El día de la boda.

1622 Words
El día de la boda no tardó en llegar. La mañana empezó con una firma. Nos casamos por lo civil en una sala antigua del ayuntamiento, con techos altos y paredes tapizadas en rojo oscuro. D’Angelo vestía de n***o y se veía imponente, y yo llevaba un vestido sencillo, de mangas largas y tela marfil. Las palabras del juez fueron breves. El Don no dijo mucho. Mi tía estaba radiante. Sin embargo más que los papeles lo que importaba era la boda religiosa de la tarde porque tanto los Santoro como mi familia como cada m*****o de la Cosa Nostra respetaba la religión. Mi vestido era blanco, largo y brillaba como las luces de un salón de baile. Lo elegí yo, después de probarme docenas. Tenía pequeñas perlas bordadas a mano y un tul vaporoso que caía como agua por mis piernas. Me hacía sentir como si fuera parte de un sueño. Las decoraciones no fueron cosa mía. Mi tía Greta y la abuela de D’Angelo se encargaron de todo. La señora Marta Santoro… una mujer elegante, de porte rígido y mirada de hielo. Apenas me dedicó un vistazo. Como si yo no fuese suficiente para su nieto. No me importó. No esa mañana. Ahora mismo me encuentro en la entrada de la iglesia. Es enorme. Antigua. La bóveda parece susurrar oraciones viejas, esas que ya nadie reza. Camino por la alfombra blanca con mi vestido rozando los bordes, y cada paso retumba en el suelo. Voy sola. No tengo un padre que me entregue. Ni un hermano. Nadie que me guíe. Solo yo. Al fondo del altar está D’Angelo Santoro. De pie, con su traje n***o impecable, y esos ojos azules que parecen no moverse de mí. Me mira con una mezcla de ternura y gravedad. Como si entendiera que este momento marca algo irreversible. Su rostro no cambia, pero su mirada sí. Se ablanda, se enciende. Es como si yo fuese el único color en toda la iglesia. Los invitados murmuran. Hombres de la mafia italiana, mujeres de vestidos caros y labios fríos. Todos nos observan con atención, como si esto no fuera una boda, sino una transacción. Algunos me miran con envidia. Otros con sospecha. Pero yo solo lo miro a él. A mi futuro esposo. Me tiemblan las manos dentro del ramo de flores blancas. Y sin embargo, sigo caminando. Él da un paso hacia adelante cuando me acerco. Me tiende la mano. Yo la tomo. Y en ese momento, siento algo más fuerte que el miedo. Siento que no importa cuántas sombras nos sigan… por un segundo, su tacto me basta. —Estás hermosa —susurra. Asiento sin poder hablar. Quiero decirle tantas cosas. Que estoy aterrada. Que me siento sola, pero no dije nada. La iglesia estaba en completo silencio. Cada mirada atenta, cada respiración contenida. Yo sentía el corazón en la garganta mientras avanzaba por el pasillo, aferrada a mí misma. No tenía un padre que me entregara, pero sí a todo un mundo que me observaba. D’Angelo Santoro me esperaba al final del altar. Imponente. Con su traje n***o impecable y esos ojos azules que parecían prometerme que no importaba lo que pasara allá afuera… él estaría ahí. El sacerdote, un hombre mayor de voz profunda y rostro amable, alzó la vista y comenzó a hablar. —Nos encontramos hoy en este sagrado templo para unir en matrimonio a Alai Rivas y D’Angelo Santoro. Hoy no solo sellan un compromiso ante Dios, sino también ante sus familias, ante la vida… y ante ustedes mismos. Su mirada recorrió el salón lleno de figuras de poder, pero cuando nos miró a nosotros, hubo un destello de ternura. —El matrimonio no es un juego ni una obligación vacía. Es un pacto de entrega. Un “yo contigo, en todo, siempre”. Con días buenos, y días no tanto. Con alegrías, con pérdidas. Y aun así… elegir quedarse. Yo sentía los ojos nublados. D’Angelo tomó mi mano, y por un momento, solo existimos él y yo. —D’Angelo Santoro —dijo el sacerdote con voz firme—, ¿aceptas a Alai Rivas como tu legítima esposa? ¿Prometes amarla, protegerla, respetarla y acompañarla hasta el fin de tus días? D’Angelo no apartó la mirada de la mía. Su voz fue firme, cálida, honesta. —Sí. La acepto. —Alai Rivas —continuó el sacerdote, mirándome con una dulzura que me sorprendió—, ¿aceptas a D’Angelo Santoro como tu legítimo esposo? ¿Prometes amarlo, serle fiel, caminar a su lado, y construir con él una vida, sin importar las tormentas? Sentí un nudo en la garganta. Apreté su mano con fuerza. Y dije con toda el alma: —Sí. Lo acepto. —Entonces, por el poder que me ha sido conferido, y bajo la bendición del Altísimo… los declaro esposo y esposa. Que nada ni nadie intente separar lo que Dios ha unido hoy. Se hizo un silencio profundo. El sacerdote sonrió. —Ahora, D’Angelo… puedes besar a tu esposa. Él se inclinó hacia mí con suavidad. Sus labios rozaron los míos con una mezcla de ternura y promesa. Sentí que el tiempo se detenía. Afuera podía existir el caos, la oscuridad… el Diablo incluso, pero en ese instante, lo único real era él y ese beso. Después de la iglesia, subimos al coche escoltado rumbo a la mansión de los Santoro. El cielo de Sicilia se teñía de oro, como si incluso el atardecer supiera que esta era una noche importante. D’Angelo no me soltó la mano en ningún momento del camino. Yo no podía hablar. Todo parecía un sueño… o una advertencia. La mansión era aún más imponente de noche. Las luces blancas resaltaban el mármol tallado, los rosales del jardín estaban florecidos y la fuente central parecía cantar. Había músicos en la entrada y escoltas vigilando cada rincón. La mafia entera celebraba esta unión. Los hombres más temidos de Italia brindaban por nuestro futuro. Apenas bajé del coche, la abuela Marta se acercó y, por primera vez, me dedicó una sonrisa suave. Me besó la mejilla. —Estás radiante, querida —me dijo—. Ahora sí pareces una Santoro. D’Angelo saludó con su típico aplomo. A su lado apareció Dimitri, su hermano menor, que me guiñó un ojo con complicidad. Más atrás vi a Derek llegar con un par de hombres: su presencia era más salvaje, más tensa… sin embargo, al verme, simplemente asintió. El salón principal estaba decorado con columnas blancas, candelabros de cristal y flores frescas en tonos crema y esmeralda. Todo era hermoso. Inmenso. Intimidante. D’Angelo me tomó de la cintura mientras nos presentaban como “el matrimonio Santoro”. Las copas se alzaron, los aplausos resonaron, y de fondo, un cuarteto tocaba una versión lenta de La vie en rose. —Ahora todos saben que eres mía —me susurró D’Angelo al oído—. Para siempre, Alai. Yo no sabía qué responder. Solo me apoyé en él y asentí. Durante la cena, el Don alzó su copa y se levantó para brindar. —La familia es el pilar de todo imperio. Hoy, mi hijo mayor, el heredero de mi nombre y mi sangre, se une a una mujer que ha demostrado tener el temple para pertenecer a los Santoro. Bienvenida a la familia, Alai Rivas —dijo con esa voz grave que ponía a todos en silencio—. A partir de hoy, también llevarás nuestro apellido. Que Dios bendiga este matrimonio. Y que nadie, jamás, se atreva a tocar lo que ahora nos pertenece. El brindis fue secundado por un golpe seco de copas al unísono. D’Angelo me besó la sien. —¿Estás bien? —me preguntó, notando que apretaba los dedos sobre la servilleta. Un hombre alto, de traje n***o perfectamente entallado, entró con paso firme. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, pero sus rasgos eran distintos a los de D’Angelo: su rostro más anguloso, su mandíbula más marcada, y lo que más llamaba la atención eran sus ojos verdes esmeralda, profundos y misteriosos, muy diferentes a los azules de su hermano. —Lamento la demora —dijo con una voz ronca, profunda y segura—. Es un placer, cuñada. Se acercó, tomó mi mano con cortesía y besó mis nudillos con un gesto rápido, sin dejar de mirarme. —Este es mi hermano Derek Santoro —anunció D’Angelo con tono neutral, aunque percibí una mínima tensión en su mandíbula—. Estaba atendiendo unos negocios fuera del país. Llegó esta tarde. —Lo suficiente para no perderme la boda —añadió Derek, con una sonrisa ladeada que no supe descifrar—. No todos los días mi hermano mayor se casa… y con alguien tan interesante. Sentí un escalofrío. Había algo en su manera de hablar, de moverse, que no era como los demás. No era grosero, pero tampoco del todo amable. Era como una tormenta contenida, sin que nadie supiera cuándo estallaría. —Un gusto conocerte —dije en voz baja, con cortesía, pero bajando la mirada. —El gusto es mío, Alai —respondió, y mi nombre en su boca sonó más intenso de lo que debería. D’Angelo me atrajo de nuevo hacia él, rodeando mi cintura con su brazo. Sentí el cambio en su postura: su cuerpo se tensó, su mirada se endureció. —Ya estamos todos —dijo con tono firme—. Ahora comienza la verdadera celebración. Mientras miraba a Derek, notaba sus ojos verdes esmeralda, distintos a los de D’Angelo, y en mi mente una verdad empezaba a formarse, aterradora y clara: No hay gemelos. No hay otro hermano igual a D’Angelo. Eso solo podía significar una cosa. Me casé con el Diablo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD