Mi primera vez.

2235 Words
Estaba en la boda, rodeada de miradas que pesaban más que cualquier vestido o joya. D’Angelo hablaba con sus hermanos y su padre, rodeados de hombres de negocios que discutían en voz baja, con ese tono serio que parecía mover los hilos de todo un imperio. De repente, sentí una mano suave en mi hombro. Era la señora Mirta, la abuela de D’Angelo. Me miró fijamente, sus ojos azules profundos casi atravesándome. —Ahora eres una Santoro —me dijo con voz firme pero elegante—. Debes portarte bien, niña. Mi tía Greta se disponía a responder, pero Mirta la interrumpió con una sonrisa fría. —Greta, querida, creo que ya es hora de que te retires. —Su tono no admitía discusión. Mi tía hizo un gesto como si protestara, pero Mirta siguió, con una risa fuerte que resonó en la sala. —Pensé que vivirías con Alai, pero veo que no es asi. —Pues no, puedes retirarte, Greta. Mi tía me miró, pero no respondí nada. Ella me enseñó a obedecer después de todo.Mirta volvió a sonreír, pero en sus ojos brillaba algo que no entendí del todo. Era claro que aquí no era bienvenida del todo, y que el verdadero poder estaba en esas paredes y en la familia que ahora, oficialmente, me pertenecía. —Estoy cansada, señora Santoro —dije con voz queda, sintiendo cómo me pesaban los párpados y el cuerpo. Ella soltó una risa suave, casi burlona, que me hizo estremecer. —Una empleada te llevará a tu habitación —me respondió con ese tono frío y cortante—. No te preocupes, no trajiste ropa ni nada, pero eso no importa. Aquí te vestirán como una verdadera Santoro. Me sentí roja, incómoda. No era solo la ropa, era todo ese mundo al que ahora pertenecía y que aún no entendía. —Y no molestes a D’Angelo —añadió con una mirada que cortaba—. Está ocupado y no necesita distracciones. La vi alejarse con paso firme, segura de que no había vuelta atrás. Yo me quedé allí, intentando recomponerme, sabiendo que esta noche apenas comenzaba y que, en esta nueva vida, las reglas las ponían ellos. Subí a la habitación en silencio, guiada por una empleada que no me dirigió más de dos palabras. La habitación era enorme, decorada con terciopelo oscuro y muebles de madera tallada que parecían sacados de otro siglo. Todo olía a incienso y a poder. Me quité el vestido con cuidado, temblando, no solo por el frío que se colaba por la ventana abierta, sino por la incertidumbre que llevaba anudada al pecho. Me metí entre las sábanas de lino blanco, esperando que el sueño me robara, aunque fuera por unas horas. Pasó una hora, tal vez más. Entonces lo sentí. La puerta se abrió con lentitud. El aire cambió. La habitación se llenó de un aroma masculino, intenso… y peligroso. Me incorporé apenas, en silencio. Era D’Angelo. Pero algo no estaba bien. No me miró, no dijo nada. Caminó hacia el vestidor y comenzó a quitarse el saco con movimientos lentos, casi ceremoniosos. Luego desabrochó la camisa y la dejó caer, revelando un cuerpo marcado, fuerte, con tatuajes que antes no había visto. Una serpiente negra le recorría el costado, elegante y mortal. Pero fue cuando se giró que me quedé sin aliento. En su espalda, justo sobre la piel firme y bronceada, estaba tatuada una palabra en tinta negra y gótica: Diavolo. Sentí un nudo helado en el estómago. Me escondí bajo las sábanas, como si aquello pudiera protegerme. Y entonces lo escuché. Una risa baja. Grave. No era dulce. No era cálida. No era D’Angelo. —¿Tienes miedo de tu marido, Alai? —preguntó con un tono que no me era familiar. Su voz era la misma, pero su alma… no. Asomé apenas el rostro. Él me miraba, pero sus ojos no eran los del hombre que me enseñó a besar. Eran fríos, desafiantes. Arrogantes. —¿Qué eres tú…? —musité. —¿No vas a saludar a tu esposo? —dijo con esa voz grave, teñida de algo que no era ternura. Me incorporé con cautela. Él se acercó más, y antes de que pudiera retroceder, me tomó por la cintura y me atrajo hacia sí. —Te ves tan tierna con ese pijama blanco… —murmuró junto a mi oído. Entonces me besó. Fue un beso distinto al que conocí días antes. No fue dulce. No pidió permiso. Fue exigente, dominante… como si quisiera marcarme con su lengua, con su respiración. Como si necesitara recordarme que le pertenecía. Me quedé paralizada unos segundos. Cuando intenté alejarme, él bajó la intensidad y acarició mi rostro. —Shh… tranquila. No te haré daño. Aún no. Lo miré, confundida. Era él. Era D’Angelo, pero no. Sus ojos eran los mismos… pero vacíos de ternura. Su presencia quemaba. Y su sonrisa… era la de un demonio satisfecho. —Vas a tener que acostumbrarte a este lado mío, esposa —susurró—. No siempre soy el caballero que te enseña a besar. —Tú… tú mataste a Fontana… —murmuré con voz temblorosa, retrocediendo apenas cuando él se acercó más. Su mano atrapó la tira de mi camisón y la rompió con un solo tirón, dejando mi hombro expuesto al aire helado de la noche. —Sí —dijo con voz baja, letal—. Yo lo hice. Yo soy quien te ha escrito, quien te observa desde hace años. Yo soy el que no piensa compartirte con nadie. Me paralicé. Su mirada no era la de D’Angelo. Era él… y no lo era. —Tú… eres el Diablo —susurré. Él se acercó a mi cuello, y sentí su aliento caliente rozar mi piel antes de que sus labios presionaran con fuerza, marcándome con un beso que fue casi una mordida. —No… yo soy tu esposo —dijo junto a mi oído—. Y esta noche, no quiero que lo olvides. Sus manos me rodearon la cintura, firmes, posesivas, pero sin forzarme. Me quedé quieta, confundida, entre el miedo y el deseo, entre el recuerdo del D’Angelo dulce… y la oscuridad del Diablo que lo habitaba. —Podrías gritar, ¿sabes? Pero no lo harás. Porque hay una parte de ti… que me pertenece. Y lo peor de todo… era que tenía razón. Se me cayó el pijama. Me quedé en ropa interior, apenas cubierta por las bragas de encaje. Me soltó el cabello que hasta entonces había sostenido con fuerza. —Tú eres mía… —murmuró, su voz ronca, cargada de posesión. —¿Y si no quiero? —repliqué, sin apartar la mirada. Él sonrió con ese gesto oscuro que siempre precedía al caos. —¿Entonces me empujarías? —preguntó, y antes de que pudiera responder, me empujó él.— Sé que me deseas tanto como yo a ti. Me atrapó contra la cama, sujetando mis muñecas por encima de la cabeza. Sus labios cayeron sobre los míos con una intensidad salvaje, reclamándome. Me besó como si fuera la última vez, como si quisiera borrarme la voluntad a través de la boca. Luego bajó a mi cuello y me mordió, dejando su marca en forma de chupones que ardían sobre la piel. Entonces lo sentí. Mi cuerpo temblaba, no de miedo… sino por esa mezcla brutal entre lo prohibido y lo inevitable. u boca encontró uno de mis senos y comenzó a devorarlo con una mezcla de ansiedad y deseo. Chupaba, mordía el pezón con una precisión que me hacía perder el control, mientras su mano jugaba con el otro, acariciándolo, apretándolo con una firmeza calculada. Mi respiración era errática. Sentía cada roce como un relámpago bajo la piel. Luego, su boca descendió. Dejando un beso lento y húmedo en mi ombligo, sus dedos se engancharon en la pretina de mis bragas y las deslizó lentamente por mis caderas, bajándolas hasta dejarlas caer al suelo. Me quedé completamente desnuda frente a él. Vulnerable. Expuesta. Una parte de mí quería detenerlo. Recordarle que esto estaba mal. Que no había vuelta atrás si cruzábamos esa línea. Pero otra parte —más salvaje, más sincera— lo deseaba con una urgencia que me quemaba por dentro. Él se colocó entre mis piernas y, sin darme tiempo a pensar, su lengua comenzó a recorrer mi intimidad con movimientos precisos, envolventes. Cerré los ojos, mordiéndome los labios para no gemir, pero fue inútil. Mis piernas terminaron sobre sus hombros. Me aferré a las sábanas, arqueando la espalda, entregándome sin remedio a las sensaciones que él sabía provocarme como nadie. El mundo desapareció. Solo quedábamos él, su boca… y mi cuerpo, rendido al deseo. Su lengua se movía con una precisión endiablada, jugueteando con mi clítoris con movimientos lentos, rítmicos… hasta que de pronto aceleraba, y yo sentía que me derretía desde adentro. Era una tortura deliciosa, una danza entre el placer y la locura. —Nadie te ha tocado como es debido, mi ángel… —susurró contra mi piel, con la voz grave, arrastrada por el deseo. Su aliento caliente me estremeció. Sus palabras me atravesaron más que sus caricias. Porque eran ciertas. Porque nadie me había tocado así. No con devoción. No con esa hambre reverente. No como si mi cuerpo fuera un altar que él adoraba con la boca. Me arqueé de nuevo, los muslos tensos sobre sus hombros, la espalda hundida en el colchón. Me aferré a las sábanas como si pudieran sostenerme mientras él me desarmaba por completo. Y entre jadeos, con el corazón al galope, entendí que ya no había marcha atrás. Ese hombre… ese pecado… Era todo lo que deseaba. Cuando no pude soportarlo más, cuando el placer y la tensión me invadieron por completo, llevé mis manos a su cabeza y jalé de su cabello con fuerza. Él lo entendió al instante. Sus ojos brillaron con una oscuridad peligrosa, una mezcla de deseo y dominio que me hizo temblar. Se incorporó despacio, y sin apartar su mirada de la mía, terminó de desnudarse. Cada prenda que caía al suelo era una barrera menos entre su cuerpo y el mío. —Va a doler… pero te encantará, mi ángel —susurró, antes de devorar mis labios con hambre salvaje. Me mordió el labio inferior, tiró de él con suavidad antes de soltarlo, y entonces lo sentí. Entró en mí. Mis piernas rodearon instintivamente su cadera, como si mi cuerpo ya supiera lo que él iba a hacer. Al principio fue lento. Medido. Una presión profunda que me hizo jadear y abrir los ojos con un temblor involuntario. La punzada fue real. Cruda. Era mi virginidad. Su invasión. Mi entrega. Y él lo sabía. Se quedó quieto por un segundo, respirando contra mi cuello, su pecho pegado al mío. Luego empezó a moverse… lento al principio, como si quisiera acostumbrarme a su ritmo, a su cuerpo. Como si quisiera que recordara cada segundo de esa primera vez. El dolor se fue transformando en algo más. En calor. En un fuego que se extendía desde dentro, y que pronto hizo que mis uñas se clavaran en su espalda. Jadeé. El aire apenas llegaba a mis pulmones mientras sentía cómo se movía dentro de mí, más rápido, más profundo, más salvaje. Cada embestida me arrancaba un gemido, cada choque de nuestros cuerpos era una ola de fuego que me recorría entera. —Eso es… —susurró El Diablo con una sonrisa oscura en los labios—. Gime para mí, ángel… quiero escucharte romperte. Y yo gemía sin pudor, sin miedo como si cada sonido fuera una rendición. Él lo sabía, lo disfrutaba, y aún así me provocaba más. Su lengua buscaba mi cuello, su aliento caliente se mezclaba con mi piel sudada mientras sus caderas golpeaban con más fuerza. Me devoraba con el cuerpo, con las manos, con las palabras. —¿Ves lo que te haces cuando estás debajo de mí? —murmuró con arrogancia peligrosa—. Nadie más va a tocarte así. Nadie. Solo yo. Sus palabras eran cadenas que yo no quería romper.Mi espalda se arqueaba sola, mi cuerpo lo buscaba, lo necesitaba. Y por un segundo me sentí libre.Aunque fuera dentro del infierno que él mismo encendía sobre mi piel. Cuando acabamos, me dejé caer sobre la cama, exhausta. El calor seguía ardiendo en mi piel, pero también un dolor sordo en mis partes más íntimas. Fue intenso. Demasiado intenso. Sentí cómo sus brazos me envolvían por detrás, protegiéndome, dominándome. —Fui gentil por ser tu primera vez... —murmuró él, su voz grave y cargada de posesión—. Eres mía. Quise decir algo, pero las palabras se me ahogaron en la garganta. —D’Angelo, yo... —empecé, temblando. Me giró lentamente para que lo mirara a los ojos, y su expresión cambió. Ya no era el hombre que conocía. Era otra cosa. —No soy D’Angelo —dijo con un tono firme, casi ominoso—. Soy El Diablo. Se inclinó y acarició mi mejilla con la yema de los dedos. —Escúchame bien, Alai. Tendremos una sola regla. Me tomó la mano y la apretó con fuerza, como un juramento. —Solo yo puedo follarte. Nadie más. —Solo yo. Su mirada era un pozo oscuro de promesas y amenazas, y en ese momento supe que nada en mi vida volvería a ser igual.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD