuerza. Como si al tenerme entre sus brazos pudiera encerrarlo, mantenerlo a raya, calmar la tormenta dentro de él. —No merezco esto —murmuró, apenas audible—. No te merezco a ti. —Pues lo siento —le respondí, rozando sus labios con los míos—. Pero ya soy tuya y pienso quedarme. Lo vi parpadear, confundido, vulnerable. Entonces me besó otra vez. Esta vez con más hambre, con más vida. Como si al besarme, se reconstruyera a sí mismo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD